Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Ni huida ni libertad
La mansión dormía, pero Isabella no. No desde aquella revelación.
No desde que su vida se derrumbó en una frase: “Sos mi hija.”
Los ecos de esa confesión retumbaban en su pecho como un tambor fuera de control. Tenía los ojos abiertos, clavados en el techo, incapaz de cerrarlos sin ver esa imagen: la voz de Vittorio, sus ojos grises, la certeza en cada palabra. Elvira, su madre biológica. Vittorio, su… ¿padre?
No. No podía quedarse allí. No podía respirar entre esas paredes frías, por más lujosas que fueran.
El amanecer apenas despuntaba cuando se sentó en la cama. El cielo era una mancha azul oscura al otro lado de la ventana. Un susurro de viento agitaba las ramas del jardín.
Se vistió con decisión: jeans, una remera negra y zapatillas. Ató su cabello con rabia contenida. No pensó. Solo actuó.
Salió de la habitación sin hacer ruido. Conocía ya algunos rincones de esa prisión disfrazada de mansión. Sabía que el ala de servicio tenía una salida secundaria, por donde los empleados llegaban temprano. Apostaba a que a esa hora, sin movimiento ni visitas, la vigilancia estaría relajada.
Las cámaras estaban allí, lo sabía, pero confiaba en su instinto. O tal vez no le importaba.
La casa estaba en penumbras. Solo algunas luces tenues iluminaban los pasillos. Sus pasos eran casi imperceptibles sobre la alfombra. El silencio era espeso. Vivo.
Empujó una puerta. Cerrada. Otra. Nada. Finalmente, encontró un pasillo estrecho. El aire olía a humedad y a desuso. Al fondo, una puerta metálica. De emergencia.
Se acercó. El corazón le golpeaba el pecho. Giró la manija. Un sonido seco. Una ráfaga de aire frío.
Y entonces, la voz.
—No des un paso más. Isabella se congeló.
La figura de Luca emergía de las sombras, apoyado contra la pared, como si hubiese estado esperándola desde siempre. La luz tenue apenas dibujaba sus rasgos, pero su tono era inconfundible.
—No lo hagas —repitió. Ella no se movió.
—¿Vas a detenerme?
—Si tengo que hacerlo, sí.
—No me toques —espetó, dando un paso más hacia la puerta.
—¿De verdad vas a salir a la ruta, empapada, sin saber a dónde? ¿Te pensás que afuera hay un cuento de hadas esperándote?
—¡Prefiero eso a este infierno disfrazado de castillo!
—¿Castillo? —Luca rió, sin humor—. No sabés nada de este lugar. No sabés lo que protege.
—¿Protege? ¿A quién? ¿A mí? ¿O a él?
—A vos —dijo él, con un tono tan bajo que casi no se oyó. Ella lo miró, incrédula. Sus ojos ardían.
—¿Y vos qué sos, Luca? ¿Su sombra? ¿Su perro fiel?
—Soy el que no va a dejar que te destruyas por una verdad incompleta.
—¡Entonces decímela entera! ¡Dejame elegir qué hacer con eso!
—No puedo.
—¿Por qué?
Él respiró hondo.
—Porque no es mi historia para contar. Ella lo miró con furia.
—¿Me vas a lastimar si intento irme?
Luca cerró los ojos un segundo, como si esa pregunta le doliera.
—No quiero tocarte —dijo.
—¿Pero lo harías?
El silencio fue la peor respuesta.
Ella dio otro paso y él reaccionó. La tomó del brazo. No con violencia, pero sí con firmeza. El contacto fue un estallido en la piel de ambos.
—No lo hagas —susurró él, con la voz temblando apenas—. No te vayas así. No con esta furia. No con este vacío.
—¡No puedo quedarme, Luca! ¡No después de saber que el hombre que me tiene encerrada es mi padre! ¡Que mató al hombre que amé! ¡Y que vos sos parte de todo eso!
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Él también la miraba con algo que se rompía por dentro.
—No sabés lo que siento cuando te veo llorar —dijo él, apenas un murmullo—. No sabés cuánto odio esto también. Ella lo empujó, con toda la rabia acumulada. Golpeó su pecho con los puños. Una, dos, tres veces.
Él no se defendió. No la detuvo. Solo la miró.
Y en un giro brusco, ella lo agarró del cuello de la camisa y lo atrajo. Sus rostros quedaron a centímetros. Respiraban el mismo aire.
Pero Luca no la besó. No cruzó esa línea.
—No así. —dijo, separándose apenas—. No porque estés rota.
—¿Y si así es como estoy siempre?
Él le acarició el rostro con la yema de los dedos, temblorosos. Su contacto fue una caricia silenciosa.
—Entonces… reconstruite. Pero no conmigo. No esta noche.
El silencio entre ellos era un océano que ninguno se atrevía a cruzar.
—¿Por qué sos así conmigo? —preguntó ella, con la voz casi rota—. ¿Por qué me cuidás? ¿Por qué no me dejás ir… pero tampoco te acercás de verdad?
—Porque no sé cómo no sentir algo por vos.
Y eso me rompe.
La lluvia golpeaba el vidrio como un aplauso triste. Un trueno lejano retumbó.
—¿Me vas a encerrar?
—No.
Soltó sus hombros con suavidad, como si doliera separarse de ella.
—Pero si vas a correr… sabé que voy a seguirte. Y no para entregarte.
—¿Entonces para qué?
Luca caminó hacia la puerta. No la miró al responder.
—Para evitar que te rompas más de lo que ya estás. Y la dejó sola.
Otra vez.
Pero ahora con algo latiendo entre los dos.
Algo que ni la tormenta… ni las cadenas… podían detener. Por otro lado en el estudio….
La tormenta seguía su curso, furiosa.
Dentro del estudio, Vittorio sostenía un vaso de whisky, inmóvil frente al ventanal empañado.
No era un hombre de gestos vacíos.
Cada palabra suya tenía un peso, una intención.
Pero aquella noche, no encontraba las palabras. Solo el eco de un pasado que volvía sin pedir permiso. Elvira.
La había amado con la furia de quien no sabía amar.
La había perdido con la cobardía de quien no supo elegir. Y ahora… esos ojos.
Los ojos de Isabella lo perseguían desde el momento en que la vio aquella madrugada en ése pequeño departamento. Apoyó la copa en el escritorio. Sus dedos temblaban, pero no de frío.
“Es mi hija.”
No necesitaba pruebas. Lo sabía. Lo sentía. Y eso lo desarmaba.
Porque jamás pensó que tendría una segunda oportunidad para proteger a alguien que llevó su sangre. Y menos aún… para redimirse.