Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.
Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.
Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.
Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.
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Capítulo 2
Capítulo 2
La familia Alcázar no hizo una boda grande.
Héctor seguía en coma y nadie quería montar un espectáculo para la alta sociedad. Aun así, el acta civil se firmó y la familia hizo una comida privada.
Esa mañana, Ximena salió del hotel con un vestido marfil sencillo y fue llevada a la residencia Alcázar.
Hubo saludos.
Bendiciones.
Regalos discretos.
Cambio de trato.
Una comida privada que se alargó más de lo necesario.
Para cuando todo terminó, ya tenía dolor en las mejillas de tanto sonreír.
Y entonces la llevaron directo al cuarto de Héctor.
Un arreglo de flores blancas y velas nuevas intentaba hacer que la habitación pareciera de recién casados. Debajo, en la cama enorme, un hombre permanecía inmóvil, con los ojos cerrados.
La escena le dio un escalofrío.
Parecía una película de terror barata.
Ximena se quedó en la puerta.
No dio un paso más.
Lourdes entró detrás de ella, miró a su hijo y luego tomó la mano de Ximena con suavidad.
—No tengas miedo. Solo está dormido. Poco a poco te vas a acostumbrar. Ve a bañarte primero.
¿No tener miedo?
Claro. Fácil decirlo.
Héctor estaba tan pálido que la luz le daba un brillo casi de muerto.
—Sí... está bien.
Ximena entró al baño.
Cuando la puerta se cerró, Lourdes caminó hasta la cama y sostuvo la mano fría de Héctor.
Medio año atrás, su hijo había sufrido un accidente automovilístico. La pierna se le rompió en el lugar y el golpe en la cabeza lo dejó inconsciente.
El accidente había sido raro.
Demasiado raro.
Hasta ahora nadie había descubierto quién estaba detrás.
Pero en ese momento Lourdes solo quería una cosa.
Que Héctor despertara.
—Hijo, hoy te traje esposa —murmuró—. Creció lejos, sufrió mucho. Los Salcedo querían usarla para salvarse ellos, pero ella no se dejó. Es terca, sí. También sabe medicina. Creo que puede ayudarte.
Le acomodó la cobija con cuidado.
—Hice un trato con ella. Es lista. Sabe medir lo que gana y lo que pierde. Eligió bien. Me alegra, Héctor. Esta casa ya no seremos solo tú y yo.
La voz se le quebró apenas.
—Despierta pronto, hijo. Si no, todo esto va a terminar en manos de Darío.
Lourdes parpadeo para tragarse las lágrimas.
Antes de salir, toco la puerta del baño.
—Ximena, hoy fue un día pesado. Descansa temprano.
—Sí, mamá —respondió ella desde adentro.
La palabra le salió extraña.
Mamá.
No sonaba natural, pero ese era el trato.
Cuando Ximena salió, se secaba el cabello con una toalla. La luz naranja de la lámpara suavizaba el rostro de Héctor. Ya no se veía tan aterrador.
Tenía facciones profundas, cabello abundante, piel limpia.
Y algo en sus ojos cerrados le resultó conocido.
Como si lo hubiera visto antes.
Quizás todos los hombres demasiado guapos daban esa impresión.
Ximena miro la cama.
¿De verdad tenía que dormir ahí?
Junto a un hombre que no podía moverse.
Se sentía como acompañarlo en su entierro.
Respiro hondo.
Luego soltó el aire despacio.
Tenía veinte años.
Veinte.
La vida debería estar empezando, no encerrándose en una casa llena de secretos.
Bueno.
Tal vez perder una cosa también podía traer otra.
Volvió a mirar a Héctor y noto el pijama de seda color azul oscuro que le habían puesto.
Se le erizo la piel.
—No manches...
Tomo su almohada con cuidado.
Si lograba llegar a una habitación de invitados, al menos dormiría sin sentir que alguien muerto respiraba a su lado.
Abrió la puerta.
Tomás estaba justo afuera con un vaso de leche caliente.
—To... Tomás.
