En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
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Capítulo 20
El viento soplaba con una saña gélida a través de los arcos góticos de la Plaza de la Concordia, un lugar que, a pesar de su nombre, había sido testigo de más ejecuciones que de acuerdos de paz. En el centro de la plaza se alzaba la imponente figura de la Torre de la Maza, la sede del Gran Justicia de Vesperia. Era un edificio de piedra volcánica negra que parecía absorber la poca luz que el invierno permitía filtrar.
Atraeus observaba la escena desde el balcón de una casa franca situada frente a la torre. Llevaba una capa de viaje con los bordes de piel de lobo, y su mano derecha descansaba sobre el pomo de su espada, aunque sabía que hoy no sería el acero el que dictaría la sentencia. A su lado, Thera ajustaba las correas de sus dagas ocultas, su mirada fija en el carruaje de lujo que acababa de entrar en la plaza escoltado por una docena de guardias privados.
—El Barón Valerius llega a su propia tumba y todavía cree que viene a una fiesta —comentó Thera, sus labios curvados en una mueca de desprecio—. Mira cómo saluda a la multitud. Cree que su oro puede comprar el silencio de las piedras.
—El oro compra el silencio, Thera, pero no puede borrar la tinta de los libros que yo escribo —respondió Atraeus, su voz tan fría como el viento—. Valerius ha cometido el error más grave de un corrupto: ha robado a los hombres que sostienen las lanzas. Ha desviado los fondos de la Guardia de la Ciudad para pagar sus deudas de juego y sus orgías en los barrios bajos. Hoy, la maza no solo golpeará el bloque de madera; golpeará el corazón de su influencia.
Valerius bajó del carruaje con una arrogancia que rozaba lo cómico. Era un hombre corpulento, vestido con sedas púrpuras y joyas que brillaban demasiado. Entró en la Torre de la Maza convencido de que la reunión con el Gran Justicia Kaelen sería un simple trámite para enterrar las "acusaciones infundadas" que habían circulado recientemente.
Lo que no sabía era que Atraeus ya se había reunido con Kaelen. O más bien, Atraeus había "reorientado" las prioridades del Gran Justicia.
***
Dentro de la Gran Sala de Juicios, el ambiente era asfixiante. Las antorchas chisporroteaban en las paredes, arrojando sombras alargadas que bailaban como espectros. El Barón Valerius se sentó en el banquillo de los acusados con una sonrisa de suficiencia, mirando a los magistrados como si fueran sirvientes.
—¿A qué se debe esta farsa, Kaelen? —preguntó el Barón, su voz resonando en la bóveda—. Sabes perfectamente que mi lealtad a la corona es incuestionable. Si hay algún desfase en las cuentas de la guardia, es culpa de los contables, no mía.
El Gran Justicia Kaelen, un hombre que parecía haber envejecido diez años en la última semana, no lo miró. En su lugar, hizo una señal hacia la galería de sombras.
Atraeus entró en la sala. No vestía como un noble, sino como un verdugo de la verdad. Sus pasos rítmicos eran el único sonido en el recinto. Se detuvo frente a Valerius y dejó caer un pesado libro de contabilidad sobre la mesa de piedra.
—Lealtad es una palabra que se te queda grande, Valerius —dijo Atraeus, y el silencio se volvió absoluto—. Aquí están los registros reales. Los que tus "contables" intentaron quemar antes de que mis hombres los sacaran del fuego. Cuarenta mil coronas de oro destinadas a las armaduras de la guardia del muro norte... terminaron en los burdeles de la calle de los Suspiros y en las manos de los agentes de los Voran.
Valerius se puso en pie, su rostro pasando del rojo al pálido en segundos.
—¡Eso es una falsificación! ¿Quién eres tú para acusarme? ¡Un advenedizo! ¡Un cuervo que se alimenta de la carroña de las casas nobles!
—Soy el hombre que ha pagado la soldada de los guardias que ahora mismo están fuera de esta puerta —sentenció Atraeus, acercándose tanto a Valerius que el barón pudo ver el vacío en sus ojos—. Esos hombres han pasado frío y hambre mientras tú te dabas banquetes. Les he contado la verdad, Valerius. Y ellos no quieren justicia real... quieren la maza.
Kaelen golpeó el mazo sobre el estrado.
—Barón Valerius, por el delito de alta traición, malversación de fondos de guerra y conspiración contra la seguridad de Vesperia... quedas despojado de tus títulos y propiedades. Tu sentencia será ejecutada al amanecer.
—¡No podéis hacer esto! —gritó Valerius mientras los guardias de la ciudad, los mismos que él había despreciado, lo agarraban por los brazos con una fuerza innecesaria—. ¡Tengo aliados! ¡Los Voran no permitirán esto!
—Los Voran ya han recibido una copia de estos documentos —susurró Atraeus al oído del barón mientras se lo llevaban a rastras—. Y como buenos jugadores, han decidido descartar la carta que ya no tiene valor. Estás solo, Valerius.