El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.
¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?
NovelToon tiene autorización de Kye Soma para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Familia Moretti
Frente a mí, aguardaba un carruaje blanco con pequeños detalles dorados que relucían bajo el sol de la tarde. Los caballos que tiraban de él eran de un pelaje negro azabache, inmaculado, y resoplaban con una impaciencia contenida. Todo, absolutamente todo, gritaba opulencia. Un lujo que en mi vida anterior solo había visto en revistas o en sueños lejanos. *Así que esta es la vida de un niño noble. Interesante. *
—¡Mamá!
La palabra salió de mi boca de forma imprudente, casi como un acto reflejo. Mi nuevo cuerpo reaccionaba por instinto, traicionando mi mente adulta. Una mujer de cabello marrón descendió del carruaje con la elegancia innata de quien nunca ha tenido que preocuparse por el dinero. Su cabello estaba recogido en un moño alto que dejaba ver un cuello esbelto, y llevaba un vestido verde que se veía costoso, con bordados que brillaban como hilos de plata. Su apariencia era la de una mujer joven, de no más de veinticinco años.
—¡Mi pequeño Joshua!
¿Eh?
La mujer se abalanzó hacia mí, envolviendo mi pequeño cuerpo en un abrazo tan apretado que casi me deja sin aire. Su perfume, una mezcla de lavanda y algo cítrico, me inundó los sentidos. *Qué incómodo. * Mi mente adulta no sabía cómo reaccionar ante semejante muestra de afecto maternal. Era una sensación extraña, casi olvidada.
Su rostro, aunque hermoso, me era completamente desconocido. Pero la forma en que me miraba… no. Esa forma de mirarme, con un amor tan profundo y genuino, no era la de una extraña.
—Joshua, es hora de regresar a casa —dijo, y su voz tembló un poco, como si contuviera la emoción al pronunciar lo que supuestamente era mi nombre.
Mi pecho dolió. Un dolor sordo que no venía de ningún daño físico. *No debería dolerme. Esta mujer no es mi madre. No es la madre de Yoshiya Tatsumagi. * Pero el corazón de Joshua, el verdadero dueño de este cuerpo, no entendía de lógica.
La mujer me agarró con firmeza por debajo de mis hombros y, con una facilidad que delataba la costumbre, me subió a la parte trasera del carruaje. Los asientos estaban tapizados en terciopelo rojo y había cojines más mullidos que cualquier cama en la que yo hubiera dormido. La incomodidad crecía dentro de mí, alimentada por el lujo que me rodeaba.
Saqué el rostro por la ventana antes de que el carruaje empezara a moverse. Entonces lo vi con claridad. Sobre la entrada del enorme edificio del que acababa de salir, colgaba un letrero dorado: "{Educación para niños mediante elementos básicos}". *¿Estuve en un castillo tan lujoso y resultó ser una simple escuela para niños? *
La escuela era blanca, hecha de un material parecido al cemento, con vigas de madera que parecían ser más resistentes que el metal. Las torres se elevaban hacia el cielo como agujas de piedra. *Si esto es una escuela, no quiero imaginar cómo será un palacio de verdad. *
El carruaje empezó a moverse con una sacudida suave. El olor de la primavera, a flores silvestres y tierra húmeda, llegó a mi nariz a través de la ventana abierta. Desde mi asiento, se escuchaba el rítmico trote de los caballos y el crujido de las ruedas sobre el camino de grava. Todo era tan pacífico, tan bucólico, que resultaba casi irreal. *Si aún estoy en un sueño, que alguien, por favor, me despierte. *
El viaje no fue largo. Pronto, el carruaje se detuvo frente a una verja de hierro forjado que se abrió lentamente para darnos paso.
Un hombre de cabello y barba blanca, vestido con un impecable traje de mayordomo, se acercó al carruaje con pasos medidos. Sus ojos, normalmente cerrados en una expresión de serena diligencia, se abrieron ligeramente al verme. Con una reverencia perfecta, me ofreció su mano enguantada.
—¿Se encuentra bien, joven maestro Joshua?
—No, no pasa nada —respondí, esforzándome por dibujar una sonrisa en mi rostro que no llegó a mis ojos. Mi tono sonó forzado, incluso para mis propios oídos.
El hombre abrió los ojos de par en par, como si mis palabras le hubieran sorprendido. *¿Eh? No me digas que dije algo imprudente. ¿Acaso el Joshua original nunca le respondía a los sirvientes? *
Volteé la mirada hacia la persona que supuestamente era mi madre. Ella simplemente me dedicó una sonrisa dulce, como si no hubiera notado nada extraño. Pero en sus ojos verdes, pude ver una chispa de curiosidad.
