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SOMBRAS DE AETHELGARD

SOMBRAS DE AETHELGARD

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor prohibido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa
SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.

Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.

Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: El Baile de las Sombras y el Acero

El estruendo del candelabro al chocar contra el suelo de mármol fue como el disparo de salida para el infierno. El salón quedó sumido en una penumbra roja y asfixiante, rota solo por las llamas que empezaban a lamer las alfombras. Los gritos de las cortesanas se mezclaron con el sonido metálico de docenas de espadas siendo desenvainadas al mismo tiempo.

Pero en medio del caos, Alaric no se movió.

Su primera reacción no fue atacar, sino proteger. Antes de que Isolde pudiera procesar el pánico, sintió el brazo masivo de su esposo rodeándole el cuello y los hombros, atrayéndola hacia su pecho con una fuerza que la dejó sin aire. Alaric la cubrió por completo con su cuerpo, usándose a sí mismo como un escudo de carne y músculo frente a la lluvia de cristales que caía del techo.

—No te muevas de mi lado —le siseó al oído, su voz era una orden absoluta que vibró en los huesos de Isolde.

De las sombras, cuatro hombres vestidos de negro y armados con dagas largas se lanzaron hacia ellos. Eran asesinos, moviéndose con la rapidez de las serpientes. Valerius, aprovechando la confusión, había soltado a Genevieve y se alejaba con una sonrisa gélida, dejando que sus mercenarios hicieran el trabajo sucio.

Alaric soltó a Isolde solo lo suficiente para desenvainar su espada pesada. El acero brilló con un reflejo carmesí.

—¡Atrás! —rugió Alaric.

El primer asesino saltó. Alaric ni siquiera parpadeó. Con un movimiento fluido que desafiaba su inmenso tamaño, lanzó un tajo lateral que cortó el aire con un silbido mortal. El sonido del acero atravesando cuero y carne fue seco y brutal. El hombre cayó al suelo sin soltar un gemido, con el pecho abierto de par en par.

Isolde miraba con los ojos azules desorbitados, aferrada a la capa de Alaric. Nunca había visto a "El Carnicero" en acción. Era una danza de muerte perfecta. Alaric se movía con una economía de movimiento aterradora: cada golpe era definitivo, cada parada era un muro de piedra.

Dos asesinos más intentaron rodearlo. Alaric soltó un rugido animal, agarró a uno de ellos por el cuello con su mano izquierda —esa mano que antes había acariciado con rudeza la mandíbula de Isolde— y lo levantó del suelo como si fuera un muñeco de trapo. Se escuchó el crujido seco de los huesos del cuello rompiéndose bajo su fuerza bruta antes de lanzarlo contra el tercer atacante.

—¿Eso es todo lo que tienes, Valerius? —gritó Alaric hacia la oscuridad, su rostro de malo manchado con salpicaduras de sangre, sus ojos café brillando con una sed de batalla que hacía que pareciera un demonio antiguo.

El cuarto asesino, viendo a sus compañeros masacrados, cometió el error de su vida: intentó atacar a Isolde para distraer a Alaric.

El tiempo pareció detenerse.

Alaric vio la daga dirigirse hacia la garganta blanca de su esposa. Una furia ciega, algo mucho más profundo que el simple instinto de combate, estalló en su interior. Soltó su espada, se lanzó hacia adelante y atrapó la muñeca del asesino en el aire. Se escuchó un grito desgarrador cuando Alaric, con un movimiento violento, le rompió el brazo al hombre como si fuera una rama seca.

Luego, lo agarró de la pechera y lo estrelló contra una columna de mármol. El golpe fue tan fuerte que el sonido del cráneo chocando contra la piedra resonó en todo el salón.

Alaric se giró hacia Isolde, respirando con dificultad, su pecho masivo subiendo y bajando, cubierto de sudor y sangre. Su mirada era salvaje, pero en cuanto sus ojos se clavaron en la figura pequeña y temblorosa de su esposa, algo cambió. La brutalidad se transformó en una angustia mal disimulada.

Caminó hacia ella, sus botas pesadas chapoteando en los charcos de vino y sangre. La agarró de los hombros con sus manos grandes, manchadas de rojo, y la sacudió apenas.

—¿Te tocó? —preguntó con una voz que era un rugido roto— . ¡Responde, Isolde! ¿Te hizo daño?

—No... no me tocó —susurró Isolde, mirando la sangre en las manos de él.

Alaric soltó un suspiro largo, casi un lamento, y la atrajo hacia él en un abrazo que fue más un secuestro que un consuelo. La apretó contra su pecho con una fuerza desesperada, escondiendo su cara manchada de sangre en el hueco del cuello dorado de ella. Isolde sintió el calor abrasador de su cuerpo y el temblor en sus brazos de acero.

—Si te hubiera pasado algo... —gruñó él contra su piel, y por primera vez, Isolde no escuchó al Carnicero, sino al hombre que moriría antes de dejar que una sola gota de su sangre fuera derramada.

Pero la calma duró poco. Al otro lado del salón, Valerius reaparecía con una guardia de veinte hombres, apuntando con ballestas hacia el centro del salón.

—Se acabó el juego, Alaric —dijo Valerius con voz gélida—. Has asesinado a nobles en mi salón. Por las leyes de Aethelgard, tu cabeza pertenece al verdugo esta misma noche.

Alaric se separó de Isolde lo justo para ponerse frente a ella, dándole la espalda y cubriéndola de nuevo con su inmensidad. Su mano buscó la de ella por detrás, entrelazando sus dedos con los de ella en un agarre que era una promesa de muerte para cualquiera que se acercara.

—Si quieres mi cabeza, Valerius —dijo Alaric, su voz ahora tranquila, fría como el invierno—, vas a tener que pasar por encima de un cementerio de tus propios hombres. Porque hoy, nadie toca a mi esposa.

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Helizahira Cohen
voy a empezar esta, lei tu primera novela entre Mareas muy bonita
Nelida Fuenteseca
Bastante caprichosita!!!
b zamitiz
🙂
Alexandra Ortiz Posada
Buen comienzo, gracias por compartir tu talento, bendiciones
mailyn rodriguez
Hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi. gracias.
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