Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.
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Capítulo 1
Capítulo 1
—¿Has tenido relaciones sexuales recientemente?
No contesté.
Mis dedos estaban tan apretados contra la falda que casi la arrugaba completa. Tenía la cabeza baja, bajísima, como si pudiera desaparecer detrás de mi propio cabello.
Qué oso.
Frente a mí estaba sentado un médico joven, de facciones marcadas, bata blanca impecable y lentes de armazón dorado.
El tipo de hombre que parecía correcto por fuera y peligrosísimo por dentro.
Y lo peor era que yo conocía demasiado bien esa cara.
Adrián Fuentes.
Mi ex.
El mismo hombre con quien había pasado noches enteras perdiendo la razón. El mismo que sabía exactamente cómo besarme hasta dejarme sin aire, cómo tocarme hasta hacerme temblar, cómo decir mi nombre en voz baja para que yo terminara llorando contra su pecho.
No manches.
¿Por qué no revisé el nombre del doctor antes de entrar?
Adrián miró mi reacción y apenas levantó una comisura.
—Un año sin vernos y ya se te olvidó hablar. Otorrinolaringología está al lado. ¿Quieres que te saque ficha?
—No.
Quería terminar esa consulta lo más rápido posible.
¿Existía algo más incómodo que sentarte en ginecología frente a tu exnovio?
Sí.
Que tu exnovio fuera el doctor.
Seguí mirando al piso, así que no alcancé a ver ese brillo fugaz de satisfacción que cruzó por sus ojos.
Adrián bajó la vista al expediente y preguntó con calma:
—¿No fuiste a una alberca pública? ¿No compartiste baño con alguien? ¿Tampoco usaste ropa de otra persona?
—No.
Él dejó la pluma sobre el escritorio. Su mirada se volvió más profunda.
Luego señaló la cortina del fondo.
—Pasa y acuéstate. Te voy a revisar.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Puede revisarme una doctora?
La voz me salió más baja de lo que quería.
No era que no entendiera que eso era una consulta médica. Claro que lo entendía. Pero una cosa era dejar que un médico hiciera su trabajo, y otra muy distinta era que ese médico fuera el hombre que había conocido mi cuerpo de memoria.
Adrián no pareció sorprendido.
—Lo siento. Ahora no hay ninguna doctora libre.
Hizo una pausa breve.
—Hay otros doctores hombres, si quiere cambiarme, señorita Serrano.
Me mordí el interior de la mejilla.
—O puede ir a otro hospital —añadió—. Aunque le advierto algo: en el siguiente también podría tocarle un doctor hombre.
El mensaje estaba claro.
Cerré los ojos.
Esto ya era humillante. Irme a repetir la misma escena en otro lugar sería todavía peor.
Y, si era honesta, entre Adrián y cualquier otro hombre, prefería a Adrián.
Aunque me doliera admitirlo.
Cuando me acosté detrás de la cortina, lo único que sentí fue vergüenza. La postura era demasiado vulnerable. La tela fría bajo mi piel, el sonido de los guantes, el silencio de la sala.
Mi mente, traicionera, empezó a mezclar el presente con recuerdos que yo llevaba un año tratando de enterrar.
—¿Aquí?
No supe si esa voz venía de ahora o de antes.
—Clara, ¿te gusto?
—Clara, no llores.
Apreté los labios.
Quería que terminara.
Quería salir de ahí.
Quería no recordar que alguna vez, con ese hombre, mi cuerpo había olvidado todo orgullo.
La revisión fue breve y clínica. Nada fuera de lugar. Nada que pudiera reprocharle.
Eso, de algún modo, me hizo sentir peor.
Cuando bajé de la camilla ni siquiera me atreví a mirarlo.
Adrián tardó unos segundos en volver al escritorio. Se quitó los guantes, se lavó las manos y, cuando salió el resultado, leyó la hoja con el ceño apenas fruncido.
—Vaginosis bacteriana. ¿Has usado productos de limpieza íntima en exceso?
Negué con la cabeza.
Nos quedamos en silencio.
Extrañamente, después de la revisión, la incomodidad ya no era tan afilada como al principio. Seguía ahí, claro, pero menos brutal.
Adrián no insistió.
Me conocía.
Sabía que yo no era de usar cosas raras sólo porque una influencer las recomendara.
