En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 01: El Rascacielos Prohibido
El sol de Beijing se filtraba a través de una densa capa de bruma matutina, tiñendo el horizonte de un gris plateado que hacía que los rascacielos del distrito de Chaoyang parecieran gigantes dormidos. Para Mei Ling, cada uno de esos edificios representaba una ambición, un plano trazado con sangre y sudor, pero ninguno era tan imponente ni tan aterrador como la Torre Li. El cristal espejado de la estructura devolvía una imagen distorsionada de la ciudad, una mole de acero que se alzaba como una advertencia: aquí, solo los fuertes sobreviven.
Mei Ling ajustó los puños de su chaqueta de lino blanco y apretó el portaplanos contra su costado. Sentía el corazón martilleando contra sus costillas, un ritmo frenético que intentaba ignorar mientras cruzaba el umbral de mármol negro del vestíbulo. Había pasado tres meses sin dormir, consumida por el diseño de "El Ala del Fénix", un complejo residencial que pretendía integrar la estética de las dinastías antiguas con la funcionalidad del futuro. Era el proyecto de su vida, su oportunidad de dejar de ser "la prometedora arquitecta" para convertirse en una realidad indiscutible en el panorama asiático.
—Buenos días. Tengo una cita con el señor Li Wei a las nueve en punto —dijo Mei Ling, tratando de que su voz no temblara frente a la recepcionista, una mujer cuya eficiencia parecía haber sido programada por una inteligencia artificial.
—Piso 88, señorita Mei. El señor Li no tolera los retrasos —respondió la mujer sin levantar la vista de su pantalla.
El ascensor subió con una velocidad que le hizo taponar los oídos. Mei Ling se miró en el espejo de la cabina. Sus ojos oscuros estaban cansados, pero brillaban con una determinación feroz. Sabía quién era Li Wei. Todo Beijing lo sabía. Lo llamaban "El Dragón de Hielo". Un hombre que había heredado un imperio y lo había expandido mediante una lógica despiadada y una falta absoluta de sentimentalismo. Se decía que podía ver un fallo estructural en un plano a tres metros de distancia y que nunca había dado una segunda oportunidad.
Cuando las puertas se abrieron en el piso 88, el silencio fue casi absoluto. La oficina de Li Wei no tenía paredes, solo ventanales que ofrecían una vista panorámica de la Ciudad Prohibida, allá abajo, pequeña y eterna. En el centro de ese espacio minimalista, detrás de un escritorio de obsidiana, estaba él.
Li Wei no levantó la cabeza. Estaba leyendo un informe, su perfil recortado contra el cielo de Beijing. Tenía una mandíbula afilada, hombros anchos bajo un traje hecho a medida que gritaba poder discreto, y una presencia que parecía succionar el oxígeno de la habitación.
—Llega treinta segundos tarde, señorita Mei —dijo él. Su voz era profunda, una barítono frío que recorrió la columna de Mei Ling como un escalofrío.
—El ascensor tiene una aceleración constante, pero el tiempo de apertura de puertas es variable, señor Li. Si busca precisión absoluta, debería revisar la programación de su edificio —respondió ella, sorprendiéndose a sí misma por su audacia.
Li Wei levantó la vista por primera vez. Sus ojos eran negros, penetrantes, carentes de cualquier rastro de calidez. La observó durante un segundo que pareció una eternidad, como si estuviera diseccionando su confianza para encontrar el punto de ruptura.
—Tome asiento. Tiene diez minutos para convencerme de que no estoy perdiendo mi tiempo con otra idealista que cree que la arquitectura es poesía y no matemáticas —dijo él, haciendo un gesto seco hacia la silla frente a él.
Mei Ling no se sentó de inmediato. Extendió sus planos sobre la mesa de obsidiana con manos temblorosas pero precisas. Comenzó a hablar de la integración del *feng shui*, de la resistencia de los materiales ante los vientos del norte, de la curvatura de los techos que recordaban a los aleros de los palacios imperiales. A medida que hablaba, su pasión empezó a desbordarse, llenando el aire gélido de la oficina.
—No es solo un edificio, señor Li. Es un legado. Beijing está perdiendo su alma entre bloques de hormigón. "El Ala del Fénix" es un puente entre lo que fuimos y lo que seremos...
—Basta —la cortó él.
Li Wei se levantó y caminó hacia los planos. Sus dedos largos y delgados rozaron el papel. Mei Ling contuvo el aliento, esperando ver una chispa de interés, un reconocimiento del genio que ella sabía que había depositado en esos trazos.
—Es un diseño hermoso —dijo él, y por un microsegundo, Mei Ling sintió una oleada de alivio. Pero entonces, Li Wei tomó el plano principal y lo dejó caer sobre el escritorio con un desdén que dolió más que un insulto—. Pero es inútil.
Mei Ling sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
—¿Inútil? He calculado cada carga, cada costo de material...
—Ha calculado la estética, pero ha ignorado el mercado —dijo Li Wei, acercándose a ella. Era mucho más alto de lo que parecía sentado, y su aroma a sándalo y metal la envolvió—. Este diseño requiere un mantenimiento de fachada que reduciría el margen de beneficio en un 15% anual. La curvatura de los techos desperdicia un espacio que podría traducirse en seis apartamentos de lujo adicionales por planta. Usted quiere construir un monumento a su ego, señorita Mei. Yo quiero construir rentabilidad.
—¡La arquitectura que solo busca rentabilidad es una cárcel para el espíritu! —exclamó ella, sus ojos centelleando de rabia—. Beijing no necesita más cajas de cristal. Necesita belleza.
Li Wei se inclinó hacia ella, apoyando las manos en el escritorio, atrapándola en su campo visual.
—La belleza no paga las deudas de los accionistas, ni mantiene a flote a diez mil empleados. Su proyecto es rechazado. Retírese. Mi secretaria le enviará la factura por el tiempo de la consulta.
—¿Rechazado? ¿Sin más? ¿Ni siquiera va a considerar los ajustes que puedo hacer? —Mei Ling sentía las lágrimas de frustración quemando sus párpados, pero se negó a dejarlas caer frente a ese hombre de piedra.
—No hago ajustes en fantasías —sentenció él, volviendo a sentarse y retomando su informe como si ella ya hubiera dejado de existir—. Buenos días, señorita Mei.
Mei Ling recogió sus planos con movimientos mecánicos. El silencio de la oficina ahora se sentía pesado, asfixiante. Caminó hacia el ascensor sintiendo el peso de su fracaso, pero también una semilla de odio que empezaba a germinar en su pecho. Mientras las puertas se cerraban, vio por última vez la figura solitaria de Li Wei, un hombre que gobernaba una ciudad desde las nubes, pero que parecía haber olvidado cómo se sentía caminar por la tierra.
Al salir del edificio, la lluvia empezó a caer sobre Beijing, una cortina gris que ocultaba el sol. Mei Ling apretó sus planos contra sí, protegiéndolos del agua, mientras juraba en voz baja que ese no sería el final. Li Wei era el rascacielos prohibido, pero ella era la tormenta que acababa de llegar a la ciudad.