A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.
NovelToon tiene autorización de Pablo Ezequiel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La visita inesperada
La noche había entrado en su fase más animada. El Confín estaba lleno de gente: risas, charlas, el sonido de las copas chocando, el ritmo suave de la música y el constante chasquido de las bolas de pool en la zona de juego. Alejandro estaba en su puesto habitual, detrás del mostrador, atendiendo a los clientes con su elegancia y encanto de siempre.
Pero aunque por fuera parecía el dueño tranquilo y controlador que todos conocían, por dentro su mente seguía dando vueltas una y otra vez a la imagen de Elena. No había forma de apartarla de sus pensamientos: su mirada oscura, su sonrisa, la sensación de su cuerpo pegado al suyo, todo lo que habían compartido se le venía a la cabeza con una claridad que le resultaba a la vez reconfortante y apasionante. Cada vez que cerraba los ojos, estaba de nuevo con ella, sintiendo su calor, escuchando su voz, viviendo otra vez ese momento que había cambiado algo fundamental en él.
Estaba distraído, sonriendo por inercia, respondiendo a los saludos sin prestar toda su atención como hacía normalmente, cuando la puerta se abrió y entró un grupo de personas que hicieron que el ambiente pareciera cambiar de golpe.
Alejandro levantó la vista automáticamente, y en cuanto vio quién iba a la cabeza, toda su atención se concentró al instante, borrando cualquier rastro de distracción.
Era Javier.
Entró con la misma presencia imponente y seria que había mostrado en su primera visita: vestido con un traje oscuro impecable, porte rígido, mirada fría y escudriñadora que recorría todo el local con la misma calma que alguien que examina un lugar desconocido buscando cada detalle. Iba acompañado de los mismos hombres serios que lo habían acompañado antes, y detrás de ellos, otras dos personas que no eran de por aquí, con caras serias y movimientos cuidadosos, como si estuvieran acostumbrados a estar siempre alerta.
El ambiente se enfrió un poco en el instante en que cruzaron la puerta. La gente dejó de hablar un momento, mirándolos con curiosidad y cierta inquietud, notando que aquellos hombres no eran clientes que habían venido a pasar un rato, sino alguien que venía con otro propósito.
Alejandro se enderezó, acomodó su postura, pasando una mano por su cabello oscuro para asegurarse de que todo estuviera en su lugar, y se mantuvo firme detrás del mostrador, sin mostrar ninguna emoción, ni sorpresa, ni miedo, ni nada que pudiera delatar lo que realmente pensaba o sentía. Solo mantuvo esa calma absoluta que lo caracterizaba, esa seguridad que lo hacía parecer impenetrable.
Javier avanzó hacia él con paso lento y seguro, ignorando a todo el resto de las personas, como si en el local solo existieran él y Alejandro. Se detuvo frente al mostrador, a pocos pasos de distancia, y lo miró fijamente a los ojos, sin parpadear, buscando alguna señal, alguna reacción que le revelara algo.
—Buenas noches, Alejandro —dijo Javier con su voz grave y cortés, pero sin ninguna calidez en sus palabras—. Veo que este lugar sigue tan lleno, tan animado... tan igual que siempre. Me alegra ver que ha sabido mantener el orden y la buena imagen.
Alejandro lo miró de vuelta, con la misma serenidad, sosteniendo su mirada con fuerza, sin bajar los ojos ni un solo instante.
—Buenas noches, Javier —respondió él con su tono grave y amable, sin darle importancia a sus palabras, hablando con total naturalidad—. Este es mi lugar, y procuro que todo esté bien para todos los que vienen a pasar un rato. ¿Les sirvo algo? ¿Qué les trae por aquí esta noche?
Javier esbozó una pequeña sonrisa que no llegó a sus ojos, y miró a su alrededor, como si estuviera examinando cada rincón, cada mesa, cada persona que había en el local. Luego volvió a fijar su vista en la de Alejandro.
—Venimos simplemente a ver cómo van las cosas —dijo él, con voz pausada y clara—. Dicen que aquí se sabe mucho de todo lo que pasa en el barrio. Que es un lugar donde se escuchan muchas cosas, donde se entera de lo que nadie más se atreve a decir. Y como usted es el dueño, se supone que sabe mucho más que los demás.
Alejandro se encogió ligeramente de hombros, con esa media sonrisa suya que ocultaba todo lo que quería.
—Solo escucho lo que me cuentan, como todo el mundo. Y como todo el mundo, me guardo lo que me parece bien guardar —respondió con calma—. No sé más que nadie, solo sé lo que me cuentan. Si alguien tiene algo que decir, ya saben que aquí son bienvenidos a hablar.
