Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.
Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.
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CAPÍTULO 2
El baño privado de la oficina de Arthur Pendelton era un monumento a la frialdad del mármol negro y el cromo pulido. Elena Vance se apoyó contra el lavabo, respirando hondo mientras escuchaba el sutil tintineo de la copa de vino que Arthur dejaba sobre la mesa al otro lado de la puerta de madera maciza. El cronómetro invisible en su cabeza había comenzado a correr. Tenía exactamente cuatro minutos antes de que el ego de Arthur se impacientara y decidiera que su "pequeña y frágil Clara" se estaba tomando demasiado tiempo.
Sacó un teléfono secundario de un compartimento oculto en el dobladillo de su suéter holgado. El dispositivo estaba encriptado y conectado directamente a una red satelital privada. Tecleó un mensaje rápido para su equipo de soporte técnico fuera del hotel: «Código obtenido: 492715. Iniciando extracción analógica. Preparen la fase de difusión».
La respuesta llegó en tres segundos: «Copiado, Camaleona. Los servidores están listos. Tienes al sabueso Cross patrullando la manzana trasera. Ten cuidado».
Elena apretó los dientes. Liam Cross no se rendía fácilmente. La advertencia del detective en el café no había sido un farol; el hombre realmente estaba buscando el patrón que conectaba las caídas de los intocables de la ciudad. Sin embargo, no podía permitir que la presencia de la policía la hiciera dudar en el último segundo. Mariana Pendelton dependía de lo que ocurriera en los próximos dos minutos.
Se arregló el flequillo de la peluca castaña frente al espejo, forzó a sus hombros a hundirse una vez más bajo el peso de la calculada timidez de Clara, y abrió la puerta del baño.
Arthur la esperaba de pie junto al ventanal que dominaba las luces de la ciudad, con el disco duro externo todavía en la mano izquierda y una sonrisa de absoluta suficiencia en el rostro. Para un hombre como él, el terror de una mujer no era una señal de alarma, sino el afrodisíaco definitivo.
—Te ves pálida, Clara —dijo él, extendiendo un brazo para invitarla a acercarse. Sus dedos se abrieron y cerraron en un gesto imperioso—. Te advertí que mi mundo puede ser un poco abrumador para una criatura tan pura como tú. Pero no temas. Conmigo estás segura, siempre y cuando recuerdes quién dicta las reglas.
—Lo sé, Arthur... —Elena moduló su voz para que saliera quebrada, una mezcla perfecta de sumisión y asombro—. Es solo que... nunca había conocido a alguien con tanto poder. Me asusta un poco ver lo fácil que puedes deshacer la vida de alguien. De tu esposa.
Arthur soltó una carcajada seca y arrogante. Caminó de vuelta a la caja fuerte de la pared, dejando el cuadro abstracto deslizado.
—El poder no es algo a lo que debas temerle, mi pequeña poetisa. Es algo que debes adorar. Mira esto —dijo, metiendo el disco duro de vuelta en el compartimento de acero y cerrando la pesada puerta digital con un golpe seco. Los engranajes encajaron con un zumbido electrónico—. Mariana creyó que sus abogados de apellido prestigioso podrían asustarme. No entienden que en este pueblo, los jueces almuerzan con mi dinero.
—Es... fascinante —susurró Elena, dando unos pasos tímidos hacia el escritorio, colocándose deliberadamente en el ángulo donde la luz de la lámpara de mesa no iluminaba sus manos—. ¿Y la combinación de esa caja es siempre la misma? ¿No tienes miedo de que alguien la descubra?
Arthur se giró, mirándola con una mezcla de condescendencia y diversión paternalista.
—Nadie entra aquí sin mi permiso, Clara. Y aunque alguien lo intentara, la combinación está solo en mi cabeza. Es un tributo a la única mujer que realmente supo mantenerse en silencio: mi madre. Su fecha de nacimiento. Los muertos no hablan, y las mujeres inteligentes tampoco deberían hacerlo si quieren conservar su belleza.
Elena fingió estremecerse ante la sutil amenaza, bajando la cabeza para ocultar la fría satisfacción que amenazaba con reflejarse en sus ojos grises. Ya lo tenía todo. El perfil psicológico, el patrón de abuso, la confirmación de la extorsión a Mariana y la combinación exacta de la caja fuerte que contenía la ruina financiera y legal de la cadena hotelera Lumina.
