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Sol De La Bahía

Sol De La Bahía

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️

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Mi última primera vez

La luz de la mañana se filtró suavemente por las rendijas de las cortinas, pintando líneas doradas sobre las sábanas blancas. Ezra abrió los ojos despacio, sintiendo un calor reconfortante en el pecho que no provenía de la fiebre. Miles ya no estaba a su lado en la cama, pero el murmullo de los platos abajo y el aroma a café recién hecho delataban su presencia.

Cuando Ezra logró bajar las escaleras, apoyándose con cuidado en el pasamanos de madera, se detuvo en el umbral del comedor. Miles estaba de espaldas, acomodando con precisión matemática unos panqueques caseros, fruta picada y dos tazas humeantes sobre la mesa junto a la ventana. El rígido contador de la ciudad se había puesto un delantal viejo del hostal y tarareaba una melodía suave.

Ezra sintió que el corazón se le llenaba de una felicidad tan intensa que casi le dolió. Por primera vez en meses, no se despertó pensando en el frío veredicto de los médicos de Canadá; se sintió en el cielo por el simple hecho de tener a un novio tan dedicado y protector cuidando de él.

—Vaya, parece que el hostal Morrow ha contratado a un chef de lujo —dijo Ezra, apoyándose en el marco de la puerta con su habitual sonrisa perezosa, aunque sus ojos brillaban con una ternura profunda.

Miles se giró, y una sonrisa cálida y genuina iluminó su rostro. Se acercó a Ezra y le dio un beso corto y dulce en los labios, un gesto natural que consolidaba el lazo de la noche anterior.

—Siéntate —ordenó Miles con suavidad, ayudándolo a acomodarse en la silla—. Hoy te toca dejarte consentir. Voy a salir un momento al mercado a comprar unas cosas que faltan para el almuerzo, pero quiero que te lo termines todo.

Miles tomó las llaves del hostal y caminó a paso rápido bajo el cielo que comenzaba a nublarse otra vez. Al llegar a la plaza del pueblo, se dirigió primero a la botica. Tomás, el viejo farmacéutico, ya lo esperaba detrás del mostrador de madera oscura. Sin decir una sola palabra, el anciano sacó de debajo del mueble una bolsa de papel con varios frascos de pastillas amarillas, las mismas que Ezra usaba para adormecer el dolor.

El farmacéutico no dio detalles médicos, respetando el silencio de su paciente, pero miró a Miles a los ojos con una mezcla de respeto y profunda compasión. Extendió su mano arrugada y le dio una suave palmada en el hombro.

—Cuida bien de él, muchacho —dijo Tomás con voz ronca—. Bahía Centinela nunca ha tenido a nadie tan bueno como Ezra. Me alegra que no esté solo en este tramo.

Miles asintió en silencio, con un nudo en la garganta. Guardó los medicamentos en el fondo de la bolsa de lona, justo al lado de las verduras, y pasó por una pequeña tienda cercana para comprar discretamente preservativos y lubricante. El peso de lo que vendría en la tarde le aceleraba los latidos del corazón, pero no de miedo, sino de una hermosa y urgente anticipación.

El almuerzo pasó entre risas bajas y miradas cómplices. A las dos de la tarde, la lluvia comenzó a caer de manera melancólica, un repiqueteo constante y pesado que golpeaba los cristales de las ventanas y aislaba por completo al viejo hostal del resto del mundo. El ambiente se volvió gris, íntimo y perfecto para que el romance diera riendas sueltas.

Subieron a la habitación matrimonial tomados de la mano. El traqueteo del aire acondicionado viejo parecía marcar el ritmo de sus respiraciones. Miles dejó la bolsa de lona sobre la mesa de noche y, con movimientos lentos, extrajo los preservativos y el lubricante, colocándolos al lado del frasco de pastillas. No había vergüenza entre ellos, solo una cruda y hermosa honestidad.

Ezra se sentó en el borde del colchón, mirando los objetos y luego a Miles. Por un segundo, el dueño del hostal perdió su aire de superioridad y una timidez adorable tiñó sus mejillas de rojo. Se frotó la nuca con un gesto torpe.

—Amor... tengo que decirte algo —susurró Ezra, bajando la vista—. Es... es mi primera vez con un chico. Nunca antes me había importado nadie lo suficiente como para llegar a esto.

Miles se arrodilló sobre la alfombra, justo entre las piernas de Ezra. Le tomó las manos con delicadeza, obligándolo a mirarlo.

—Para mí también es la primera vez con un hombre —respondió Miles con una suavidad que desarmó al hotelero—. Así que vamos a descubrirlo juntos. No hay prisa. Solo importamos tú y yo.

Miles se inclinó hacia adelante y comenzó con un beso que supo a entrega absoluta. Sus labios se encontraron con lentitud, saboreándose, mientras las manos de Miles subían por los costados del cuerpo de Ezra, desabotonando la camisa de lino centímetro a centímetro. La piel de Ezra seguía estando cálida, febril, pero bajo las caricias de Miles, ese calor se transformó en un fuego puramente pasional.

Por largos minutos, Miles llenó el cuerpo de Ezra de caricias pausadas, recorriendo con sus dedos la línea de sus costillas, bajando por su abdomen y besando cada rincón de su piel tostada como si quisiera tatuar su recuerdo en sus propios labios. Ezra emitía pequeños jadeos sordos, enredando sus dedos en el cabello castaño de Miles, entregándose por completo al flujo de las sensaciones. El dolor de su enfermedad parecía haberse congelado, disuelto por la oleada de amor y deseo que lo inundaba.

