Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.
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Capítulo 1: La Gala de las Sombras
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Niclaus ha decidido que el susurro en la sombra ya no es suficiente; ahora quiere ver el blanco de tus ojos cuando el pánico se convierta en reconocimiento. La escena se traslada a una de esas galas benéficas que tanto te gustan, donde el champán fluye y el pecado se esconde tras máscaras de filantropía.
El salón de mármol de la Fundación Valmont resplandecía bajo la luz de mil cristales, pero para ti, Elena, el brillo siempre ha sido una forma de ceguera. Caminabas entre la élite de la ciudad con ese vestido de seda color esmeralda que resaltaba la palidez de tu piel, esa piel que juraste que nunca volvería a sentir el hollín. Tu esposo, Julián, te sostenía del brazo con la posesión de quien exhibe un trofeo, presentándote como la joya de su corona.
—Estás radiante, querida —te susurró al oído. Pero tú no podías sonreír del todo. Había algo en la presión atmosférica del salón que te oprimía el pecho. Una estática en el aire que hacía que los vellos de tu nuca se erizaran.
Buscaste con la mirada un punto de fuga, y lo encontraste cerca de las grandes puertas que daban al balcón. Allí, apoyado contra una columna tallada, había un hombre que no encajaba en el cuadro. No llevaba el esmoquin de rigor, sino un traje oscuro, de un corte impecable pero austero, casi militar. Su presencia era un agujero negro en medio de tanta luz.
Sentiste un pinchazo de hielo en el estómago. No podías ver su rostro con claridad desde esa distancia, pero su postura... esa forma de inclinar la cabeza, como un depredador que cronometra los latidos de su presa, te resultó asfixiante de una manera familiar.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Julián, notando cómo tu mano se cerraba con fuerza sobre su antebrazo.
—Sí... solo... necesito un poco de aire. Demasiada gente —mentiste. Tus mentiras siempre han sido fluidas, como el agua que corre para ocultar lo que hay en el fondo.
Te soltaste de él y caminaste hacia la terraza, tratando de no correr. Al pasar cerca de la columna, el hombre no se movió. Ni siquiera te miró. Pero al rozar su espacio, un olor te golpeó con la fuerza de un mazo: cedro quemado y alcanfor. El mismo olor de los baúles del viejo sótano. El mismo olor que impregnaba mi ropa cuando compartíamos el escondite bajo las escaleras.
Tus piernas flaquearon, pero lograste salir al balcón. El aire frío de la noche te golpeó la cara, devolviéndote un poco de cordura. "Es solo paranoia", te dijiste, apretando el collar de diamantes contra tu garganta. "Niclaus murió. La policía encontró restos. El informe era definitivo".
—El informe decía lo que ellos querían leer, Elena. Pero el fuego no siempre consume lo que toca. A veces, solo lo templa.
La voz no vino de tu mente. Vino de la sombra, a menos de dos metros de ti.
Te giraste con un ahogo, la espalda chocando contra la barandilla de piedra. Él estaba allí. El hombre del traje oscuro había salido detrás de ti con una velocidad sobrenatural. La luz de la luna caía sobre su rostro, revelando una belleza cruel, tallada por el dolor. No había cicatrices evidentes a primera vista, pero sus ojos... esos ojos que recordabas claros y llenos de esperanza, ahora eran dos pozos de alquitrán, fijos en ti con una intensidad que te desnudaba el alma.
—¿Quién es usted? —lograste articular, aunque tu voz era un hilo de seda a punto de romperse.
Él dio un paso hacia adelante, entrando en el círculo de luz. Sus dedos, largos y finos, se movieron hacia su bolsillo y sacaron algo pequeño. Lo dejó sobre la barandilla, justo al lado de tu mano temblorosa.
Era un soldadito de plomo. Estaba deformado por el calor, fundido en una mueca de agonía, pero todavía se distinguía el uniforme que tú misma habías pintado con acuarelas robadas.
—Tan pronto me olvidaste —dijo él, y su voz era una caricia de papel de lija—. Pero no te culpo. Es más fácil vivir en un palacio de cristal que recordar el sótano donde dejaste a tu hermano de sangre para que se hiciera ceniza.
—Niclaus... —el nombre salió de tus labios como una confesión pecaminosa.
—No —interrumpió él, y por primera vez viste un destello de furia genuina en su mirada—. Niclaus era el niño que creía en tus promesas. Niclaus era el que te dio el último trago de agua antes de que el techo cayera. Ese niño sí murió. Yo soy lo que quedó después de que el fuego terminara su trabajo.
Se acercó tanto que pudiste sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un calor antinatural, como si tuviera un incendio eterno ardiendo bajo la piel. Te tomó de la barbilla con una brusquedad que te obligó a mirarlo. Sus ojos bajaron a tu collar de diamantes y soltó una risa seca, desprovista de humor.
—Bonitas piedras, Elena. ¿Crees que brillan lo suficiente como para ocultar la mancha de traición en tu cuello? He pasado siete mil trescientos días imaginando este momento. Siete mil noches planeando cómo recordarte que tú no escapaste. Solo pediste un tiempo prestado.
—Yo... yo traté de volver —mentiste, y las lágrimas empezaron a nublar tu visión—. Las llamas eran... no podía ver nada...
—Mientes tan bien que casi te envidio —susurró él, inclinándose hasta que sus labios rozaron tu oreja—. Pero yo estuve allí. Vi tus ojos antes de que te dieras la vuelta. No viste llamas, Elena. Viste una oportunidad. Viste el peso muerto que yo representaba y decidiste soltar lastre.
Te soltó de repente, como si tu contacto lo quemara. Retrocedió un paso, fundiéndose de nuevo con la oscuridad del balcón.
—¿Qué quieres? —sollozaste, sintiendo que el mundo perfecto que habías construido se agrietaba bajo tus pies—. ¿Dinero? ¿Venganza?
—El dinero es papel mojado para alguien que ha vivido en el infierno —respondió su voz desde las sombras—. Y la venganza es un concepto demasiado simple para lo que te tengo preparado. No quiero que mueras, Elena. Quiero que vivas lo suficiente para ver cómo cada cosa que amas se convierte en humo. Quiero que sientas la obsesión de saber que estoy en cada habitación, en cada suspiro, en cada sombra de tu cama.
En ese momento, la puerta del balcón se abrió y Julián apareció, con una expresión de preocupación.
—¿Elena? ¿Con quién hablas?
Te giraste aterrorizada hacia donde estaba él, pero el rincón estaba vacío. No había nadie. Solo el aire frío y el eco de una risa que nadie más podía oír. Miraste la barandilla. El soldadito de plomo deformado también había desaparecido.
—Con nadie, Julián —dijiste, tu voz sonando como si viniera de otro planeta—. Solo... recordaba algo de mi infancia.
Él te puso una chaqueta sobre los hombros, protector y ajeno al abismo que acababa de abrirse a tus pies. Mientras te llevaba de vuelta al salón, sentiste una mirada clavada en tu espalda, una presencia que te decía que, a partir de esta noche, nunca volverías a estar sola.
Niclaus había vuelto. Y el escape, esta vez, era imposible.