Matrimonio por conveniencia
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CAPÍTULO 16: EL LENGUAJE DE LAS CICATRICES Y EL HIELO
El silencio en la suite era tan denso que Alessandra podía escuchar el tic-tac rítmico del corazón de Dante.
Él seguía allí, inclinado sobre ella, con las manos apoyadas en el colchón, encerrándola en un perímetro de calor y arrogancia.
Alessandra, por primera vez, no buscó un insulto en su base de datos. Se vio obligada a *mirarlo*.
A través de sus ojos, Dante Larconne no era solo un "perro faldero" guapo; era una anomalía biológica.
Sus hombros eran anchos, con músculos que no parecían hechos en un gimnasio de lujo, sino forjados en algún lugar mucho más oscuro y real.
Alessandra recorrió con la mirada las líneas de su pecho, donde la luz de la luna filtrada por el ventanal dibujaba sombras peligrosas.
Tenía una pequeña cicatriz cerca de la clavícula, un recordatorio de que ese hombre no siempre había vivido de su sonrisa.
Sus ojos... eso era lo que más la irritaba.
No eran los ojos sumisos de un empleado.
Eran de un color ámbar tormentoso que parecía leer su código fuente, encontrando cada bug y cada error en su armadura de hielo.
Su mandíbula, siempre tensa con esa burla silenciosa, estaba ahora a centímetros de su rostro.
Olía a sándalo, a lluvia y a ese "peligro" que ningún laboratorio de _Valeriano Prime_ podría sintetizar jamás.
Alessandra sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la falta de ropa: era el pavor de admitir que, bajo su diseño de "gigoló", había un hombre capaz de incendiar su imperio con un solo roce.
Dante, por su parte, sentía que el aire se le escapaba.
Había planeado esto como una venganza, una forma de bajarle los humos a la "Dictadora", pero tenerla así, despojada de sus trajes sastre y sus gafas de mando, lo estaba destruyendo por dentro.
A los ojos de Dante, Alessandra Valeriano no era una "máquina".
Era una obra de arte inacabada y violenta.
Sin su maquillaje de batalla, su piel tenía la palidez de la porcelana fina, pero con el fuego de la rabia encendido en sus mejillas.
Sus ojos, esos pozos de obsidiana que siempre dictaban órdenes, estaban ahora dilatados, reflejando una vulnerabilidad que ella odiaba.
Dante observó el nacimiento de su cuello, donde el pulso le latía con la fuerza de un motor fuera de control.
Se veía tan pequeña envuelta en esa toalla blanca, pero a la vez tan imponente.
Siempre la había visto como una estatua de mármol, pero el calor que emanaba de ella le decía que, si lograba romper el hielo, encontraría un volcán.
No era solo la mujer más inteligente que había conocido; era la más difícil de conquistar, y Dante siempre había tenido debilidad por las causas perdidas y los tesoros custodiados por dragones.
Ella era el dragón, y él, por primera vez, no quería robar el oro, quería quedarse en la cueva.
—¿Por qué me miras así, jefa? —susurró Dante, su voz bajando una octava hasta convertirse en una vibración profunda—. Estás buscando mi punto débil, ¿verdad? ¿Tratando de calcular cuántos miligramos de sedante necesito para dejar de ser una amenaza?
Alessandra tragó saliva, sintiendo que la toalla se deslizaba un milímetro, pero no se movió.
—Estoy calculando cuánto tiempo tardará mi seguridad en encontrarte si te asfixio con esta almohada —replicó ella, aunque su voz no tenía el filo habitual—. Pero mi algoritmo dice que, por ahora, eres más útil vivo.
Dante se inclinó un poco más, hasta que sus frentes casi se rozaron.
—Mientes. Tu algoritmo está gritando "error de sistema" porque no sabe qué hacer con el hecho de que te mueres por saber qué pasa si dejas de pelear.
Alessandra sostuvo la mirada.
Era un duelo de voluntades.
Ella era el orden, él era el caos.
Ella era la lógica, él era el impulso.
Y en esa habitación, sin ropa, sin contratos y sin César para mediar, ambos sabían que la guerra acababa de volverse... "Personal".
—Mañana... te voy a destruir, Dante —susurró ella.
—Mañana —aceptó él, rozando sus labios sin llegar a besarlos—. Pero esta noche, Alessandra, el marcador es lo de menos. Esta noche, solo somos dos mentirosos atrapados en la misma mentira.
Mientras dentro de la suite la tensión sexual se podía cortar con un bisturí, afuera, en la oscuridad de la madrugada, el mundo seguía girando con la saña de un motor oxidado.
A las *5:00 AM*, un sedán negro sin luces se estacionó a media cuadra de la entrada principal de la Mansión Valeriano. Dentro, *Rodrigo Ignacio Lecontte* miraba su reloj de pulsera con la obsesión de un maníaco. Tenía las ojeras marcadas y un termo de café vacío en el asiento del copiloto.
—Creen que soy estúpido —masculló Rodrigo para sí mismo, ajustándose el nudo de la corbata frente al retrovisor—. Creen que voy a esperar a las seis y media para que tengan tiempo de preparar el café, ponerse las batas de seda y fingir que son la pareja del año.
Rodrigo sacó su teléfono y envió un mensaje al perito judicial y a los dos fotógrafos que esperaban en otro vehículo a la vuelta de la esquina:
"Nos movemos ahora. Si entramos antes de que salga el sol, los pescaremos con la guardia baja. Quiero ver el desorden, quiero ver las camas separadas, quiero ver el fraude en sus caras de sueño".
Él sabía que Alessandra era una mujer de rutinas milimétricas. Si llegaba una hora y media antes de lo pactado, rompería su algoritmo. No habría tiempo para actuaciones, no habría tiempo para que el "gigoló" se bajara los pantalones.
—Si saben a qué hora llego, van a actuar —sonrió Rodrigo, con una expresión de triunfo prematuro que le deformaba el rostro—. Pero si me muevo antes, los tengo en mis redes. Esta mañana, Alessandra, tu imperio vuelve a manos de quien sabe apreciarlo.
Rodrigo bajó del coche, haciendo una señal a sus abogados. Se acercaron a la verja de la mansión en silencio, como sombras hambrientas.
En su bolsillo, la llave maestra que aún conservaba del tiempo en que vivía allí pesaba como un lingote de oro.
Dentro de la mansión, el silencio era absoluto. César Iván seguía roncando abrazado al vestido de Dior en el cobertizo, y en la suite principal, Alessandra y Dante seguían atrapados en ese duelo de miradas, sin saber que el "veedor" estaba a punto de patear la puerta de su burbuja de cristal.
La trampa estaba lista. Y el reloj de la torre de la mansión marcó las *5:15 AM* con un tañido fúnebre.