Veinticinco años antes de los eventos que cambiarían el mundo, la verdad permanecía oculta bajo silencio, sangre y recuerdos prohibidos.
Mientras antiguas fuerzas observan desde las sombras, personas marcadas por la pérdida, la culpa y la soledad intentan seguir adelante en un mundo que lentamente comienza a desmoronarse.
Esta es la historia de quienes existieron antes de la tragedia. Antes de los bucles. Antes de que alguien pudiera regresar de la muerte.
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Capítulo 2: La Sabia
La lluvia seguía cayendo sobre el santuario.
El sonido del agua golpeando los árboles antiguos llenaba la sala del consejo mientras los ancianos permanecían en silencio alrededor de la enorme mesa de piedra.
El ambiente era pesado.
Tenso.
Nadie habló durante varios segundos.
Hasta que una presencia apareció detrás de ellos.
Sin pasos.
Sin sonido.
Simplemente…
estaba ahí.
El aire cambió de inmediato.
Varios ancianos abrieron los ojos con horror.
Otros retrocedieron instintivamente.
Una presión invisible recorrió toda la habitación.
Cabello rojo.
Ojos negros profundos.
Vestido oscuro adornado con símbolos antiguos.
Liz.
La Sabia.
O al menos…
ese era el nombre que había tenido hace siglos.
Ahora era conocida con otro título.
La representante de la Avaricia.
Una de las entidades más peligrosas del mundo.
El silencio se volvió absoluto.
Incluso la lluvia parecía haberse detenido.
Liz observó lentamente toda la habitación.
Sus ojos negros parecían atravesar directamente los pensamientos de todos los presentes.
Y entonces sonrió.
No era una sonrisa cálida.
Era una sonrisa tranquila… demasiado tranquila.
—Qué decepcionante.
Nadie respondió.
Uno de los ancianos bajó lentamente la cabeza.
—S-Sabia…
—No me llamen así si van a actuar de esta manera.
Su voz era suave.
Pero cada palabra hacía que el ambiente se volviera más pesado.
Liz caminó lentamente alrededor de la mesa.
El sonido de sus pasos era lo único que podía escucharse.
—Creé este santuario para protegerlos.
Sus dedos rozaron la piedra antigua.
—Los oculté del mundo. Los protegí de guerras. De monstruos. De humanos. De otras autoridades.
Sus ojos negros observaron directamente a la anciana que había insultado a Cecilia.
—Y aun así… usan esa paz para hablar mal de una niña pequeña a sus espaldas.
La anciana tembló ligeramente.
—N-No intentábamos—
—¿No intentaban qué?
Liz sonrió un poco más.
—¿Despreciarla? ¿Temerle? ¿Condenarla por existir?
El aire vibró.
Varios ancianos sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos.
Porque algo aterrador sobre Liz era que nunca necesitaba levantar la voz.
Mientras más tranquila sonaba…
más peligrosa se volvía.
—Las personas realmente son interesantes.
Liz inclinó ligeramente la cabeza.
—Les doy siglos de protección y aun así siguen buscando alguien a quien odiar.
Uno de los ancianos reunió valor suficiente para hablar.
—Esa niña posee sangre humana…
—¿Y?
El hombre quedó paralizado.
Liz lo observó directamente.
—¿La sangre humana la vuelve menos valiosa?
Nadie respondió.
Porque no existía respuesta correcta frente a ella.
La representante de la Avaricia caminó lentamente hacia la enorme ventana del consejo.
Afuera…
las barreras mágicas del santuario brillaban débilmente entre la lluvia.
—Los humanos destruyen. Los elfos discriminan. Las bestias devoran. Los reyes mienten.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Todas las razas son iguales cuando encuentran a alguien diferente.
El ambiente se volvió aún más incómodo.
Entonces Liz cerró los ojos unos segundos.
Y por un instante…
miles de voces parecieron susurrar alrededor de la habitación.
Fragmentos.
Recuerdos.
Pensamientos.
Los ancianos sintieron terror puro.
Porque entendieron algo.
Liz estaba leyendo sus mentes.
La pelirroja volvió a abrir los ojos lentamente.
—Algunos incluso pensaron en expulsarla.
Nadie respiró.
—Y otros…
Su mirada cayó sobre uno de los ancianos del fondo.
—Pensaron que sería más sencillo eliminar el problema ahora que todavía es pequeña.
El hombre palideció completamente.
—¡Y-Yo jamás…!
Liz sonrió.
—Mentiroso.
El suelo tembló ligeramente.
Por primera vez… el miedo llenó completamente la habitación.
No miedo político.
No respeto.
Miedo real.
Porque todos recordaron algo importante.
Liz no era una simple sabia.
Era una existencia capaz de destruir reinos enteros si lo deseaba.
Pero entonces…
contra toda expectativa…
Liz suspiró.
Parecía cansada.
—Qué aburrido sería castigarlos.
Los ancianos parpadearon confundidos.
La mujer de cabello rojo observó nuevamente la lluvia.
—Después de todo… ustedes solo están asustados.
Sus ojos negros parecían increíblemente antiguos.