Mi cuerpo pequeño, al que aún no me acostumbraba, se movió por sí solo en dirección a la mansión que se alzaba frente a mí. Y vaya mansión. Era una construcción que quitaba el aliento. Columnas de mármol, ventanas que parecían cuadros, y una fachada que se extendía más de lo que mis ojos podían abarcar.
Varias doncellas me dieron la bienvenida haciendo una reverencia al unísono. Sus uniformes eran impecables, con delantales blancos y cofias que no dejaban escapar ni un solo cabello. *A decir verdad, no me disgusta esta especie de trato preferencial. Pero, aun así, es profundamente incómodo. Me siento como un impostor en un banquete ajeno. *
Seguí mis instintos —o más bien, los instintos de Joshua— y mis piernas me llevaron a través de un pasillo con una gran alfombra roja que amortiguaba mis pasos. El espacio era tan ancho que lo primero que se me vino a la mente fue una autopista. Los candelabros de cristal colgaban del techo, que era tan alto como un árbol de sakura en plena floración. Mi rostro se cubrió de sudor. Aún no sabía a dónde quería ir mi cuerpo, pero seguí caminando.
—Hermana Isabella, debemos echar a nuestro supuesto hermano menor. En realidad, Joshua no me agrada.
Las palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. Salían de una habitación del pasillo por el que caminaba, filtradas a través de una puerta de madera entreabierta. Mi cuerpo se detuvo en seco.
*Sinceramente, a mí esto no me afecta. * Eso es lo que mi mente adulta quería creer. Pero el cuerpo de este mocoso reaccionó de la peor manera posible. Un dolor agudo, emocional y físico a la vez, llegó a mi pecho. Sentí cómo mis pequeños puños se apretaban involuntariamente. *Estos órganos son tan inútiles… Era de esperar del cuerpo de un niño de siete años. *
Y entonces, como una represa que se desborda, los recuerdos de una vida corta pero intensa llegaron a mi conciencia. Los recuerdos del verdadero Joshua Moretti. Vi su soledad, su tristeza, su anhelo de ser aceptado por los hermanos que lo despreciaban. No entiendo el motivo por el cual estoy en este cuerpo, pero una cosa es segura: siento un odio profundo hacia una persona en particular, y ese odio no es mío.
—Lo… lo siento, señor patriarca… La señora Viviane no se puede encontrar… Lo más seguro es que esté muerta.
Un fuerte golpe, el sonido de un puño estrellándose contra una mesa, resonó en el pasillo. Me quedé paralizado, escuchando detrás de la puerta, conteniendo la respiración.
*¿Viviane? * El nombre golpeó mi mente como un martillo. *Es la verdadera madre de este cuerpo. La madre de Joshua. *
Y entonces lo recordé. Un recuerdo que no era mío, pero que se sentía más real que todos mis recuerdos de Yoshiya Tatsumagi. Estábamos bajo las sombras de un gran árbol. Tres niños, una mujer de apariencia noble y gentil que nos miraba con amor infinito, y un hombre fuerte pero amable que nos protegía con su sola presencia. Una familia feliz. Una familia que ya no existía.
De mis ojos brotaron lágrimas, calientes y traicioneras. *¡MALDITO CUERPO DE MIERDA! * Grité en mi interior, furioso conmigo mismo por ser tan débil, por dejar que las emociones de un niño muerto me controlaran.
La puerta se abrió de golpe. Un hombre de unos treinta y seis años me miró con sorpresa, sus ojos verdes muy abiertos y su expresión desencajada. Vestía ropas nobles y caras, pero estaba despeinado y en su cabello negro destacaba un mechón blanco, idéntico al mío. Era inconfundible. *Este hombre es mi… es el padre de Joshua. *
—¡Jo-Joshua! No, no creas lo que escuchaste, to-todo es una mentira —balbuceó, su voz era temblorosa y sus manos, grandes y callosas, no dejaban de temblar. El gran Ed Moretti, el hombre de hierro, estaba aterrorizado ante un niño de siete años.
—Iré a mi habitación —dije en un tono seco y serio, cortando cualquier intento de explicación.
Di la vuelta y mis piernas se movieron hacia la izquierda, siguiendo el mapa mental que los recuerdos de Joshua me proporcionaban.
—¡Ahgg!
Un fuerte grito de frustración y rabia se escuchó desde el cuarto del que provenía. El sonido de algo al estrellarse contra la pared retumbó en el pasillo. Seguí caminando sin mirar atrás.
Entré en un gran salón que reconocí al instante como mi —la— habitación de Joshua. Una cama gigante con dos almohadas, tendida con sábanas blancas y suaves como la seda. Un olor a cloro y desinfectante, demasiado familiar, llegó a mi nariz. *Qué lugar tan extraño para encontrar ese olor. ¿Acaso limpian la habitación de un niño como si fuera un quirófano? *
Observé cada rincón. Una biblioteca empotrada en la pared, un armario del tamaño de una despensa, un escritorio de madera noble junto a la ventana. Mi mirada se detuvo en el escritorio. Caminé hacia él con demasiado cuidado, como si temiera despertar algo. *¿A quién le tengo miedo? *
Revisé la gaveta del escritorio con manos torpes. Dentro, había muchos papeles, demasiados para la habitación de un niño de siete años. *¿Qué hacen este tipo de papeles aquí? * No tenían sentido. Eran informes, cartas, documentos que hablaban de territorios y políticas.