—Creo que... es mejor que me vaya a casa por hoy, Arthur —dijo ella, abrazándose a sí misma, imitando el lenguaje corporal de una presa que busca escapar de la atención del depredador—. Necesito procesar todo esto. Escribir. Pizarnik dice que las palabras son las únicas que pueden salvarnos del abismo.
Arthur se acercó a ella a grandes zancadas. Le tomó la barbilla con brusquedad, obligándola a levantar la cabeza. Elena sintió la presión de sus dedos, lo suficientemente firme como para dejar una marca invisible pero dolorosa en la piel debajo de la base de maquillaje.
—Las palabras no te salvarán de mí, Clara —susurró él, con el aliento oliendo a vino caro y a control—. Pero me gusta tu timidez. Mañana vendrás a la gala benéfica de la fundación del hotel. Te enviaré un vestido. Uno azul, cerrado hasta el cuello. Quiero que te sientes en mi mesa de invitados especiales y observes cómo el resto de la ciudad me rinde pleitesía. Mariana estará allí para mantener las apariencias del divorcio, y quiero que vea lo rápido que ha sido reemplazada por alguien mejor.
—Sí, Arthur. Lo que tú digas.
Él la soltó con un gesto de desdén satisfecho.
—Mi chofer te dejará en la esquina de tu calle. No me gusta que los autos del hotel se detengan frente a edificios tan... modestos como el tuyo. Nos vemos mañana, mi pequeña. No me hagas esperar.
Veinte minutos después, Elena bajaba del sedán negro de lujo a tres calles de distancia de su búnker operativo. Esperó a que las luces traseras del vehículo desaparecieran en el tráfico de la medianoche antes de enderezar la espalda. La postura encorvada de Clara se desvaneció al instante; sus pasos se volvieron largos, elásticos y decididos.
Se adentró en un callejón oscuro, un pasaje peatonal flanqueado por viejos edificios de ladrillo que servía como el acceso trasero a su verdadera residencia. La adrenalina del encuentro todavía corría por sus venas, pero su mente ya estaba coordinando las piezas para la gala del día siguiente. Sería el escenario de la ejecución pública de Arthur Pendelton.
De repente, una sombra se separó de la pared de ladrillos a pocos metros de ella.
Elena se detuvo en seco, deslizando la mano derecha hacia el interior de su suéter, donde llevaba oculto un pequeño frasco de gas pimienta de grado militar. Sus ojos se ajustaron rápidamente a la penumbra del callejón.
—Te dije que los autos lujosos no combinan con este barrio —dijo una voz áspera y profunda, rompiendo el silencio de la noche.
Liam Cross dio un paso adelante, saliendo de la oscuridad del rincón. Llevaba la misma chaqueta de cuero desgastada del café y las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros. El reflejo de la luna alta iluminó la fijeza de sus ojos verdes, que la recorrían con una mezcla de frustración y un brillo innegable de fascinación.
Elena no se movió, pero relajó ligeramente la postura, aunque sin quitar la mano de su arma oculta.
—¿Me está siguiendo, detective Cross? Creo que eso califica como acoso, incluso para un oficial de la ley.
—Califica como prevención del delito, señorita... o como sea que te llames hoy —Liam se acercó lentamente, acortando la distancia con esa zancada animal que Elena ya había registrado—. Te vi bajar de uno de los vehículos privados del corporativo Lumina. Arthur Pendelton. Estás jugando con fuego pesado, camaleona. Ese tipo no es solo un empresario arrogante; tiene a la mitad de la jefatura de policía en su nómina y un historial de mujeres que "sufren accidentes" domésticos cuando intentan contradecirlo.
Elena soltó una risa fría, un sonido que distaba años luz de la timidez de Clara.
—Sé perfectamente quién es Arthur Pendelton, detective. Probablemente mejor que usted.