Después preguntó:
—¿Cuándo terminó tu periodo?
—Hace tres días. ¿Pasa algo?
—No.
Volvió a mirar el expediente.
—Pero te recomiendo cambiar de marca de toallas sanitarias.
Me quedé quieta.
—Siempre te casas con una marca, con una fonda, con una cafetería, con todo. Esa costumbre no siempre es buena.
Su voz sonó tranquila, pero sus ojos no.
Ahí había algo más. Algo que no quiso decir.
Pensé en las noticias que había visto en redes sobre productos defectuosos y asentí.
—Está bien. Lo voy a revisar.
Adrián me extendió la receta.
—Te voy a mandar medicamento. Y quiero verte cada semana para revisión.
Sentí que el cielo se me caía encima.
—¿Cada semana?
¿Hablaba en serio?
Tragué saliva.
—Con tomar el medicamento debería bastar, ¿no? No hace falta que vuelva a...
No terminé la frase.
Adrián alzó la mirada.
Esta vez su tono fue serio.
—¿Tú eres la doctora o yo?
Me quedé sin palabras.
Asentí por fuera.
Por dentro ya estaba haciendo otro plan.
Revisión, claro.
La próxima semana buscaría una doctora en otro hospital. Este consultorio no pensaba pisarlo otra vez.
Adrián, como si pudiera leerme la mente, añadió:
—Si elegiste venir al hospital, entonces escucha al médico.
Iba a decir algo más, pero mi celular sonó.
Reconocí el tono de inmediato. Saqué el teléfono del bolso y contesté rápido.
—Sí... sí, está bien... perfecto.
Cuando colgué, Adrián ya me estaba mirando.
—¿Tu novio?
La pregunta me salió directo al orgullo.
Quise decir que no.
Pero mi boca decidió arruinarme la vida.
—Sí. Y es muy guapo.
Me arrepentí en cuanto lo dije.
Adrián apoyó la espalda en la silla, demasiado tranquilo.
—¿Más guapo que yo? Hay que conocerlo. ¿Cuándo lo traes?
Me atoré.
¿De dónde iba a sacar un novio para presentárselo?
Pero perder, jamás.
Enderecé la espalda.
—Claro. Cuando usted también me presente a su nueva novia, doctor Fuentes.
Adrián parpadeó.
—¿Nueva novia? ¿Cuándo he tenido novia además de ti?
Solté una risa seca.
Qué bien actuaba.
Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, tal vez le creería otra vez. Familia, trabajo, identidad... todo lo que me mostró durante nuestra relación había sido falso o estaba incompleto.
Me ardió el pecho.
—¿Besarse con alguien ya no cuenta como tener novia?
Su expresión cambió.
No fue culpa.
Fue confusión.
—Si así quieres entenderlo, no tengo nada que decir.
Me levanté con la receta en la mano.
—Doctor Fuentes, ya tengo novio. Seguir enredándonos con el pasado no tiene sentido. De ahora en adelante, entre nosotros sólo hay relación médica. Y como la consulta terminó, me voy.
Dije todo de corrido, sin respirar, porque si respiraba me iba a quebrar.
Adrián no respondió.
Yo salí antes de perder el control.
Adrián se quedó mirando la puerta.
La frase de Clara seguía dando vueltas en su cabeza.
¿Besarse?
¿Novia?
¿De qué demonios hablaba?
Tanto pensó en eso que no notó cuando alguien entró al consultorio.
—Hermano, ¿en qué estás pensando?
Adrián levantó la vista.
Frente a él estaba Julián Fuentes.
Si alguien no los miraba con cuidado, podría confundirlos. La misma altura, rasgos casi idénticos, la misma sangre. Sólo que Julián tenía una soltura descarada que Adrián jamás usaba frente a extraños.
Adrián lo observó con frialdad.
—¿Tú besaste a alguna de tus exnovias?
Julián soltó una carcajada.
—¿Qué clase de pregunta es esa? Si no la besas, ¿para qué andas con alguien? Tú y mi cuñada hasta vivieron juntos. ¿Ahora te espanta un beso?
Adrián apretó la mandíbula.
Había preguntado mal.
—Me refiero a si alguna vez besaste a una mujer en un lugar donde alguien pudiera verte.
—He besado a tantas que ya ni me acuerdo.
