En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
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La noche que olvide
El fuego siempre era lo primero.
No importaba cuánto tiempo pasara ni cuántas veces despertara empapado en sudor. Siempre comenzaba igual.
Llamas.
Llamas devorándolo todo.
Alex corría por un pasillo interminable mientras el humo le quemaba los pulmones. Las paredes parecían derretirse y las sombras se movían entre el resplandor anaranjado como monstruos ocultos entre la oscuridad.
Escuchaba gritos.
Disparos.
Cristales rompiéndose.
Intentó mirar a las personas que corrían a su alrededor, pero sus rostros estaban borrosos, como si una niebla espesa cubriera cada uno de sus recuerdos.
No podía distinguir quiénes eran.
No podía recordar sus caras.
Solo sabía que estaba asustado.
Muy asustado.
—¡Corre!
Una voz femenina atravesó el caos.
Alex giró la cabeza.
Vio una silueta.
Una mujer.
Estaba llorando.
Extendía los brazos hacia él mientras las lágrimas brillaban sobre sus mejillas.
Pero tampoco podía verle el rostro.
Era imposible.
Como siempre.
—¡Corre!
Otro disparo resonó.
La mujer se estremeció.
Alex quiso acercarse.
Quiso alcanzarla.
Quiso preguntarle quién era.
Pero algo lo sujetó.
Unas manos.
Un hombre.
No pudo verlo.
No pudo recordar su voz.
No pudo recordar nada.
Entonces escuchó aquella palabra.
La misma palabra que aparecía en todas sus pesadillas.
—Alexei...
El mundo se rompió.
Alex abrió los ojos de golpe.
Respiraba con dificultad.
Su corazón golpeaba tan fuerte que parecía querer escapar de su pecho.
Durante varios segundos permaneció inmóvil sobre la cama.
Mirando el techo.
Intentando recordar.
Intentando comprender.
Pero, como siempre, los recuerdos se deshacían antes de que pudiera atraparlos.
Solo quedaba aquella palabra.
Alexei.
Una palabra extraña.
Una palabra que sentía suya.
Y al mismo tiempo no.
Se incorporó lentamente y pasó una mano por su cabello despeinado.
La habitación del orfanato Santa Aurora estaba silenciosa.
Aún era temprano.
La luz gris del amanecer comenzaba a filtrarse por la ventana.
Alex suspiró.
Otra vez.
Otra maldita vez.
Desde que tenía memoria aquellas pesadillas lo perseguían.
Nunca cambiaban demasiado.
Fuego.
Disparos.
Gritos.
Y aquella voz.
Siempre aquella voz.
Bajó la mirada hacia el colgante que descansaba sobre su pecho.
Lo tomó entre los dedos.
Era una pieza de plata envejecida.
Circular.
Con símbolos grabados que nadie había logrado identificar.
Lo había llevado toda su vida.
Nadie sabía de dónde había salido.
Nadie sabía quién se lo había dado.
Cuando llegó al orfanato siendo un niño, el colgante ya estaba con él.
Era lo único que tenía.
Lo único que pertenecía a un pasado que no podía recordar.
—Algún día voy a descubrir quién eres —murmuró observando el objeto.
O tal vez se lo estaba diciendo a sí mismo.
Se levantó de la cama y comenzó a prepararse para el día.
Aquella mañana era diferente.
Después de años viviendo en Santa Aurora, estaba a pocas semanas de abandonarlo.
Ya era adulto.
El mundo real lo esperaba.
Aunque no estaba seguro de querer enfrentarlo.
Durante años aquel lugar había sido su hogar.
No el mejor hogar.
Pero sí el único que conocía.
Las paredes gastadas.
Los pasillos estrechos.
Las voces de los niños.
Incluso las discusiones de los cuidadores.
Todo formaba parte de su vida.
Y pronto tendría que dejarlo atrás.
Después del desayuno ayudó a ordenar algunos documentos en la pequeña oficina del edificio.
La hermana Clara, directora del orfanato, revisaba cajas llenas de archivos viejos.
—Si encuentras algo que parezca importante, no lo tires —dijo sin levantar la vista.
—Lo tendré en cuenta.
—Y deja de poner esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que cree que el mundo terminará mañana.
Alex soltó una pequeña risa.
—No hago esa cara.
—La estás haciendo ahora mismo.
Continuaron trabajando durante un rato.
Hasta que algo llamó su atención.
En el fondo de una caja apareció un periódico viejo.
Muy viejo.
Las páginas estaban amarillentas por el tiempo.
La curiosidad pudo más.
Alex lo tomó.
No esperaba encontrar nada interesante.
Solo quería distraerse.
Pero entonces vio la fotografía.
Y el titular.
Su sonrisa desapareció.
FAMILIA LAURENT ASESINADA EN MISTERIOSO ATAQUE
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Sus ojos volvieron a leer el nombre.
Laurent.
Algo dentro de él reaccionó.
Algo extraño.
Algo incómodo.
Como una sensación olvidada.
Como una puerta cerrada que intentaba abrirse.
Leyó rápidamente el artículo.
Hablaba de una familia poderosa.
De una tragedia ocurrida años atrás.
De un incendio.
De víctimas.
De una investigación que nunca llegó a resolverse.
No entendía por qué aquello le afectaba tanto.
Era solo una noticia antigua.
Una historia olvidada.
Y aun así...
Su corazón latía más rápido.
Laurent.
Ese apellido parecía conocido.
Demasiado conocido.
Como si lo hubiera escuchado antes.
Como si hubiera formado parte de su vida.
—¿Alex?
La voz de Clara lo hizo sobresaltarse.
—¿Sí?
—¿Ocurre algo?
Alex bajó lentamente el periódico.
—No lo sé.
Y era verdad.
No lo sabía.
No sabía por qué sus manos temblaban.
No sabía por qué sentía un nudo en la garganta.
No sabía por qué aquel nombre parecía perseguirlo.
Guardó silencio unos segundos.
Luego volvió a mirar el titular.
Laurent.
El apellido parecía observarlo desde la página.
Esperando.
Llamándolo.
Como si intentara recordarle algo.
Algo importante.
Algo que había olvidado.
Sin darse cuenta llevó una mano hasta el colgante.
Sus dedos se cerraron alrededor de la plata fría.
Y por primera vez en muchos años sintió miedo.
No miedo a lo desconocido.
Sino miedo a descubrir la verdad.
Porque, en el fondo, una extraña sensación comenzaba a crecer dentro de él.
La sensación de que aquella noticia no era casualidad.
La sensación de que aquel apellido tenía algo que ver con él.
La sensación de que su pasado estaba intentando alcanzarlo.
Alex observó una vez más el periódico.
Y una pregunta apareció en su mente.
Una pregunta simple.
Pero imposible de ignorar.
¿Por qué siento que conozco ese nombre?