Javier asintió despacio, como si estuviera pensando en sus palabras, analizándolas una por una. Sus ojos recorrieron de nuevo a Alejandro, fijándose en cada detalle: su postura, su mirada, la forma en que hablaba, la seguridad que transmitía. Había algo en él que le resultaba extraño, algo que no encajaba con la imagen de un simple dueño de bar joven y exitoso. Había una fuerza, una disciplina, una capacidad de control que no se aprendía simplemente trabajando en un local. Pero por más que lo observaba, no encontraba nada concreto, nada que pudiera confirmar sus sospechas. Alejandro era amable, educado, tranquilo... y totalmente impenetrable.
—Es bueno saber que sabe guardar secretos —dijo Javier finalmente, bajando un poco la voz, acercándose un poco más al mostrador, como si quisiera compartir algo que solo fuera para los dos—. Porque en este mundo, Alejandro... saber guardar lo que uno sabe es una cualidad muy valiosa. Y a veces... hay cosas que es mejor que no salgan a la luz. Cosas que pueden traer problemas, para quien las sabe y para quien las oculta.
Hizo una pausa, y su mirada se volvió más intensa, más directa.
—Usted es un hombre que ha construido algo desde cero. Algo que es suyo, que le cuesta trabajo y que valora mucho. Y como todo lo que vale, hay personas que querrían tenerlo, o que querrían destruirlo. O que simplemente... querrían saber qué es lo que hay detrás de todo lo que hace.
Alejandro lo escuchó con atención, sin interrumpirlo, sin mostrar ninguna reacción. Solo lo miraba, con esa calma que parecía infinita, dejando que él hablara, dejando que dijera lo que tenía que decir, sin revelar nada de lo que él pensaba o sentía.
—Yo solo quiero que todo siga bien —respondió él finalmente, con total sencillez—. Quiero que mi bar siga siendo un lugar tranquilo, un lugar donde la gente venga a descansar, a divertirse, a pasar buenos momentos. No me interesa meterme en problemas, ni saber cosas que no me corresponden, ni hablar de cosas que no son asunto mío. Lo único que me importa es que todo siga igual de bien.
Javier lo miró un momento más, como si estuviera intentando ver a través de su fachada, como si quisiera encontrar alguna grieta por donde pasar. Pero no había nada. Alejandro era una pared lisa, firme, cerrada. No había miedo, ni sorpresa, ni ambición, ni nada que pudiera darle una pista de quién era realmente.
—Espero que así sea —dijo Javier, dando un paso atrás, volviendo a ser el hombre serio y controlador de siempre—. Porque si alguna vez necesita ayuda, o si alguna vez necesita que se hagan las cosas bien... ya sabe dónde encontrarme. Y recuerde: lo que se dice aquí, se queda aquí. Lo que se hace, se hace. Y nadie debe saber nada que no deba saber.
Se giró hacia sus acompañantes y se dispuso a marcharse. Antes de salir, se giró una última vez hacia Alejandro, y lo miró fijamente, con una mirada cargada de significado, como si le estuviera enviando un mensaje que solo los dos entendían.
—Hasta pronto, Alejandro. Espero que siga cuidando muy bien de su casa.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió del local, seguido de sus hombres. La puerta se cerró detrás de ellos, y el ambiente volvió a la normalidad, como si nada hubiera pasado. La gente volvió a reír, a hablar, a disfrutar de la noche, como si aquel encuentro inesperado no hubiera dejado ninguna huella.
Pero Alejandro sabía que no había sido así. Sabía que lo que había pasado era solo el comienzo. Sabía que Javier no había venido simplemente a saludar, ni a mirar cómo iban las cosas. Había venido a medirlo, a probarlo, a ver si encontraba algo que le sirviera. Y aunque no había logrado nada, Alejandro sabía que no había terminado. Que aquel hombre volvería, y que la próxima vez sería diferente.
Se quedó parado detrás del mostrador, mirando hacia la puerta cerrada, con la expresión tranquila de siempre, pero por dentro su mente trabajaba a toda velocidad. Analizó cada palabra, cada gesto, cada mirada. Sabía que estaba en medio de algo que no había buscado, algo que había aparecido en su vida sin que él lo hubiera pedido. Pero no le importaba. Él había aprendido a enfrentarse a todo, y sabía que podía cuidar lo que era suyo, lo que amaba, y lo que ahora, gracias a Elena, había empezado a sentir que valía la pena defender.
Volvió a sonreír, esa sonrisa segura y tranquila, y se volvió hacia los clientes, volviendo a su trabajo, volviendo a ser el dueño amable y competente que todos conocían. Pero en el fondo, sabía que las cosas ya no serían nunca más iguales. Y estaba preparado para lo que viniera.