Julián lo dijo como si estuviera hablando del clima.
Adrián quiso golpearlo.
Si no estaba equivocado, el malentendido de Clara tenía el sello perfecto de su hermano gemelo.
Julián ni siquiera notó el peligro. Se acercó y le jaló la bata blanca.
—Mi cuñada ya se fue. Se acabó tu cosplay. Anda, quítate eso. No retrases mis consultas.
Un minuto después, los dos habían intercambiado papeles.
Julián volvió a ser el doctor.
Y Adrián quedó sentado en la silla donde Clara había estado.
Pasó los dedos por el borde del escritorio.
Todavía podía verla ahí: la cabeza baja, las orejas rojas, las manos tensas sobre la falda.
Seguía igual.
Igual de orgullosa.
Igual de sensible.
Igual de capaz de volverlo loco con sólo existir.
Un año.
Había pasado un año entero y él seguía queriendo llevársela a su cama, besarla hasta que dejara de decirle doctor y volviera a decirle Adrián con esa voz temblorosa que a él le rompía la cordura.
Había probado el hambre y luego le habían quitado la comida.
Un hombre que ya conocía el cuerpo de la mujer que amaba no olvidaba tan fácil.
Julián lo miró desde el otro lado del consultorio y suspiró.
—Ella ya te cortó y tú sigues atrás. Eres un caso perdido.
Adrián le lanzó una mirada helada.
—Tú también, hermanito. No me vengas a dar clases.
Julián abrió la boca, listo para negarlo.
Luego recordó aquella noche de invierno en que se quedó esperando frente al edificio de su ex sólo para verla pasar de lejos.
La cerró.
Bueno.
Tal vez sí era un caso perdido.
Adrián sonrió apenas.
—¿Y qué si terminó conmigo? También puede volver conmigo.
No la había soltado.
Ni un segundo.
Mientras tanto, yo intenté recomponerme.
Respiré hondo varias veces antes de ir a la siguiente cita de trabajo.
Era sólo un cliente.
Trabajo.
Contrato.
Comisiones.
Cosas reales. Cosas que sí podía controlar.
Llegué al café acordado, pero no vi al cliente que esperaba.
En su lugar estaba Iván Ríos.
Un junior de familia rica, de esos que vivían entre fiestas, autos caros y novias nuevas cada temporada. Nunca entendí en qué momento lo había provocado para que se pegara a mí.
Me cansaba con sólo verlo.
Iván estaba sentado como si el lugar fuera suyo. Al verme, cambió de postura y mostró su perfil de cuarenta y cinco grados con una confianza absurda.
—Clara, preciosa. Cuánto tiempo.
Me senté frente a él.
—¿Qué haces aquí?
Iván sacó un contrato de una carpeta y lo puso sobre la mesa.
—Primero mira.
Lo tomé con desconfianza.
Cuando leí el contenido, me quedé helada.
Era el cliente que llevaba semanas intentando cerrar.
Firmado.
Listo.
—¿Qué significa esto? —pregunté—. ¿Por qué me ayudas?
Iván se recargó en la silla, mirándome como si esperara que me derritiera.
—Porque me gustas. Cuando te gusta alguien, le quitas obstáculos del camino, ¿no?
Lo observé.
Era guapo, sí. De esos guapos obvios que sabían que lo eran.
Pero una cara bonita no borraba todo lo demás.
—¿Qué quieres de mí? ¿Que sea tu novia?
Él no respondió.
Con eso respondió.
Suspiré.
—Si ésa es tu idea, no puedo aceptar.
Iván frunció el ceño.
Probablemente no estaba acostumbrado a que lo rechazaran.
—¿Por qué? Me considero bastante buen partido.
Me dio un poco de flojera.
—Tienes demasiado historial. No gracias.
Luego añadí, porque era verdad y porque una parte de mí seguía molesta por lo de Adrián:
—Eres guapo, eso sí. Si no trajeras tantas historias encima, quizá sí lo pensaría.
Iván se enderezó de inmediato, feliz con la única parte que le convenía.
Justo entonces, algo sonó en su auricular.
Una voz helada, tan fría que casi pude sentirla desde mi silla, le dijo:
—Te espero en mi oficina.
Iván se puso pálido.
Y yo, sin saberlo todavía, acababa de volver a caer en el tablero de Adrián Fuentes.