Un temible asesino a sueldo reencarna por karma en el cuerpo de una noble atrapada en una novela trágica. Su destino: casarse con el volátil Emperador de Fuego para calmar su ira, ser abandonada por la protagonista real y morir de depresión.
Dispuesto a cambiar su destino (y a costa de su hombría), decide jugar el juego: curará la inestabilidad del Emperador, pero planea exigir un divorcio millonario para recorrer este nuevo mundo mágico a su antojo. Lo que no esperaba es que al Emperador de Fuego le fascinara tanto su fría y letal esposa. Entre conspiraciones, magia y un romance que no quiere aceptar, el antiguo asesino tendrá que luchar para demostrar que ella (el)... definitivamente no es la heroína de esta historia.
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Capitulo 20: La rendición de voluntad
El aire en la alcoba imperial esta cargado, denso con el aroma de la cera de abejas y una mezcla embriagadora de especias exóticas. Mirelle no presta atención a la magnificencia de las cortinas de terciopelo ni al oro que decora las columnas de su nueva prisión dorada; sus sentidos estan completamente secuestrados por el banquete que descansa ante ella.
Codornices rellenas de foie gras, pistachos e higos caramelizados reposan en una fuente de plata, exhalando un aroma profundo a cardamomo y canela que promete una explosión de sabores. A su lado, el Risotto de Azafrán Real brilla como una pequeña fortuna comestible bajo la luz de las velas, con granos de arroz bañados en mantequilla clarificada y coronados con virutas de un queso añejo que se funde al contacto con el calor. Raíces glaseadas y una selección de verduras silvestres (zanahorias baby, chirivías y alcachofas) aportan un toque terrenal, lacadas con una reducción de balsámico que brilla con el filo de un diamante. Incluso la fruta, esculpida con una precisión que desafia la lógica, parece una obra de arte dispuesta a ser devorada, decorada con finas láminas de oro puro que se adhieren a la pulpa del lichi y la pitahaya.
Mirelle come con un hambre atávica, una voracidad que ignora cualquier protocolo de etiqueta palaciega. No le importa si una gota de salsa roza su barbilla o si sus dedos se ensucian con el glaseado de la miel silvestre. Su alma, que recuerda ser un hombre llamado Vance en una vida pasada, encuentra en esta comida un ancla a la realidad, una forma de ignorar la locura de su actual existencia como emperatriz.
__¿Te debo algo, o tengo algo en la cara?___. Preguntó Mirelle, deteniéndose a medio bocado. Levantó la mirada, encontrándose con los ojos de Kaelen fijos en ella. El emperador la observa con una intensidad que casi logra perforar la piel, un escrutinio tan constante que ella siente que podría hacerle un agujero en el rostro.
Kaelen no desvió la vista. Se limitó a esbozar una media sonrisa, un gesto letal, lento y cargado de una confianza aterradora. Es esa sonrisa, la misma que, según dicen los rumores, puede hacer arder un imperio entero, la que ahora logra que el cerebro de Mirelle se vuelva papilla. Él no necesita palabras para desarmarla; su sola presencia en la habitación es una sentencia.
__No me debes nada, mi emperatriz__. Respondió Kaelen con una voz grave que vibró en el pecho de Mirelle.
__Pero si estás tan decidida a pagarme, no me quejaré si decides saldar tu deuda con tu cuerpo. Tus gemidos... son el sonido más hermoso que he oído en mi vida__.
La franqueza del emperador fue como un golpe seco en el estómago. Mirelle sintió el calor ascender por su cuello hasta teñir sus mejillas de un carmesí furioso. El deseo de que la tierra se abriera y la tragara fue fugaz, reemplazado rápidamente por un impulso defensivo. Sin pensarlo, tomó un pequeño hueso de la codorniz que acaba de terminar y lo lanzó hacia él. Fue un gesto infantil, absurdo, pero es todo lo que su mente, aturdida por la vergüenza, pudo articular.
__¡Eres un desvergonzado!__. Exclamó ella, ocultando su confusión bajo una máscara de falsa indignación.
__¿Es que acaso no tienes deberes imperiales que atender? ¿Un imperio que gobernar, tal vez?__.
Kaelen atrapó el hueso en el aire con una destreza depredadora y lo dejó sobre la mesa sin quitarle los ojos de encima. Se puso en pie, su figura proyectando una sombra imponente que parece devorar el espacio restante de la habitación.
__Nuestro matrimonio fue ayer, Mirelle__. Replicó él, acercándose a ella con pasos felinos.
__Mi único deber, mi única prioridad y mi único plan para esta semana es no salir de esta habitación. Eres exquisita. Y, como ya te habrás dado cuenta, nunca tendré suficiente de ti__.
Mirelle se estremeció. El recuerdo de la noche anterior, una borrosa sucesión de dolor, intensidad y una resistencia física que parece ir más allá de los límites humanos, regresó a ella. Agradeció, con una punzada de alivio, que su afinidad con el agua fuese curativa; si no fuera por sus habilidades de regeneración, duda mucho que hubiera podido levantarse, y mucho menos estar sentada ahora mismo frente a un festín. Su cuerpo se siente nuevo, vigorizado, pero también peligrosamente receptivo.