—Señora Ximena, la señora Lourdes me pidió traerle esto. Tómelo mientras está calientito.
La mirada del mayordomo bajo a la almohada que Ximena traía abrazada.
—¿Va a algún lado?
Ximena escondió la almohada detrás de la espalda con una sonrisa tiesa.
—No. Nada. Se me olvido dejarla en su lugar.
Tomás no dijo nada.
Y eso la hizo sentir peor.
Ximena se giró y aventó la almohada hacia la cama.
Le cayó directo en la cabeza a Héctor.
Pum.
Tomás palideció.
Dejo la leche en la mesa y corrió hacia la cama.
—Señora Ximena, tenga cuidado. Si lastima al señor Héctor, ¿qué vamos a hacer?
Ximena tampoco esperaba tener tanta puntería.
—Perdón. No... no vi.
—Tiene que ser más cuidadosa. El señor Héctor ya está enfermo. Si vuelve a lastimarse, sería terrible. Ese carácter impulsivo suyo debe corregirse.
—Ya entendí.
Ximena sonrió sin ganas.
Por dentro, se lo apuntó completo.
Primer día en la casa y ya la estaba regañando un mayordomo.
Cuando Tomás salió, Ximena sacó su estuche de electro estimulación portátil.
—Muy bien, señor Héctor Alcázar —murmuró—. Si no despiertas, por lo menos me voy a desquitar.
Le colocó parches en los puntos nerviosos que conocía para estimular la conciencia.
Uno por uno.
Con precisión.
Con coraje.
Si eso no lo despertaba, mínimo a ella le bajaría la rabia.
Después de terminar, se recargo un momento en la silla.
Y se quedó dormida.
A la mañana siguiente, Ximena seguía perdida en el sueño cuando Tomás entró con una palangana de agua caliente y un vaso para enjuague.
—Señora Ximena, es hora de ayudar al señor Héctor con su aseo.
La voz le cayó encima como sentencia.
Ximena abrió los ojos, confundida, y vio al hombre de cabello cano parado junto a la cama.
—¿Cómo entro?
—El señor Héctor se asea todos los días a esta hora. Ya traje el agua y el enjuague.
—Entonces hágalo usted.
Tomás permaneció en su sitio.
—La señora Lourdes dijo que, desde ahora, el cuidado del señor Héctor queda a cargo de usted.
Ximena lo miro.
Había personal por toda la casa.
¿Y ella tenía que hacerlo?
Eso no era ser la señora de la casa.
Era ser empleada con acta de matrimonio.
—Entonces salga.
Esta vez Tomás obedeció de inmediato.
Ximena fue al baño, tomo una toalla húmeda y regresó con toda la paciencia que no tenía.
Plaf.
Le puso la toalla en la cara a Héctor.
Plaf.
Otra pasada.
Luego se sentó sobre él para sujetarle los brazos y le limpió el rostro a jalones, como si estuviera tallando una mesa.
Bajo la cobija, los dedos del hombre se movieron apenas.
Tan poco que cualquiera lo habría perdido.
Lourdes entró justo en ese momento.
—¿Qué haces sentada encima de él?
Ximena se congeló.
Lourdes corrió a la cama y le quitó la toalla de la cara a Héctor.
—¿Le estás limpiando la cara o estás tallando el piso? Le duele.
La mujer le limpio el rostro con una suavidad que hizo que Ximena apretara los labios. Luego le limpio las manos y dejó todo en orden antes de mirarla.
—También es culpa mía. No te enseñe cómo atenderlo y te deje hacerlo sola.
El tono era suave, pero la expresión no.
Ximena sintió el fastidio subirle por la garganta.
Todos venían a corregirla.
Si tan mal lo hacía, que lo hicieran ellos.
Pero estaba bajo su techo.
Y necesitaba lo que le habían prometido.
—Perdón, mamá.
—Nunca has cuidado a alguien así. Yo lo haré primero y tú aprendes.
—Sí.
Cuando Lourdes salió, Ximena tomo una almohada y se la puso a Héctor encima de la cara.
