En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 2. Lo Que Observan las Hermanas.
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El sonido de la lluvia continuó durante toda la noche.
Seraphine lo escuchaba desde su habitación mientras permanecía sentada junto a la ventana alta, con un libro abierto sobre las piernas que no había leído en más de una hora. Afuera, la neblina cubría las murallas del castillo y borraba parcialmente las torres negras de la fortaleza Valemont.
El vidrio frío reflejaba su rostro tenuemente iluminado por las velas.
Ojos rojos.
Cabello oscuro.
La imagen de alguien que pertenecía perfectamente a aquella familia.
Y aun así no pertenecía en absoluto.
Desvió la mirada hacia su mano derecha.
Nada.
No quedaba rastro de la chispa que había escapado durante la cena.
Pero Celestine la había visto.
Eso era el problema.
No podía dejar de pensar en ello.
Celestine no reaccionó como una persona sorprendida. Ni siquiera como alguien asustada.
Había reaccionado como alguien que confirmaba una sospecha.
Y eso era mucho peor.
Un golpe suave sonó en la puerta.
Seraphine cerró el libro inmediatamente.
—Adelante.
La puerta se abrió apenas.
No era una sirvienta.
Celestine entró en silencio.
Por supuesto.
Seraphine mantuvo el rostro tranquilo mientras su hermana cerraba la puerta detrás de sí. Llevaba un vestido gris oscuro sencillo para alguien de su posición. Su cabello castaño estaba parcialmente recogido y algunas hebras húmedas caían sobre sus hombros.
Debía haber cruzado parte del castillo bajo la lluvia.
Curioso.
Celestine observó la habitación unos segundos antes de hablar.
—Tus sirvientas son demasiado leales o demasiado ciegas.
—Las personas inteligentes aprenden cuándo no deben mirar.
—¿Y tú?
Seraphine sostuvo su mirada.
—Yo aprendí cuándo debo hacerlo.
Celestine sonrió apenas.
Siempre hacía eso. Sonrisas pequeñas. Difíciles de interpretar.
No intimidaba como Evelyne ni aplastaba como el duque.
Celestine era peor.
Parecía inofensiva.
Se acercó lentamente hasta la mesa cercana a la ventana. Sus dedos rozaron distraídamente uno de los candelabros de plata.
—Padre quiere casarte pronto —dijo.
Directo.
Sin adornos.
Seraphine no reaccionó.
—No sería extraño.
—La Casa Arden tiene dos hijos solteros.
—Entonces probablemente uno terminará muerto y el otro casado.
Eso provocó una risa breve en Celestine.
Pequeña. Real.
Duró menos de dos segundos.
Luego volvió el silencio.
El viento golpeó suavemente los vitrales.
A lo lejos, algún guardia gritó órdenes en el patio inferior.
Seraphine observó cuidadosamente a su hermana.
Celestine parecía tranquila.
Demasiado tranquila para alguien que acababa de entrar de noche en la habitación de una posible bruja.
Finalmente, Celestine habló otra vez.
—¿Desde cuándo?
Ahí estaba.
Sin acusaciones.
Sin rodeos.
El corazón de Seraphine golpeó una vez contra sus costillas, fuerte y seco.
Pero su voz salió estable.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Celestine inclinó ligeramente la cabeza.
—Vi la chispa.
Seraphine no respondió.
Las velas crepitaban suavemente entre ambas.
El castillo entero parecía contener el aliento.
—Podría decírselo a padre —continuó Celestine con calma—. Ahora mismo.
—Sí.
—Pero no lo haré.
Eso sí logró alterar algo dentro de ella.
No externamente.
Jamás externamente.
Pero su mente comenzó a moverse de inmediato.
¿Por qué?
Nadie hacía algo gratis en aquella familia.
Nunca.
—¿Qué quieres? —preguntó Seraphine.
Celestine la observó unos segundos antes de responder.
—Nada todavía.
Peor respuesta posible.
Seraphine se puso de pie lentamente.
—Eso no tiene sentido.
—En esta casa, casi nada lo tiene.
Celestine caminó hasta la ventana. La lluvia resbalaba por el cristal detrás de ella, deformando parcialmente las luces del patio exterior.
