Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 2: El rastro de la escarcha
El eco de los murmullos y las risas sofocadas de la manada Luna Plateada continuaba retumbando en los oídos de Elena mucho después de que las pesadas puertas del Salón de los Ancestros se cerraran tras de ella. No recordaba cómo había logrado ponerse en pie, ni cómo sus piernas, temblorosas y desprovistas de la fuerza sobrenatural de los licántropos, la habían guiado fuera del palacio fortificado. El dolor del lazo roto no era una simple metáfora; era una agonía física, un incendio silencioso que devoraba sus terminaciones nerviosas desde el centro del pecho hacia las extremidades. Cada bocanada de aire nocturno le quemaba los pulmones como si tragara fragmentos de vidrio.
Corrió. Corrió sin mirar atrás, dejando atrás las luces doradas y cálidas de la civilización de los lobos, adentrándose en la densa penumbra del Bosque de los Susurros. Las ramas bajas de los pinos centenarios le arañaban el rostro y desgarraban las mangas de su gastada túnica, pero Elena no sentía los cortes. Su mente estaba fija en la mirada de desprecio de Derek Blackwood, en la frialdad metálica de sus ojos grises antes de sentenciar su humillación pública. «Una insignificante sirvienta no puede ser la Luna de mi manada». Las palabras del Alpha Supremo se repetían en su cabeza como un mantra maldito, un látigo que espoleaba su huida.
A medida que se internaba en el territorio fronterizo, el terreno se volvía más inclinado y traicionero. Este era el límite exterior, una zona de nadie donde las patrullas de la manada rara vez se aventuraban debido a la proximidad de los rogues —lobos desterrados y salvajes que habían perdido su cordura y su humanidad—. En cualquier otra circunstancia, una humana sin aroma y sin capacidades de defensa habría evitado este lugar a toda costa. Pero esta noche, Elena prefería ser devorada por monstruos antes que regresar a la jaula de desprecio que había sido su hogar durante veintiún años.
De repente, una debilidad abrumadora la obligó a detenerse. Cayó de rodillas sobre un colchón de hojas secas y musgo, jadeando. El calor abrasador que había comenzado a gestarse en su interior durante el baile ya no era una simple respuesta al rechazo; estaba mutando. Era un fuego líquido, extraño y violento, que parecía reescribir su propia sangre. Elena apoyó las palmas de las manos contra la tierra húmeda para sostenerse, y fue entonces cuando lo notó.
La tierra bajo sus dedos comenzó a crujir.
Una capa delgada de escarcha blanquecina, brillante bajo la luz de la luna llena, comenzó a extenderse desde la punta de sus dedos hacia el exterior. El musgo verde y las hojas marchitas se congelaron instantáneamente, atrapados en cristales de hielo perfectos que reflejaban la luz astral. Elena retiró las manos, asustada, pero la huella de escarcha permaneció allí, un grabado geométrico y misterioso que desafiaba toda lógica natural.
Ningún lobo, ni siquiera el Alpha Supremo, poseía la capacidad de manipular los elementos de esa manera. Aquello no era magia licántropa. Era algo mucho más antiguo. Algo celestial.
Antes de que pudiera procesar el descubrimiento, un crujido de ramas rotas a pocos metros de distancia activó sus limitados sentidos humanos. El viento cambió de dirección, trayendo consigo un olor nauseabundo: el aroma a sangre rancia, carne descompuesta y azufre que caracterizaba a los desterrados que habían caído en la locura.
De la espesura de los arbustos emergieron tres siluetas masivas. Eran lobos, pero sus pelajes estaban sarnosos y erizados, sus ojos inyectados en sangre y sus bocas goteaban una saliva densa y grisácea. Eran rogues. El más grande de ellos, un macho de pelaje gris oscuro y una cicatriz que le cruzaba el hocico, emitió un gruñido sordo que hizo vibrar el suelo. Sus ojos amarillentos se clavaron en Elena con una mezcla de hambre salvaje y confusión. Normalmente, los humanos no desprendían un olor que atrajera a los depredadores espirituales, pero esta noche, Elena ya no era invisible.
El fuego que corría por las venas de la joven comenzó a estabilizarse, transformándose en una frialdad glacial que le otorgó una claridad mental que jamás había experimentado. El miedo primitivo que debería haberla paralizado desapareció, reemplazado por una indignación absoluta y una extraña sensación de poder.
Los tres lobos se tensaron, preparándose para saltar sobre ella y desgarrarle la garganta. El líder de los rogues tomó impulso y se lanzó por el aire, con las garras extendidas y los colmillos expuestos.
Elena no se movió. No gritó. Simplemente se puso de pie, irguiendo su espalda con una dignidad que ninguna sirvienta debería poseer, y fijó su mirada en la bestia que caía sobre ella. En ese instante exacto, la transformación que había comenzado en su mente alcanzó sus ojos. El color marrón apagado de sus pupilas desapareció, sustituido por un azul eléctrico, brillante y magnético, que pareció iluminar la penumbra del bosque.
Una onda expansiva de energía invisible y gélida brotó del cuerpo de Elena. No fue un ataque físico, sino una presión espiritual tan devastadora que el lobo rogue en el aire fue derribado a mitad de su trayectoria, golpeando el suelo con un gemido de dolor agónico. Los otros dos lobos retrocedieron de inmediato, con las orejas gachas y las colas entre las patas, sometidos por un aura que superaba con creces la Voz de cualquier Alpha que hubieran conocido.
El suelo alrededor de Elena se congeló por completo en un radio de tres metros, creando un círculo de hielo perfecto. Los parias, aquellos seres que solo conocían la violencia y el caos, cayeron de rodillas, temblando no de frío, sino de un pavor reverencial. En la mitología de los cambiaformas, se hablaba de los Reyes Celestiales, seres míticos de la primera era que gobernaban sobre las estrellas y la naturaleza antes de que la Diosa Luna creara a las manadas. Para estos lobos salvajes, la figura que tenían delante no era una humana indefensa; era una deidad del invierno que despertaba de un letargo milenario.
Elena miró sus propias manos, que ahora desprendían un leve vapor frío. La debilidad del rechazo de Derek había desaparecido, sustituida por una fuerza nueva y abismal. Ya no le importaba la manada Luna Plateada, ni el orgullo herido del Alpha Supremo. Sabía que su destino no estaba en fregar suelos ni en ser la compañera sumisa de un tirano.
A lo lejos, en la dirección del palacio de la manada, un aullido poderoso y furioso cortó el silencio de la noche. Era el aullido de Derek. El lazo místico, aunque rechazado y roto por el orgullo del guerrero, estaba reaccionando de forma violenta a la metamorfosis de Elena. El Alpha Supremo acababa de sentir que la "humana insignificante" ya no existía, y su lobo interno exigía respuestas. La persecución estaba a punto de comenzar.
Elena sonrió de medio lado, una sonrisa fría y carente de piedad. Miró a los tres rogues que aún aguardaban sus órdenes en el suelo helado.
—Levántense —ordenó, y su voz resonó con el eco de las tormentas de nieve—. Tenemos un reino que reclamar.