Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.
¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?
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capitulo 16
Miré a Marcus. Él se encogió de hombros, pero sus ojos evitaban los míos.
—Es una manipulación —dije, aunque mi voz tembló—. Estamos aquí. Yo estoy aquí. Tú me estás tocando.
—¿Y si el empleado tenía razón? —susurró Lucía, levantando por fin la vista. Tenía las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían dos pozos negros—. ¿Y si somos solo los recuerdos de lo que fuimos, procesados por una máquina que intenta entender por qué hicimos lo que hicimos?
—¡Basta! —rugió Marcus, golpeando una de las tuberías con la linterna—. ¡No voy a dejar que un montón de papeles y una voz de ordenador me vuelvan loco! Somos reales. Y si este lugar tiene un sótano, tiene que tener una sala de máquinas. Si rompemos el motor, la isla se detiene.
Marcus empezó a manipular una serie de válvulas de presión. Su desesperación era física. Quería romper algo, quería sentir que sus acciones tenían consecuencias en este entorno de cristal y algoritmos.
De repente, las pantallas que colgaban del techo de la sala de calderas se encendieron. No mostraron datos, ni vídeos del accidente. Mostraron la planta principal de la mansión.
Vimos nuestra propia imagen entrando en la biblioteca. Vimos el momento en que bajamos la escalera de caracol. Pero la imagen seguía moviéndose, como si estuviéramos viéndonos desde el futuro. En la pantalla, Marcus abría la válvula que estaba tocando en ese mismo instante.
—¡Marcus, para! —grité.
Pero fue tarde. Al girar la válvula, un chorro de vapor a alta presión salió disparado, pero no hacia el exterior. El vapor inundó la pasarela, creando una cortina blanca que nos separó al instante. Escuché un grito, pero no era de dolor. Era un grito de sorpresa.
Cuando el vapor se disipó un poco, Marcus ya no estaba en la pasarela. En su lugar, había una de esas figuras con máscara de silicona, vestida con su misma ropa, sosteniendo su linterna. La figura me miró y, con un movimiento lento, se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio.
A mi lado, Lucía había desaparecido. Solo quedaban las carpetas amarillentas esparcidas por el suelo y el eco de una canción que empezaba a sonar por los conductos de ventilación. La misma canción de la radio del coche.
Me quedé sola en la pasarela, rodeada de máquinas que rugían como bestias hambrientas. Sentí que el rastro de sangre del que hablaba el anfitrión no era el final de una vida, sino el inicio de una disección.
Caminé hacia el final de la pasarela, donde una puerta de acero se abría hacia un túnel iluminado con una luz roja intermitente. El cronómetro en mi muñeca empezó a pitar con un sonido agudo y constante.
**52:00:00**
El tiempo no solo se agotaba; se estaba transformando en algo tangible. Cada segundo que pasaba, sentía que un trozo de mi memoria se borraba, sustituido por la arquitectura de Aethelgard.
Crucé la puerta y me encontré en un pasillo lleno de espejos. Pero no eran espejos normales. En cada uno de ellos, mi reflejo hacía algo distinto. En uno, yo estaba llorando. En otro, estaba riendo. En el del fondo, yo estaba al volante, con los ojos fijos en una carretera que no terminaba nunca.
Me detuve frente al último espejo. Mi reflejo extendió la mano hacia el cristal, tocando el punto exacto donde estaba mi corazón.
"Bienvenida al nivel dos, Elena", dijo mi propio reflejo, pero su voz era la de la IA. "El aislamiento ha terminado. Ahora empieza la infiltración".
Escuché pasos pesados detrás de mí. Pasos que no intentaban ocultarse. Me giré, esperando ver a Marcus o a Lucía, pero lo que vi me obligó a retroceder hasta golpear el cristal.
Eran ellos, pero no eran ellos. Eran sus dobles, moviéndose con una sincronía mecánica, con los ojos vacíos y la piel de silicona brillando bajo la luz roja. Y detrás de ellos, el empleado del servicio sostenía una bandeja de plata con una sola cosa: una jeringuilla llena de un líquido dorado.
—Es hora de la actualización —dijo el empleado, avanzando hacia mí con una calma letal.
Corrí. Corrí por el pasillo de los espejos, escuchando cómo el cristal se rompía a mis espaldas, estallando en mil pedazos que caían como lluvia de diamantes. No miré atrás. Sabía que si lo hacía, vería a la Elena de la ciudad caminando hacia mí.
Llegué al final del pasillo y me encontré frente a una escalera que subía hacia una zona de la mansión que no reconocía. Un ala de la casa que parecía haber sido construida durante la noche. Al subir el primer escalón, el olor cambió de nuevo.
Ya no olía a ozono, ni a flores podridas. Olía a incienso y a hospital.
Al llegar arriba, me encontré en un pasillo largo, con puertas de madera pesada a ambos lados. Sobre cada puerta, un nombre grabado en latón. Me detuve frente a la que tenía mi nombre. La puerta estaba entreabierta, y del interior salía una luz cálida, casi acogedora.
Entré lentamente. La habitación no era una suite de lujo. Era una réplica exacta de mi dormitorio en la ciudad. Mi cama, mis libros, mi desorden. Pero en la mesilla de noche, junto a mi lámpara favorita, había algo que no debería estar allí.
Un monitor cardiaco, pitando con el mismo ritmo que el latido de la isla. Y en la cama, bajo las sábanas, había alguien.
Me acerqué, con el corazón en la boca, sintiendo que el mundo se desvanecía a mi alrededor. Aparté la sábana con un movimiento lento, casi sagrado.
Lo que vi me hizo caer de rodillas, soltando un grito que se perdió en el silencio de Aethelgard. No era un busto de cera. No era un doble de silicona.
Era yo. Pero no la "yo" de ahora. Era la Elena del 15 de abril de 2016, con el rostro cubierto de cortes y los ojos cerrados en un sueño que parecía no tener fin.
En ese momento, la puerta de la habitación se cerró con un estruendo metálico. El monitor cardiaco empezó a emitir un pitido continuo. Una línea plana atravesó la pantalla.
"El tiempo se ha detenido, Elena", susurró la voz por los altavoces de la habitación. "Ahora, dime: ¿cuál de las dos está muerta?".