—No es más que limpiarte la cara. ¿Tanto drama? Los hombres tienen la piel gruesa, no se te va a caer en pedazos.
Se cruzó de brazos, furiosa.
—Yo, Ximena Salcedo, no he vivido como reina, pero tampoco fui sirvienta de nadie. Si no fuera por la casa de mi mamá y por Leo, ni loca estaría aquí cuidando a un muerto en vida.
Lo miro con rabia.
—Lavar, limpiar, obedecer. La próxima vez te limpio con salsa picante, a ver si así te gusta.
Quizás por miedo a asfixiarlo de verdad, Ximena terminó quitándole la almohada.
El rostro de Héctor estaba rojo.
Y, contra toda lógica, eso le dio satisfacción.
Después de desayunar, fue a la universidad.
En la residencia, el doctor Julián Rivera revisó a Héctor como parte de su rutina. Al bajar las escaleras con el maletín médico, se encontró con Darío Alcázar.
—Señor Darío, ¿hoy no fue a la empresa?
Darío era hijo ilegítimo de la familia Alcázar. Lo habían reconocido poco antes de que muriera el patriarca. Aunque no era mucho mayor que Héctor, por generación quedaba como su tío.
Darío miró hacia el segundo piso y sonrió.
—¿Y mi sobrino? ¿Cómo sigue? Ya lleva medio año acostado. ¿No será que de verdad nunca va a despertar?
Julián negó con preocupación.
—Es difícil decirlo. En un coma severo, siendo claros, puede pasar toda una vida sin que despierte.
El pecho de Darío se aflojo.
—Los milagros existen, doctor. Si no tiene prisa, lo invito un café.
Julián miró la hora.
—Hoy no puedo. Otro día invito yo.
—Entonces no le quito más tiempo. Lo acompañó.
En la universidad, Ximena había dormido durante parte de la clase, pero aun así no se le había escapado nada del tema. Renata, sentada a su lado, no podía creerlo.
—Tu cerebro no es normal. ¿Quién te lo bendijo?
Ximena estiró los brazos y bostezo.
—El santo se llama Desvelo.
Guardaba sus libros cuando Renata se le pego con una sonrisa enorme.
—No viniste en días. ¿No me digas que si te casaste?
Ximena le lanzó una mirada de "ya sabes la respuesta".
Renata se emocionó más.
—¿Y qué se siente casarse con un vegetal? ¿Sabe que se casó? ¿No se emocionó tanto que despertó?
Ximena la miró con desprecio.
—¿Crees que esto es telenovela? Si despierta, la que se muere soy yo.
—¿De felicidad?
Ximena le dio un toque en la frente.
—De susto, mensa.
Renata se sobo y luego miró hacia la ventana.
—Por cierto, ¿quién te trajo hoy? ¿Alguien de los Alcázar?
—El mayordomo. Se llama Tomás.
—Ser señora rica no suena tan mal. Chofer, mayordomo, camioneta de lujo... que envidia.
—Sí, claro.
Ximena puso los ojos en blanco.
La camioneta de edición limitada había entrado al campus esa mañana y llamó la atención de medio mundo. Quienes conocían un poco de su historia ya estaban inventando versiones.
Renata había escuchado varias y todas le dieron ganas de pelear.
—El grupito de Patricia anda diciendo que te conseguiste un viejo millonario y calvo para salir de pobre.
Patricia llevaba tiempo compitiendo en secreto con Ximena. Inventarle rumores no era nuevo.
Ximena se encogió de hombros.
—Entonces que digan que tengo mi viejo millonario y calvo.
—¿Y por qué tienen que decir lo que se les pega la gana? La próxima vez que las escuche, les voy a contestar.
Ximena no se alteró.
Su abuelo materno había sido uno de los hombres más respetados de la ciudad.
Ella había nacido como una verdadera heredera.
Aunque la muerte de Elena la hubiera mandado lejos, aunque la hubieran tratado como una intrusa, lo suyo seguía siendo suyo.
Y tarde o temprano iba a recuperarlo.
Patricia, en cambio, solo pensaba en trepar.
y tampoco que tuvo un aborto?