—Entonces eres una estúpida o tienes un deseo de muerte muy grande —Liam se detuvo a apenas un paso de ella. Su altura obligaba a Elena a levantar la vista, y la proximidad física volvió a encender esa extraña corriente eléctrica entre ambos. El olor a lluvia y a tabaco de Liam borró por completo el rastro del perfume de jazmín del hotel—. Su esposa, Mariana, fue a la comisaría hace seis meses con las costillas rotas. ¿Sabes qué pasó con la denuncia? Desapareció del sistema en menos de dos horas. Si intentas chantajearlo o jugarle una mala pasada a un tipo así, vas a terminar flotando en el río antes del amanecer.
Elena dio un paso hacia delante, desafiando la imponente presencia física del detective. Sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia en la penumbra del callejón.
—Ustedes, la policía, ven el mundo en blanco y negro, Cross —susurró ella, su voz cargada de una intensidad gélida—. Ven una denuncia destruida y se encogen de hombros porque las reglas del sistema no les permiten ir más allá. Yo no tengo esas limitaciones. Si el sistema está roto, alguien tiene que operar en las grietas.
Liam la miró fijamente, sus ojos verdes descendiendo por un segundo hacia sus labios antes de volver a clavarse en su mirada gris. Sus dedos se movieron dentro de sus bolsillos, como si luchara contra el impulso de tocarla de nuevo.
—No voy a dejar que te conviertas en otra estadística de este pueblo —dijo él, su voz bajando a un registro más ronco—. Si tengo que encerrarte en una celda por tu propia seguridad para evitar que Pendelton te destruya, lo haré. Dame algo, un nombre real, un motivo. Déjame ayudarte a hacerlo por la vía legal.
Elena sonrió de manera enigmática, dando un paso hacia atrás para romper la asfixiante cercanía.
—La vía legal ya le falló a Mariana Pendelton, detective. Mañana por la noche es la gala de la fundación Lumina. Si realmente quiere ver cómo se hace justicia, consiga una invitación. Pero no se interponga en mi camino. No querrá descubrir qué pasa cuando me convierto en el peor deseo de un policía.
Antes de que Liam pudiera reaccionar o atraparla, Elena se giró con agilidad y se adentró por una de las puertas de servicio del edificio contiguo, cuya cerradura electrónica se abrió con un código preprogramado en su teléfono. La puerta se cerró de golpe tras ella, dejando al detective solo en la oscuridad del callejón, con el eco de sus palabras flotando en el aire frío.
El gran salón de eventos del Hotel Lumina estaba abarrotado de la élite de la ciudad. Diamantes que reflejaban las luces doradas, copas de champán de cristal de baccarat y un murmullo constante de conversaciones sobre acciones, política y falsas caridades.
Elena Vance se miró por última vez en el espejo retrovisor del taxi antes de bajarse. Vestía el vestido azul que Arthur le había enviado: una prenda de seda pesada, de mangas largas y cuello alto, de una elegancia severa y casta que gritaba control absoluto por parte del hombre que lo había pagado. Su peluca castaña estaba peinada en un moño bajo y apretado, sin un solo cabello fuera de su lugar. Volvía a ser Clara Espinoza, la sumisa y deslumbrada poetisa.
Entró al salón manteniendo la mirada baja, caminando con pasitos cortos. No tardó en localizar a Arthur. Estaba en el centro del salón, rodeado de un grupo de inversores extranjeros y concejales de la ciudad. A su lado, como un trofeo descolorido, se encontraba Mariana Pendelton. La esposa legítima vestía un elegante vestido negro, pero su rostro era una máscara de tensión; sus ojos se movían con terror cada vez que la mano de Arthur se posaba en la parte baja de su espalda, apretando de manera casi imperceptible para el público, pero dolorosamente clara para quien conocía su juego.
Arthur vio entrar a Clara. Una chispa de triunfo puramente narcisista brilló en sus ojos azules. Se disculpó con sus interlocutores y caminó hacia ella, arrastrando a Mariana del brazo con una firmeza excesiva.
—Clara, querida —dijo Arthur, su voz resonando con una calidez falsa que hizo que a Elena se le erizara la piel—. Me alegra tanto que hayas decidido salir de tu caparazón de poesía para acompañarnos esta noche. Mariana, querida, esta es Clara Espinoza, una joven escritora que ha estado frecuentando nuestro café. He decidido que la fundación patrocine su próximo libro.
