Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 2: El reclamo que ya no pude guardar
Esa noche la mansión estaba igual de grande que siempre… pero cada vez más vacía.
Yo llegué de la universidad cansado, con la cabeza llena de ingeniería, trabajos y problemas que nadie en esa casa parecía notar. Afuera el frío de Manzanares pegaba duro, pero adentro el frío era otro: el de la soledad.
Mi papá estaba en la casa.
Pero era como si no estuviera.
Lo vi pasar por el pasillo, serio, apurado, sin decir nada. Ni un saludo, ni una mirada, ni una palabra. Solo siguió su camino como si yo no existiera.
Y ahí algo dentro de mí se cansó.
Esperé unos minutos en la sala. El silencio era pesado, de esos que parecen gritar sin sonido. La mansión siempre estaba limpia, ordenada, perfecta… pero vacía de verdad.
Respiré hondo… y fui.
Entré a la oficina sin tocar.
Él estaba sentado en su escritorio, con papeles, computador y el celular vibrando sin parar. Siempre lo mismo. Siempre ocupado.
Ni levantó la mirada.
—“Estoy ocupado” —dijo seco apenas notó que entré.
Y eso fue suficiente para mí.
—“Eso es lo único que usted sabe decir.”
Ahí sí levantó la cabeza.
—“¿Qué dijiste?”
Lo miré fijo, ya sin guardarme nada.
—“Que usted siempre está ocupado. Siempre. Pero nunca está conmigo.”
Se quedó en silencio.
Pero ese silencio no era sorpresa… era costumbre.
Seguí.
—“Yo vivo en esta casa como si fuera un extraño. Usted pasa, me ignora, trabaja, se encierra… y yo aquí existo solo cuando estorbo o cuando le sirve.”
Dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—“No empieces con drama.”
Eso me encendió más.
—“¿Drama? ¿Eso es lo que usted cree? ¿Que esto es un drama?”
Me acerqué un poco al escritorio.
—“Yo no tengo papá. Eso es lo que pasa.”
Silencio.
De esos que pesan.
Respiré más fuerte.
—“Yo crecí viendo cómo usted tenía tiempo para todo… menos para mí. Para reuniones, para negocios, para viajes… pero nunca para su hijo.”
Se recostó en la silla.
—“Yo hago lo que puedo.”
Y ahí exploté.
—“¡Eso no es suficiente!”
El grito retumbó en la oficina.
La casa quedó más silenciosa todavía.
Sentí el pecho apretado, pero no paré.
—“Yo no necesito su plata. Yo no necesito esta casa gigante. Yo lo que necesito es un papá que esté presente. Que pregunte algo. Que le importe algo de mí.”
Me miró serio, duro.
—“Usted no entiende cómo es mi vida.”
Y respondí sin pensar:
—“Y usted no quiere entender la mía.”
Silencio otra vez.
Ya no estaba gritando… estaba diciendo todo lo que me había tragado durante años.
—“Yo crecí aquí, en esta misma casa, pero solo. Siempre solo. Con usted al lado, pero como si yo no existiera.”
Bajó un poco la mirada.
Pero no dijo nada.
Y eso dolió más.
Tragué saliva.
—“Yo ya no puedo seguir así.”
Me di la vuelta.
—“Ya no.”
Y salí de la oficina.
Caminé por el pasillo largo de la mansión. Todo seguía igual de lujoso, igual de perfecto… pero ya no significaba nada para mí.
Entré a mi cuarto.
Cerré la puerta.
Silencio.
Pero esta vez no dolía igual…
porque ya había entendido algo:
no era que yo no tuviera papá…
era que él nunca estaba.