Tratando de poner distancia, Mirelle se levantó, intentando buscar una salida elegante de la conversación. Después de que Kaelen se encargara de retirar las bandejas con un movimiento de su mano, ella buscó frenéticamente entre sus pertenencias. Solo tiene una bata de seda que apenas cubre la mitad de sus muslos. Es una prenda indigna, un recordatorio de su vulnerabilidad, pero más importante aún, es una provocación andante. No planea pasearse así frente a Kaelen. Él es un goloso, un depredador que no se detendrá ante nada, y ella, aunque atrapada en un cuerpo femenino que reacciona ante él con una traicionera inmediatez, intenta preservar al menos una brizna de su antigua cordura.
__Kaelen, no tengo ropa aquí. Debo ir a mis habitaciones__. Dijo, intentando que su voz suene sosegada, profesional, casi diplomática.
Pero Kaelen no es un hombre de diplomacia. Antes de que ella pudiera dar un paso hacia la puerta, él ya había cerrado la distancia. Sus manos, grandes y fuertes, la guiaron (o más bien, la acorralaron) hacia el borde de la cama. Mirelle sintió el suave, pero firme, colchón contra sus piernas antes de perder el equilibrio y caer hacia atrás. Sus manos buscaron instintivamente empujarlo, crear espacio, pero su fuerza de voluntad, ya de por sí tambaleante, se desmoronó por completo al sentir la proximidad del emperador. Sus ojos, profundos como el abismo, la obligan a rendirse.
__A mí no me molestaría que en nuestra alcoba estés siempre desnuda__. Murmuró Kaelen, su voz bajando a un susurro erótico mientras, con una lentitud deliberada, comenzó a desatar los nudos de la bata de Mirelle.
__Tienes un cuerpo hermoso, mi emperatriz. Tus senos son dos montañas que estoy deseando saborear; tu cintura, tan pequeña y delicada, es perfecta para sostenerla mientras te poseo, mientras hago que esos pechos reboten con la fuerza de nuestras embestidas. Tu interior... es cálido, apretado, el lugar perfecto para ser corrompido por mí__.
Cada palabra es un ladrillo que destruye el muro que Mirelle ha intentado levantar. A medida que él despoja la seda de su cuerpo, recorriendo su piel con una fascinación casi obsesiva, ella sintió que su última reserva de cordura se va por el retrete. Es una lucha inútil; su alma de hombre, la esencia de Vance, observa con una mezcla de horror y fascinación cómo su cuerpo traiciona su mente, respondiendo con un deseo ardiente a las caricias de Kaelen.
Minutos después, la distinción entre emperador y emperatriz ha desaparecido, dejando solo a dos seres en un estado de éxtasis salvaje. Mirelle se encuentra ahora encima de él, el centro de su universo. La boca de Kaelen trabaja con una devoción devoradora en sus senos, alternando entre ellos, mientras sus manos marcan el ritmo en su cadera y su trasero. La intimidad de Mirelle palpita con una exigencia dolorosa, una necesidad insaciable de ser llenada, de ser destrozada y reconstruida por las embestidas de Kaelen.
__Mi emperatriz... dominame. Hazme tuyo__. Gruñó Kaelen. Su voz, ronca, jadeante y cargada de una vulnerabilidad que solo muestra ante ella, fue la estocada final.
Mirelle no pudo más. Con un gemido que brotó desde lo más profundo de sus pulmones, se alineó sobre él. Se dejó caer, sintiendo cómo es empalada hasta el fondo en una unión que se siente como un retorno al hogar y, al mismo tiempo, una caída libre hacia un pozo sin fondo. Sus caderas, poseídas por un ritmo que su conciencia apenas comprende, comenzaron a moverse. Primero fueron círculos lentos, un tormento exquisito para ambos, buscando ese ángulo, esa fricción que la llevara al borde de la locura.
Luego, el control se rompió. Mirelle comenzó a moverse con una fuerza desenfrenada, subiendo y bajando, una y otra vez, empalándose sobre él con una urgencia que no admite pausas. Sus senos rebotan con el movimiento frenético, el sudor brilla en su piel bajo la tenue luz de la alcoba. La sincronía fue total, un choque de voluntades y carne que culminó en un clímax devastador, un colapso compartido que los dejó a ambos sin aliento, entrelazados, incapaces de distinguir dónde termina uno y comienza el otro.
Mientras el ritmo de su respiración comienza a calmarse, la voz de Vance, esa parte de su conciencia que aún se aferra a su antigua identidad, resonó en su mente con una amargura cansada:
"Ah, qué débil eres, Vance. Volviste a caer. Y lo peor es que ahora ni siquiera puedes negarlo. Eres un masoquista, y lo más triste de todo es que, después de esto, vas a tener que volver a beber ese té asqueroso para recuperarte. ¿Qué diría tu antiguo yo si te viera ahora?".
Mirelle cerró los ojos, dejando que la sombra del Emperador la envolviera, sabiendo que, sin importar cuán absurdo fuera, mañana volverá a empezar el ciclo.