Mariana Pendelton miró a Elena. Había una profunda tristeza y una advertencia silenciosa en los ojos de la esposa, el reconocimiento instantáneo de otra mujer que estaba cayendo en la red del monstruo.
—Mucho gusto, Clara —dijo Mariana, su voz apenas un hilo—. Ten cuidado. Este lugar puede parecer brillante, pero las luces a veces ciegan.
—Es un honor conocerla, señora Pendelton —respondió Elena, bajando la cabeza con la timidez ensayada de Clara—. El señor Pendelton ha sido muy... generoso conmigo. No sé qué haría sin su guía.
Arthur sonrió, inflando el pecho.
—Un hombre con recursos tiene el deber de moldear el talento, Clara. Ven, acompáñame a la mesa principal. Mariana tiene que atender a unas esposas de los diplomáticos en la otra sección.
Elena se dejó guiar, permitiendo que la mano de Arthur se posara en su cintura de manera posesiva. Mientras caminaban hacia la mesa presidencial, la mirada de Elena barrió el salón de reojo. En una esquina, cerca de las columnas de mármol del fondo, divisó una figura que no encajaba con el resto de los invitados refinados.
Liam Cross estaba allí. Vestía un traje oscuro que claramente no era de sastre, pero que acentuaba la anchura de sus hombros de una manera salvaje y atractiva. No llevaba corbata y tenía el primer botón de la camisa desabrochado. Sostenía un vaso de whisky barato y sus ojos verdes estaban fijos en Arthur y en ella con una intensidad que prometía tormenta. El detective había conseguido su invitación.
Elena mantuvo la fachada de Clara, pero envió un sutil e imperceptible movimiento de cabeza hacia Liam, una señal de que la función estaba a punto de comenzar.
La cena transcurrió entre discursos aburridos y elogios hipócritas hacia la figura de Arthur Pendelton como el "motor del desarrollo hotelero de la región". A las diez de la noche, Arthur se levantó para dar el discurso principal desde el podio del escenario.
—Quédense aquí, damas y caballeros —dijo Arthur con arrogancia antes de subir—. Voy a recordarles a todos estos burócratas quién es el verdadero dueño del Lumina.
En cuanto Arthur subió los escalones del escenario y los focos principales se concentraron en él, Elena ejecutó su movimiento. Se levantó de la mesa simulando que iba hacia los tocadores, pero en lugar de eso, se desvió hacia los pasillos de servicio traseros que conducían a los ascensores ejecutivos.
El trayecto hacia el piso superior fue rápido. La tarjeta de acceso clonada que su equipo le había proporcionado funcionó a la perfección en el lector del ascensor. Al llegar al piso de la oficina presidencial, el pasillo estaba desierto; toda la seguridad y el personal estaban concentrados en la gala de la planta baja.
Entró a la oficina de Arthur. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor de las luces de la ciudad a través del gran ventanal. Elena se movió sin hacer ruido. Se quitó los guantes de encaje que formaban parte del atuendo de Clara y se acercó al cuadro abstracto.
Lo deslizó hacia un lado. Frente a ella estaba la caja fuerte digital.
Sin dudar un segundo, sus dedos volaron sobre el teclado numérico introduciendo el código que había memorizado la noche anterior: 4-9-2-7-1-5.
Un clic mecánico rotundo rompió el silencio de la oficina. La pesada puerta de acero se abrió.
Elena sacó el disco duro externo que contenía los videos de extorsión a Mariana y los archivos contables del lavado de dinero. Con un movimiento ensayado, conectó el disco a una pequeña computadora portátil de alta velocidad que llevaba oculta en un bolso de mano sobredimensionado.
—Extrayendo datos —susurró para sí misma mientras la barra de progreso de la pantalla comenzaba a llenarse rápidamente.
—Sabía que no me defraudarías, camaleona —dijo una voz desde la entrada de la oficina.
Elena no se giró de golpe para no interrumpir el proceso de copia. Miró de reojo sobre su hombro. Liam Cross estaba apoyado contra el marco de la puerta de la oficina, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa torcida en el rostro. Había burlado la seguridad del pasillo para seguirla.
—Es mala educación interrumpir a una dama mientras trabaja, detective —dijo Elena, manteniendo la voz firme mientras la barra de progreso llegaba al 80%.