—Cuando éramos niñas —dijo suavemente— pensé que morirías antes de los diez años.
Seraphine frunció apenas el ceño.
—Qué comentario tan afectuoso.
—No hablo de afecto.
No. Claro que no.
Celestine apoyó una mano sobre el marco de piedra.
—Eras demasiado distinta.
—¿Distinta?
—Nosotros aprendimos rápido cómo sobrevivir aquí. Tú… observabas demasiado.
Seraphine sintió incomodidad genuina por primera vez desde que había comenzado la conversación.
Porque Celestine tenía razón.
Cuando era niña todavía cometía errores absurdos: preguntar por qué castigaban sirvientes, por qué los hermanos competían, por qué nadie lloró cuando murió una concubina.
Había aprendido después.
Aprendido a callar.
Aprendido a fingir.
—Sigues observando demasiado —murmuró Celestine.
Seraphine cruzó lentamente los brazos.
—Y tú sigues hablando como si entendieras algo que los demás no.
—Tal vez porque lo entiendo.
Sus ojos volvieron a encontrarse.
Esta vez Celestine no sonrió.
—No eres la única que guarda secretos en esta casa.
Silencio.
El aire pareció volverse más pesado.
Seraphine analizó rápidamente: postura relajada, pulso estable, respiración normal.
No mentía.
O al menos creía no hacerlo.
—¿Qué significa eso?
Celestine se apartó de la ventana.
—Que deberías ser más cuidadosa con Alaric.
Eso fue inesperado.
—¿Por qué?
—Porque empezó a interesarse en ti.
Un escalofrío recorrió lentamente la espalda de Seraphine.
No miedo exactamente.
Instinto.
Alaric nunca hacía nada sin utilidad detrás.
—¿Interesarse cómo?
—Como un hombre que busca una pieza útil en el tablero.
Celestine caminó hacia la puerta.
—Buenas noches, Seraphine.
—Espera.
Su hermana se detuvo.
—¿Por qué me ayudas?
La expresión de Celestine cambió apenas. Algo breve cruzó por su rostro.
¿Cansancio?
¿Amargura?
—Porque esta familia ya ha destruido suficientes personas.
Y salió de la habitación.
La puerta se cerró suavemente.
Seraphine permaneció inmóvil varios segundos.
Luego caminó hacia la chimenea apagada y apoyó una mano sobre la piedra fría.
No confiaba en Celestine.
Sería estúpido hacerlo.
Pero había algo extraño en sus palabras.
Algo demasiado sincero para aquella casa.
La lluvia continuó golpeando los ventanales mientras Seraphine intentaba ordenar sus pensamientos.
Alaric.
Eso sí era un problema real.
Cassian ignoraba a casi todos fuera de asuntos políticos.
Evelyne manipulaba socialmente.
Pero Alaric…
Alaric disfrutaba romper personas.
Y si realmente había puesto atención sobre ella, debía descubrir por qué.
Antes de que fuera demasiado tarde.
Un trueno sacudió el cielo.
La llama de las velas tembló violentamente.
Y entonces ocurrió.
El aire alrededor de Seraphine vibró.
Apenas un instante.
Su respiración se detuvo.
No era imaginación.
La temperatura descendió bruscamente.
Las sombras de la habitación parecieron estirarse sobre las paredes.
Seraphine giró lentamente hacia el rincón más oscuro del cuarto.
Nada.
Solo oscuridad.
Pero podía sentir algo.
Una presencia.
Débil.
Lejana.
Conocida.
El corazón comenzó a latirle más rápido.
No.
Eso era imposible.
La sensación desapareció casi de inmediato.
Las velas recuperaron estabilidad.
El cuarto volvió a la normalidad.
Excepto por una cosa.
Sobre la pequeña mesa junto a su cama había un objeto que no estaba allí antes.
Un medallón plateado ennegrecido por el tiempo.
Seraphine se acercó lentamente.
La superficie tenía grabado un símbolo extraño: un ojo atravesado por ramas negras.
Y cuando lo tocó…
Una voz susurró cerca de su oído.
—No dejes que te conviertan en ellos.
La vela más cercana se apagó de golpe.
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