Con infinito cuidado para no lastimarlo ni agotarlo, Miles ayudó a Ezra a recostarse sobre las sábanas blancas. Tomó el lubricante y se preparó para la dilatación. La sensación de Miles al sentir cómo las manos de Ezra, temblorosas pero decididas, tocaban su miembro fue una corriente de electricidad pura. Ezra lo tocaba con una devoción casi sagrada, buscando su comodidad, asegurándose con la mirada de que Miles lo disfrutara. Cuando sus miradas se cruzaban en la penumbra, el lazo emocional era tan fuerte que les partía el alma de felicidad.

—Mi amor... —susurró Ezra con la voz quebrada por el deseo, mientras sus cuerpos se alineaban perfectamente sobre el colchón—. Quiero que mi última primera vez sea lo único que recuerdes cuando el verano se acabe.

—Cállate y bésame —respondió Miles, con los ojos húmedos de amor.

El momento del contacto inicial fue una explosión de sensaciones descritas en el silencio de la habitación. Miles se introdujo despacio, conteniendo el aliento, permitiendo que ambos se adaptaran a la intensidad de estar unidos de la forma más íntima posible. Ezra arqueó la espalda con un gemido ahogado, un sonido lleno de placer y de una vulnerabilidad tan cruda que hizo que Miles llorara de pura emoción. Era un dolor dulce, una plenitud que superaba cualquier traición del pasado y cualquier tragedia del futuro.

Debido al evidente agotamiento físico de Ezra, ambos sabían que solo habría una ronda de sexo. No necesitaban más. Cada movimiento de Miles era pausado, rítmico, guiado por los suspiros de Ezra y por la forma en que los brazos del hotelero se aferraban a su espalda, dejando pequeñas marcas de amor en su piel. Para ambos, cada embestida era como tocar el cielo con las manos; un acto de rebeldía contra el tiempo, una forma de decirle al universo que, aunque la muerte ganara al final, ese instante les pertenecía exclusivamente a ellos.

La tormenta afuera arreciaba, pero dentro de la burbuja de las sábanas blancas, el ritmo de sus cuerpos se volvió más urgente, arrastrados por la marea ineludible del placer. Ezra escondió el rostro en el cuello de Miles, soltando jadeos ruidosos mientras sus latidos se desbocaban. Miles apretó el agarre, moviéndose con una entrega absoluta, sintiendo el calor interno de Ezra abrazarlo por completo.

El contador, invadía la boca de Ezra buscando más profundidad. Ahogando gemidos de puro placer. Con su lengua, limpiaba las lágrimas de placer del hombre que amaba. Con la mano derecha se aferraba a la cintura, y con la izquierda sostenía la nuca de Ezra. No lo dejaría ir, jamás.

Llegaron al clímax juntos, en un estallido de espasmos compartidos y promesas mudas. Ezra emitió un grito ahogado contra el hombro de Miles, mientras este se vaciaba dentro de él, temblando de pies a cabeza, abrazándolo con una desesperación salvaje como si quisiera fundir sus almas para siempre. El silencio regresó a la habitación, roto solo por sus respiraciones agitadas y el golpeteo de la lluvia en el cristal.

Se quedaron unidos durante varios minutos, recuperando el aliento. Miles besó la frente sudorosa de Ezra, limpiándole las lágrimas que habían brotado de sus ojos oscuros. Ezra sonreía, cansado pero con una paz que no había tenido en un año.

—Nada mal, mi amor. Me haces muy feliz —dijo Ezra, con una sonrisa débil. Miles, le respondió con un beso.

Con mucho cuidado, Miles ayudó a Ezra a levantarse de la cama. El cuerpo del dueño del hostal estaba débil, sus piernas temblaban por el esfuerzo, así que Miles lo cargó sutilmente y lo llevó hasta el baño de la habitación.

Entraron juntos a la ducha. El agua tibia comenzó a caer sobre ellos, lavando el sudor, el lubricante y el rastro de la arena invisible que aún cargaban del día anterior. Miles tomó el jabón y comenzó a limpiar el cuerpo de Ezra con una delicadeza infinita, recorriendo sus hombros, su espalda y sus piernas, mientras Ezra apoyaba la frente contra el pecho de Miles, dejándose cuidar por completo. El agua corría por sus rostros mixta con las lágrimas agridulces de un amor que sabía a eternidad y a despedida.

Habían alcanzado la cúspide de su verano, sintiendo la electricidad más hermosa y pura de sus vidas, pero mientras Miles abrazaba a Ezra bajo el chorro de la ducha, el sonido de la lluvia afuera continuaba recordándoles que los días cálidos se estaban agotando y que la melancolía del otoño ya esperaba pacientemente detrás de la puerta del hostal.

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Beisy Antunez
muy bueno gracias
Beisy Antunez
Gracias que amor tan lindo nacido del dolor de cada uno, llore mucho con esta historia 😭 pero fue hermosa
Skay P.: Gracias por la compañía, mi cielo.
Tenemos otras excelentes historias para alegrar el corazón. ¡Besitos!✨️🦋
total 1 replies
Smer
y justo escuchando la nave del olvido de José José 😭
Skay P.: ¡Uy! Disculpa, mi Chickis.
En mi perfil, encontrarás historias que sanan el corazón. Además, esta historia tiene un final alternativo muy bonito. 🫣🫰✨️
total 1 replies
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