—No soy un caballero, ya te lo dije —Liam se acercó a la mesa de caoba, sus ojos verdes fijos en la pantalla de la laptop y luego en el contenido de la caja fuerte abierta—. Así que esto era lo que buscabas. El corazón del imperio de Pendelton.
—Aquí está la libertad de Mariana Pendelton y las pruebas suficientes para que la fiscalía federal intervenga todos los hoteles de esta cadena por lavado de dinero de los carteles del sur —dijo Elena con frialdad—. Si usted me arresta ahora, Pendelton borrará todo mañana y Mariana seguirá siendo su prisionera. ¿Qué va a hacer, Cross? ¿Va a seguir las malditas reglas o va a dejarme terminar el trabajo?
Liam se detuvo junto a ella. Miró la pantalla, donde la copia acababa de completarse al 100%. El detective extendió la mano, pero en lugar de tomar las esposas de su cinturón, tomó el disco duro externo y el dispositivo de copia de Elena. Sus dedos rozaron los de ella, y la intensidad de la mirada del hombre hizo que el aire en la habitación se volviera denso.
—Yo no vi nada de esto —dijo Liam, su voz un susurro ronco que vibraba en la penumbra—. Pero tú sales de aquí conmigo ahora mismo. El discurso de Pendelton está por terminar y no voy a dejar que te atrape en su oficina.
Elena lo miró, sorprendida por primera vez por la decisión del oficial. Una chispa de un respeto nuevo y peligroso se encendió entre ambos.
—Bien, detective. Vámonos.
Desconectaron los equipos y cerraron la caja fuerte, dejando el cuadro en su posición original. Salieron por las escaleras de servicio justo cuando el eco de los aplausos del final del discurso de Arthur resonaba desde los pisos inferiores.
Una hora más tarde, el caos total se había desatado en el Hotel Lumina.
Desde una tableta en un coche seguro estacionado a unas manzanas de distancia, Elena y Liam observaban las transmisiones en vivo de las redes locales. El equipo técnico de Elena había enviado los archivos financieros de Arthur de forma anónima a los principales medios de comunicación y a la oficina del fiscal de distrito a las 10:15 p.m. Al mismo tiempo, el video donde Arthur confesaba a "Clara" cómo extorsionaba y golpeaba a su esposa se había vuelto viral en las plataformas digitales.
Las imágenes en vivo mostraban a los agentes federales ingresando al vestíbulo del hotel de lujo para arrestar a Arthur Pendelton en medio de la gala, mientras Mariana Pendelton salía del edificio escoltada por sus propios abogados, finalmente libre del monstruo.
En el coche, el silencio era denso. Liam Cross apagó la pantalla de la tableta y se giró hacia Elena, quien ya se había quitado la peluca castaña, revelando su cabello corto y sus verdaderos ojos grises, libres de todo maquillaje de Clara.
—Lo lograste —dijo Liam, mirándola con una intensidad que rozaba la obsesión—. Destruiste a Arthur Pendelton en una sola noche.
—Nosotros lo logramos, detective —respondió Elena, manteniendo la mirada—. Usted tomó una decisión difícil ahí arriba. Gracias.
Liam se inclinó hacia ella en el espacio confinado del vehículo. Su mano se levantó y, esta vez, sus dedos rozaron suavemente la línea de la mandíbula de Elena, allí donde Arthur la había apretado horas antes. El contacto fue suave, una caricia protectora que hizo que el pulso de Elena se desbocara por completo.
—Esto no ha terminado —susurró Liam, sus rostros a una distancia mínima—. Has salvado a Mariana, pero has llamado la atención de personas muy poderosas en esta ciudad. Y yo voy a estar pegado a ti, camaleona. No solo porque es mi trabajo... sino porque no puedo sacarte de mi cabeza.
Elena sintió la respiración de Liam contra sus labios. El romance prohibido, el juego del gato y el ratón con la ley, se había sellado en esa noche de victoria. Sabía que Liam Cross era su mayor complicación, pero al mirar el fuego en sus ojos verdes, se dio cuenta de que él también era el único hombre al que no querría engañar jamás.
El anzuelo había funcionado con el lobo, pero la cazadora ahora compartía el territorio con un sabueso que no pensaba dejarla ir.