Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 21
Azalea salía de la cocina con un plato en las manos, pero aminoró el paso al oír la conversación entre padre e hijo. Se detuvo en el marco de la puerta, observando con el corazón en vilo, temerosa de que Enzo reaccionara mal.
Sin embargo, ocurrió justamente lo contrario. Enzo exhaló largo y apoyó la palma sobre el hombro de Erza.
—Fuiste valiente, hijo —dijo en voz baja—. Y tienes razón en proteger a tu hermana.
Erza levantó la cara, los ojos muy abiertos.
—Pero —continuó Enzo con tono afable— la próxima vez avisa a un adulto primero. No quiero que tú o tu hermana salgan lastimados.
Erza asintió con decisión. —Sí, Papi.
Enzo atrajo a Erza y lo envolvió en un abrazo estrecho. El abrazo de un padre que llega poco, pero que pesa mucho. —Estoy orgulloso de ti —le dijo apenas.
Azalea contuvo el aliento. El pecho se le calentó, los ojos se le humedecieron al presenciar aquella escena.
Elora aplaudió. —¡Papi eztá orgullozo de Elza!
Enzo sonrió y giró hacia Azalea, que seguía de pie junto a la cocina. —¿Y tú cómo estás?
Azalea se acercó despacio. —Se asustaron mucho —respondió con franqueza—. Pero ya están tranquilos.
—¡Mami fue genial! —intervino Elora de repente—. Mami me ablazó y me dijo "aquí eztá Mami, ahola Elola eztá segula".
Enzo observó a Azalea más tiempo de lo habitual.
—¿Qué les dijiste? —preguntó en voz queda.
Azalea esbozó una sonrisa leve. —Solo que lo que sentían era normal. Que tener miedo está bien. Que enojarse es humano. Pero que hay que aprender a calmarse.
Enzo se quedó callado. Palabras sencillas que, sin embargo, resonaban hondo. Toda su vida había resuelto los problemas con firmeza y con control. Pero Azalea elegía otro camino: abrazar las emociones, no reprimirlas.
—Tú sabes cómo tratar a los niños —murmuró Enzo, casi para sí.
Azalea negó con suavidad. —Solo los escucho.
Se miraron un instante. No hubo declaraciones de amor ni confesiones. Pero entre ellos crecía una comprensión mutua cada vez más firme.
—¡La cena está lista! —anunció Azalea al fin, quebrando el silencio.
Se sentaron juntos a la mesa. Elora repetía su versión de los hechos con todo el histrionismo posible, lo que arrancaba risas contenidas de Erza. Enzo lo contemplaba todo. Las carcajadas de sus hijos, las voces mimosas, los gestos pequeños que antes solía pasar por alto.
Aquella noche, antes de cenar, Enzo se dio cuenta de algo con nitidez. No solo estaba orgulloso de su hijo por haber defendido a su hermana. También admiraba a su esposa, la mujer que no se limitaba a cuidar, sino que moldeaba el espíritu de unos niños que él con frecuencia descuidaba.
Enzo comprendió que regresar a casa no era simplemente cambiar de lugar, sino volver a algo que se llama familia. Algo que en su vida se había extraviado.
El cielo de la tarde se veía opaco cuando Azalea se detuvo frente a la ventana de su habitación. La brisa soplaba despacio, trayendo olor a tierra mojada. El calendario en la pared ya marcaba los días que faltaban para el Ramadán.
Tenía el corazón lleno. Hacía mucho que no iba a su pueblo. Que no se sentaba un rato largo frente a las tumbas de sus padres. Que no recitaba una plegaria ante la sepultura de su hermana Jazmín, cuyo rostro aún se le aparecía en sueños.
Azalea se plantó en la puerta del estudio de Enzo. Él seguía sentado detrás del escritorio, repasando expedientes con gesto concentrado. Un toque suave en la puerta lo hizo voltear.
—Enzo, ¿puedo pasar? Quiero hablar contigo un momento —pidió Azalea con gentileza.
Enzo dejó los papeles. —Pasa.
Azalea se sentó en la silla frente a él. Las manos cruzadas sobre el regazo, pero un nerviosismo tenue que no lograba esconder. Aspiró profundo.
—Enzo, antes de que empiece el Ramadán, quiero ir al pueblo —dijo Azalea con lentitud.
Enzo alzó una ceja. —¿Al pueblo?
