Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
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Capitulo 15
El resto de la semana transcurrió bajo el peso de una tregua armada. El incidente con Michael había dejado las cosas claras en el piso doce: nadie, absolutamente nadie, debía acercarse al escritorio de la recepción con intenciones que no fueran estrictamente laborales. Víctor había marcado su territorio con la ferocidad de un hombre que ya no estaba dispuesto a perder nada más, y Cecilia había aceptado ese yugo con una devoción silenciosa que alimentaba el fuego entre ambos cada vez que se quedaban a solas.
El viernes por la tarde, el cielo de la ciudad se tiñó de un gris plomizo que amenazaba con una tormenta inminente. A las seis de la tarde, la oficina ya se había vaciado por completo. El zumbido del aire acondicionado y el eco de los truenos lejanos que golpeaban los cristales eran los únicos sonidos que rompían la quietud del ambiente.
Cecilia estaba sentada en su puesto, organizando las carpetas de la próxima semana con una lentitud calculada. Llevaba un vestido de punto acanalado color gris perla que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, con un cuello alto que contrastaba con una abertura lateral que subía atrevidamente por su muslo cada vez que cruzaba las piernas. Sabía que Víctor seguía en su despacho; podía ver la silueta de su figura imponente recortada contra las luces bajas a través del vidrio polarizado.
Siguiendo la regla de no provocarlo en público, había sido la secretaria perfecta durante todo el día. Pero ahora que estaban solos, la sumisión aburrida de la rutina mutaba en una necesidad salvaje de sentir su autoridad.
La puerta del despacho se abrió y Víctor salió. No llevaba el saco puesto, y su camisa negra tenía las mangas remangadas hasta los codos, exponiendo la tensión de sus antebrazos. Tenía la corbata ligeramente floja y el cabello un poco revuelto, dándole ese aire de hombre maduro de treinta años que, a pesar del cansancio, dominaba por completo el espacio con su sola presencia física.
Se detuvo frente al mostrador de la recepción, apoyando ambas manos sobre la superficie de mármol. Sus ojos oscuros, cargados de una intensidad que a Cecilia le hizo dar un vuelco al corazón, recorrieron la silueta de su secretaria con una fijeza casi tangible.
—Señorita Morales, la tormenta está empeorando. Apague el sistema y traiga los últimos reportes a mi oficina. Es hora de cerrar —ordenó Víctor. Su voz profunda y ronca vibró en el espacio vacío, desatando una oleada de anticipación en el vientre de ella.
—En seguida, señor Moreira —respondió Cecilia con un hilo de voz dócil.
Apagó la computadora con movimientos pausados, se levantó de la silla alisando la tela de su vestido sobre sus caderas y tomó la carpeta. Caminó hacia el despacho principal, sintiendo la mirada fija de Víctor clavada en su espalda como un imán. Al entrar, escuchó el sonido definitivo del pestillo de la puerta al cerrarse a sus espaldas. El clic del seguro era siempre el inicio de su verdadero mundo.
Víctor no caminó hacia su escritorio. Se quedó de pie a mitad de la habitación, esperándola. La luz de los rascacielos de la ciudad y los relámpagos intermitentes eran la única iluminación del lugar, proyectando sombras largas y sensuales sobre las paredes de caoba.
—Déjalos en la mesa, Cecilia —dijo él, acortando la distancia con pasos lentos y seguros.
Cecilia obedeció, colocando los papeles en el borde del escritorio. Al enderezarse, se topó de frente con la imponente contextura física de su jefe. La diferencia de altura la obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El aroma amaderado de su loción mezclado con el olor de la lluvia que se filtraba por los extractores creó una atmósfera sofocante.
—Cumpliste mis reglas toda la semana, incluso cuando Michael intentó volver a hablarte el miércoles —comentó Víctor, levantando una mano para rozar sutilmente la línea de su mandíbula con el dorso de sus dedos. El contacto físico, aunque leve, fue como una descarga eléctrica para ambos—. Me gusta que seas tan obediente, Cecilia. Me gusta saber que entiendes a quién le perteneces en este lugar.
—Le prometí que su palabra sería mi única ley, Víctor... —confesó ella en un susurro atrevido, cerrando los ojos por un segundo para disfrutar del calor de su tacto—. Toda la semana he tenido que fingir que solo soy una empleada más, viendo cómo diriges las reuniones con esa seguridad que me vuelve loca. Estaba ansiosa por volver a estar así. Por dejar que tomes el control.
Víctor soltó un gruñido bajo, posesivo, y mandó cualquier rastro de distancia profesional directo al demonio. La tomó firmemente de la cintura con una mano, pegando el cuerpo de ella contra el suyo con una brusquedad que le cortó la respiración. Cecilia sintió la firmeza de los músculos de su pecho bajo la camisa negra, entregándose de inmediato a la deliciosa sensación de sumisión que su fuerza le provocaba. Su exnovio la había llamado rara por disfrutar del control ajeno; Víctor, con su porte implacable y su madurez, la hacía sentir completa, protegida y deseada en sus fetiches más profundos.
—Si de verdad quieres que tome el control, vas a tener que demostrarme tu obediencia ahora mismo —dictó Víctor, con esa voz de mando que a ella la hacía temblar de anticipación.
Se giró hacia el gran sillón de cuero negro que decoraba su oficina y tomó una bufanda de seda oscura que utilizaba para los días más fríos. Cecilia la miró y una sonrisa de lado, salvaje y entregada, apareció en sus labios carnosos. Sabía exactamente lo que venía, y la sola idea de las restricciones bajo las órdenes de Víctor la ponía al límite.
—Da la vuelta, Cecilia. Pon las manos en el respaldo de la silla —ordenó él, y su tono no aceptaba réplicas.
Ella obedeció al instante. Caminó hacia la silla ejecutiva de caoba, se apoyó en el respaldo y entrelazó sus manos por detrás de su espalda, arqueando sutilmente el cuerpo, permitiendo que la abertura del vestido gris revelara la piel suave de su muslo. Víctor se posicionó detrás de ella, pegando su torso ancho a la espalda de Cecilia. Tomó la seda de la bufanda y, con movimientos lentos pero firmes, aseguró sus muñecas con un nudo certero, restringiendo sus movimientos por completo.
—No te vas a mover a menos que yo te lo ordene. No vas a tocar nada. Eres mía, Cecilia —sentenció Víctor contra su oído, y su respiración agitada delataba el deseo voraz que lo consumía.
—Sí, señor... —rogó ella en un gemido ronco, extasiada por la pérdida absoluta de control.
Víctor bajó los labios por la curva de su cuello, dejando un rastro de besos calientes y mordiscos sutiles que la hicieron estremecer en su sitio. Sus manos grandes viajaron por las caderas de Cecilia, subiendo el vestido de punto con lentitud insoportable, acariciando la piel de sus piernas con una posesividad dominante que borraba cualquier rastro del mundo exterior. En la penumbra de ese despacho, mientras la tormenta estallaba con fuerza contra los cristales, las apariencias corporativas se disolvieron por completo bajo las sábanas de su romance secreto, donde Víctor era el único dueño de su voluntad.