—Y las personas asustadas siempre terminan haciendo cosas crueles.
La anciana tragó saliva lentamente.
—Entonces… ¿qué sucederá con la niña?
Liz permaneció en silencio unos segundos.
Y entonces…
sonrió de una manera extrañamente suave.
—Cecilia crecerá.
El viento golpeó las ventanas del consejo.
—Amará. Sufrirá. Perderá cosas importantes.
Sus ojos negros parecían observar algo muy lejano.
Algo que nadie más podía ver.
—Y un día…
La sonrisa de Liz desapareció apenas un instante.
—Ese mundo la romperá por completo.
El ambiente se congeló.
Incluso los ancianos quedaron perturbados por aquellas palabras.
Pero Liz volvió a sonreír inmediatamente.
Como si nada hubiera pasado.
—Aunque supongo… eso es inevitable para casi todos.
Capítulo 2
La Sabia — Parte 2
La lluvia golpeaba lentamente las ventanas del consejo.
Nadie se atrevía a hablar.
La presión mágica de Liz seguía llenando la habitación como una sombra invisible imposible de ignorar.
Sus ojos negros recorrieron nuevamente los rostros de todos los ancianos presentes.
Entonces habló.
—También le temen por su apariencia.
El silencio se tensó todavía más.
—Porque les recuerda a alguien más.
La anciana bajó lentamente la mirada.
Liz sonrió apenas.
—Alicia.
El nombre cayó sobre la habitación como una maldición.
Algunos ancianos incluso retrocedieron instintivamente.
Otros apretaron los dientes.
La representante de la Avaricia los observó con una mezcla de diversión y decepción.
—Qué reacción tan predecible.
Uno de los ancianos habló con dificultad.
—La Maga Oscura de la Envidia destruyó ciudades enteras…
—No.
Liz lo interrumpió inmediatamente.
Por primera vez…
su voz perdió parte de su calma.
—La destruyeron primero a ella.
El ambiente se congeló.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Liz caminó lentamente alrededor de la mesa mientras su cabello rojo se movía suavemente con el viento que entraba por las ventanas.
—Me tocó verla cuando nació.
Sus ojos negros parecían mirar recuerdos muy antiguos.
—También escuché susurros. También vi miradas de miedo. También vi desprecio.
Una pequeña sonrisa amarga apareció en su rostro.
—Curioso, ¿no?
Sus dedos rozaron la madera de la mesa.
—Todos dicen que los monstruos nacen… pero la mayoría son creados.
El anciano principal frunció ligeramente el ceño.
—¿Está diciendo que Alicia no era peligrosa?
Liz soltó una pequeña risa.
—Oh, no. Siempre fue peligrosa.
La habitación tembló ligeramente apenas pronunció esas palabras.
—Pero eso no significa que mereciera odio desde el momento en que abrió los ojos.
El silencio volvió a dominar el lugar.
Liz levantó lentamente la mirada hacia ellos.
—Le temen a Cecilia porque sus ojos amatista les recuerdan a Alicia. Porque su presencia les resulta extraña. Porque no entienden qué puede llegar a ser.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Le temen a algo que ni siquiera ha ocurrido todavía.
Uno de los ancianos apretó los puños.
—La historia podría repetirse…
—La historia siempre se repite.
La respuesta fue inmediata.
Cruelmente tranquila.
Liz observó directamente a todos los presentes.
—Eso es lo decepcionante.
Sus ojos negros parecían infinitamente antiguos.
—Los elfos se describen a sí mismos como la raza más pura. Más sabia. Más cercana a la naturaleza. Más “humana” que los propios humanos.
La última palabra estuvo cargada de ironía.
—Y aun así…
El aire alrededor de Liz se volvió pesado.
—Actúan exactamente igual que ellos.
Nadie pudo responder.
Porque todos sabían que era verdad.
Discriminación. Miedo. Prejuicios.
No importaba la raza.
Siempre existían.
Liz caminó lentamente hacia la salida del consejo.
—Cecilia solo es una niña.
Su voz volvió a sonar tranquila.
—Quiere correr. Leer historias absurdas. Esperar a su padre. Dormir abrazando libros.
La lluvia seguía cayendo afuera.
—Pero ustedes ya comenzaron a verla como una amenaza.
Sus ojos negros brillaron ligeramente.
—Y las personas…
Una pequeña sonrisa triste apareció en su rostro.
—Siempre terminan convirtiendo en monstruos a quienes más temen.
Los ancianos sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos.
Porque por un instante…
parecía que Liz no estaba hablando solo de Alicia.
Sino también de Cecilia.
Y quizás…
de muchas otras personas antes que ellas.
La representante de la Avaricia abrió lentamente la puerta del consejo.
Pero antes de irse…
se detuvo apenas un segundo.
—Si algún día esa niña termina odiando este mundo…
La oscuridad alrededor de la habitación vibró débilmente.
—Recuerden que ustedes ayudaron a construir ese odio.
Entonces desapareció.
Sin sonido.
Sin presencia.
Como si jamás hubiera estado ahí.
Solo quedó el sonido de la lluvia.
Y el miedo silencioso dentro del corazón de todos los ancianos.