Los papeles se me cayeron de las manos y se regaron por el suelo como hojas secas en otoño. Me agaché a recogerlos, maldiciendo mi torpeza. En los recuerdos de este niño, él ya sabía leer perfectamente. Y para mí, un antiguo profesor de lenguas, no era difícil descifrar un nuevo idioma. Las letras eran diferentes, sí, pero la estructura gramatical era sorprendentemente similar al japonés.
Una nota en uno de los papeles capturó mi atención. La caligrafía era elegante, femenina. Decía:
«Joshua, eres alguien inteligente y talentoso. Sacaste el rostro de tu padre, pero heredaste mi actitud. No estaré durante un tiempo. Este no es un adiós, es un hasta pronto. Te quiere, Mamá.»
*¿Qué clase de chiste de mal gusto es este? Una madre que abandona a su hijo con una nota y un "hasta pronto". * La ironía era tan amarga que casi podía saborearla en mi lengua. *Y ¿por qué carajos me duele tanto el pecho al leer esto? *
Simplemente no logro comprender las emociones de este cuerpo. Son un torbellino, un caos que no me pertenece pero que me arrastra. Un fuerte dolor recorrió mi sien y más recuerdos llegaron a mi conciencia, esta vez como una avalancha imparable. Fue como ver una película a la máxima velocidad, cada fotograma clavándose en mi mente.
Ahora lo tengo claro. Ya no soy Yoshiya Tatsumagi. Aquel hombre solitario murió en una cama de hospital. Ahora, para bien o para mal, soy Joshua Moretti.
Había una pequeña biblioteca a mi izquierda, empotrada en la pared. Cuando intenté dar un paso hacia ella, me resbalé con uno de los papeles y caí, dándome un fuerte golpe en la espalda contra el suelo de mármol. El dolor fue agudo y fugaz. *Este cuerpo sí que es débil. Necesito entrenarlo cuanto antes. *
Me levanté como pude, sacudiendo mi ropa llena de polvo. Reacomodé las hojas que había regado, dejándolas en un montón ordenado sobre el escritorio, y volví hacia la biblioteca.
Busqué durante unos quince minutos, mis pequeños dedos recorriendo los lomos de los libros con una avidez casi infantil. Entonces, lo encontré. Un libro desgastado, con las esquinas dobladas y manchas de tinta en la portada. Un libro que Joshua leía con su madre. Con Viviane. Una sonrisa, suave y ajena, se dibujó en mi rostro.
El título, grabado en letras doradas, rezaba: «Conocimientos básicos de la magia».
Abrí la primera página y empecé a leer, mi corazón —el de Joshua— latiendo con fuerza. Mis ojos recorrían las palabras con la avidez de un sediento que encuentra agua en el desierto.
«Para que la magia funcione, el cuerpo debe ingerir la magia mediante los pulmones, que la llevan a la fuente del hígado…»
*Mmm… Qué extraño. El propio cuerpo es un contenedor de magia. Eso quiere decir que la magia proviene del aire, como el oxígeno. Es un sistema biológico. *
Seguí leyendo, fascinado.
«Para que la magia funcione a través de un cuerpo, el usuario debe entrenar a partir de los once años, cuando sus órganos estén desarrollados.»
*¿Entonces es imposible para mí? ¿Por qué…? *
Mi pensamiento se interrumpió. Una bola de luz completamente blanca, del tamaño de una canica, flotaba al lado de mi mano. Mi cuerpo lo había hecho de forma inconsciente, como un acto reflejo.
La bola de luz danzaba suavemente en el aire, emitiendo un calor tenue. *Hay veces en que este cuerpo puede ser de mucha ayuda. * Mis dedos se movieron con una precisión que no era mía y dibujaron un círculo con rayas en todas direcciones sobre un papel en blanco. Un sello rúnico. Aunque este cuerpo lo hizo parecer fácil, la verdad es que requiere una concentración feroz.
Cuando el brillo se desvaneció, caí de rodillas, jadeando. Mi frente estaba empapada en sudor y mi visión se nublaba por el agotamiento.
*Qué difícil… No quiero hacer esto… ¿Por qué me tocó esta clase de vida a mí? *
Pero mientras miraba mis pequeñas manos, las mismas que acababan de moldear la luz, una chispa de algo nuevo se encendió en mi interior. No era solo frustración o cansancio. Era una emoción que no sentía desde hacía décadas.
Era curiosidad.