Daiana llega a la pequeña ciudad de los mitos con un solo objetivo: terminar su carrera. Cuando encuentra la casa de sus sueños (espaciosa, lujosa y extrañamente barata), no duda en firmar el contrato. Poco le importa que los vecinos hablen de una presencia, de una entidad que nunca abandonó el lugar; ella es una mujer de ciencia, racional y escéptica, incapaz de creer en cuentos de fantasmas.
Al principio, los pequeños sucesos (objetos que cambian de lugar, corrientes frías en habitaciones cerradas) son fáciles de ignorar. Daiana los etiqueta como producto del estrés o del cansancio acumulado por los estudios. Pero la negación se vuelve imposible cuando llegan las noches.
Sus sueños han dejado de ser simples proyecciones de su mente para convertirse en una realidad abrasadora. En la penumbra de su habitación, siente caricias que no debería sentir y una presencia que la obliga a gemir en la oscuridad. Despierta siempre igual: jadeando, con la intimidad palpitando de deseo.
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Capitulo 21: Despertar en la guarida de la bestia
El mundo de Ana no regresó con luz, sino con una oscuridad tan densa que se siente como una sustancia sólida presionando contra sus párpados. Lo primero que notó fue el frío, un frío antinatural que se filtra a través de sus huesos, y el olor: tierra húmeda, almizcle salvaje, café y algo más, algo metálico que le recuerda a la sangre antigua.
"No estoy muerta". Esté pensamiento fue el primero en cruzar su mente aturdida, seguido inmediatamente por una oleada de terror paralizante al recordar los rostros de los secuestradores, los cánticos en aquel idioma gutural y la daga de obsidiana que brillaba con una luz negra antes de perder el conocimiento.
Ana abrió los ojos. Esta sobre un lecho de pieles y rocas en una cueva cuyas paredes rezuman humedad. Pero no esta sola. En la penumbra, a pocos metros de ella, dos puntos de luz ámbar, del tamaño de platos, arden con una intensidad depredadora. La criatura que la había "rescatado" esta allí, acechándola.
El lobo es masivo, una montaña de pelaje negro como el carbón que parece absorber la poca luz de la antorcha que arde en una esquina de la cueva. Su presencia irradia una autoridad tan absoluta que el aire mismo parece doblarse a su voluntad. Ana intentó retroceder, arrastrándose hacia atrás hasta que su espalda chocó con la pared de piedra, pero sus piernas no responden, atrapadas por un shock que la tiene secuestrada.
__No intentes huir, pequeña flor. Tus pies no conocen el camino, y tus pulmones se colapsarían antes de llegar a la salida__.
La voz no vino de fuera. No hubo sonido de cuerdas vocales, ni vibración en el aire. La frase resonó directamente dentro de su cráneo, una voz profunda, ronca y cargada de una vibración primitiva que le erizó la piel. Ana gritó, un sonido ahogado que murió en su garganta mientras se tapa los oídos con desesperación.
__Es inútil que te tapes los oídos__. La voz volvió a hablar, ahora con un matiz de diversión cruel.
__Hablas conmigo a través de la mente. Somos uno solo desde el momento en que mi aliento rozó tu cuello__.
__¿Qué eres?__. Susurró Ana, con los labios temblando.
__¿Qué me has hecho?__.
La criatura dio un paso al frente. El movimiento fue fluido, elegante, impropio de algo de ese tamaño. El lobo, una bestia que claramente supera los dos metros de altura erguida sobre sus patas traseras, la observa como un coleccionista observa una joya que ha tardado siglos en encontrar.
__He esperado esto durante más tiempo del que tu corta vida humana podría abarcar (la voz en su cabeza se volvió un susurro invasivo, arrastrándose por sus pensamientos como dedos fríos).
__Has sido el hambre en mi vientre y el vacío en mi pecho. Cada luna llena, cada siglo de encierro, ha sido un ensayo para este momento. Cuando sentí tu olor ... cuando supe que esos fanáticos estaban a punto de derramar tu sangre para intentar atar lo desconocido... la rabia casi destruyó mi cordura__.
La mente de Ana se tambalea. Intenta encontrar una explicación lógica, un escape científico, algo que le permita entender esto, pero no lo hay. Solo existe el miedo y la sensación abrumadora de ser "propiedad" de algo que no entiende la civilización.
__Minutos antes de que la daga descendiera sobre tu garganta, mi olfato te encontró (el lobo ladeó la cabeza, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor abrasador que emana de su cuerpo animal). Son sacrificios inútiles, necios. Quiere usar tu linaje, tu conexión con tu hermana, para encadenar al "Error". No saben que, al intentar matarlo, lo estan obligando a despertar su verdadero potencial. Tú eres mi luna, Ana. Eres la pieza que falta en mi alma, la llave que me libera de la maldición de la bestia__.
__No soy tu luna__. Logró articular ella, sintiendo cómo las lágrimas caen por sus mejillas.
__No soy de nadie. Solo... solo quiero irme a casa__. La criatura gruñó, un sonido que hizo vibrar el suelo. Sus ojos ámbar, que ya son aterradores, se encendieron con una furia posesiva.
__No hay casa más allá de donde yo estoy. No hay otro destino. Eres humana, sí, frágil y efímera, pero eres MÍA. El lazo ya está hecho. Puedes sentirlo, ¿verdad? El tirón en tu pecho cuando te alejas, el dolor cuando temes... Eres mi tesoro, mi pequeña presa... y no permitiré que nada, ni siquiera la muerte, te arrebate de mi lado__.
Ana sintió que se desmaya. La intensidad de esa conexión, la forma en que él la mira (no como un monstruo que busca alimento, sino como un depredador que juega con su juguete antes de reclamarlo para siempre) es demasiado. El lobo comenzó a cambiar.
Fue un proceso grotesco y fascinante a la vez. El sonido de los huesos crujiendo y recolocándose llenó la cueva. El pelaje negro comenzó a retraerse hacia su piel, la estructura masiva de la bestia se encogió y se refinó, transformándose ante los ojos desorbitados de Ana. Las garras se acortaron hasta convertirse en dedos humanos, el hocico se aplanó y el cuerpo animal se desvaneció, dejando en su lugar la figura de un hombre.
Pero no es un hombre común. Era una figura de proporciones perfectas, de hombros anchos y piel bronceada por lo que parece siglos de sol y tormenta. Sus ojos ámbar, sin embargo, conservan la misma ferocidad animal que el lobo.
Y estaba completamente desnudo.
La mente de Ana, que ya estaba al límite de su resistencia, colapsó ante la visión. La realidad de estar frente a un hombre que hace segundos era un monstruo, el miedo visceral de su desnudez, y la comprensión absoluta de que esta atrapada en un juego sobrenatural que escapa a su entendimiento, fue el golpe final.
Antes de que él pudiera dar un paso más, antes de que pudiera tocarla con sus manos humanas para marcarla, el mundo de Ana se volvió blanco. Sus sentidos se apagaron, su cuerpo se volvió pesado y se desplomó contra el frío lecho de piedra, perdiendo el conocimiento justo cuando los dedos del alfa se cerraron suavemente sobre su brazo, reclamando lo que, según él, le pertenece desde el principio de los tiempos.
El hombre, ahora en forma humana, la observó con una mezcla de triunfo y deseo. La levantó con una facilidad pasmosa, como si fuera una pluma, y la acurrucó contra su pecho, inhalando su aroma con una desesperación devoradora.
__Por fin__. Susurró él con una voz ronca, humana, que resonó en las paredes de la cueva.
_"Por fin estás aquí, pequeña luna. Y esta vez, no dejaré que el mundo te vuelva a tocar__.