—Sí —Azalea asintió—. Quiero visitar las tumbas de mi papá, de mi mamá y de Jazmín.
Aquel nombre resbaló en voz baja, pero bastó para que Enzo enmudeciera un momento. Azalea prosiguió con la voz ligeramente trémula. —También quiero llevar a Erza y a Elora. Para que sepan quién fue su madre. Para que conozcan su origen.
La habitación se sumió en un silencio repentino. Enzo reclinó la espalda contra el respaldo. El pecho se le comprimió. Había un deseo fuerte de ir, de pararse ante la tumba de Jazmín, de enfrentar los recuerdos que cargaba a solas. Pero la imagen de la agenda atestada de reuniones lo interceptó al vuelo.
—Quiero ir —confesó, sincero—. Pero el trabajo no me lo permite ahora.
—Entiendo —lo atajó Azalea con suavidad—. No te estoy obligando a venir.
El silencio se estiró entre ambos. Enzo cerró los ojos un instante, sopesando. —Está bien. Le pido al chofer que los lleve. Quiero asegurarme de que lleguen bien.
Azalea sonrió apenas; un dejo de decepción que no terminó de disimular. —Gracias, Enzo.
Azalea les contó a Erza y a Elora sobre el viaje al pueblo. Los dos niños se entusiasmaron de inmediato al saber que visitarían el lugar del que su madre les hablaba tanto.
—Vamos, preparemos lo que van a llevar —los invitó Azalea. Erza y Elora se pusieron a ayudar con ganas.
Pero el clima se tensó cuando doña Elsa se enteró del plan.
—¡No! —La voz de doña Elsa se elevó—. Azalea, no vas a llevar a Erza y a Elora a ese pueblo.
Azalea se sobresaltó, pero procuró mantener la compostura. —Señora, es mi tierra natal. Solo quiero visitar las tumbas y que conozcan...
—¡Nada de eso! —la cortó doña Elsa en un tono áspero—. Ese pueblo es precario, el viaje es largo y agotador. ¿Y si pasa algo? ¿Vas a hacerte responsable? ¡Son muy chiquitos!
—Señora —Azalea contuvo el aliento—, son niños fuertes. Los voy a cuidar lo mejor que pueda.
—¿Cuidar? —Doña Elsa se puso de pie—. ¿De verdad crees que voy a dejar que mis nietos se vayan tan lejos de casa?
La discusión se acaloró. La voz de doña Elsa era dura; Azalea resistía con un tono que empezaba a quebrarse.
—Soy su madre ahora, señora —dijo Azalea al fin, y las lágrimas le cayeron sin que pudiera evitarlo—. No pretendo llevármelos para siempre. Solo unos días. Quiero que sepan que tienen otra familia que también merece ser honrada.
El silencio se rompió con una vocecita. —Oma... —Erza dio un paso al frente, tomó la mano de Azalea—. Nosotros queremos ir con Mami.
Elora asintió con rapidez. —No quelemoz eztarnos lejos de Mami Azalea.
El corazón de Azalea se encogió. Bajó la cabeza y abrazó a los dos. —Mami no se va a tardar —les susurró.
Doña Elsa calló, con el rostro endurecido. Le repugnaba ver a sus nietos tan apegados a aquella mujer que consideraba pueblerina.
Fue entonces cuando Enzo avanzó. —Mamá —dijo con firmeza, pero sin perder la dulzura. Todas las miradas convergieron en él—. Tranquila. Van a estar bien, porque yo también voy.
Doña Elsa giró de golpe. —¿Enzo?
—Voy con Azalea y los niños al pueblo —repitió Enzo con aplomo—. Yo me hago cargo. Así no tienes por qué preocuparte.
Azalea lo miró, atónita. —Enzo, pero tu trabajo...
—Lo acomodo —contestó Enzo sin vacilar—. La familia también es mi responsabilidad.
Doña Elsa soltó un suspiro largo, el semblante cada vez más agrio. —¡Que les quede claro: si algo les pasa a mis nietos, no me van a oír el final!
Enzo asintió. —Te lo prometo, mamá. Los cuido.
Azalea contuvo las lágrimas de agradecimiento. Miró a Enzo con los ojos henchidos de gratitud. Erza y Elora prorrumpieron en vítores, abrazándose a las piernas de Enzo y Azalea al mismo tiempo.