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Amor Sobrehumano El Orígen

Amor Sobrehumano El Orígen

Status: Terminada
Genre:Romance / Vampiro / Completas
Popularitas:730
Nilai: 5
nombre de autor: Liz Eliana Cera

"Antes de la leyenda, existió una verdad oculta entre las sombras del bosque. María Clara solo buscaba sanar con sus brebajes, pero una premonición de muerte y un amor prohibido marcaron su destino para siempre

Precuela de la novela amor sobrehumano

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Capitulo 2 - Salvador es atacado por una joven misteriosa

—¿Por qué mi hermana no se puede enamorar de ningún hombre, mamá? —preguntó Soledad, rompiendo el silencio de la casa.

María se quedó gélida. «No puedo decirle lo que vi en esa premonición», pensó, mientras apretaba las manos contra su delantal.

—Mamá, contesta —insistió la joven al verla perdida en sus pensamientos.

—Porque los hombres son malos —sentenció María con un tono amargo—. Solo quieren enamorar a las jóvenes para después jugar con sus sentimientos. No quiero que eso les pase a ustedes.

Soledad suspiró, intentando suavizar el ambiente con una sonrisa.

—No todos son malos, mamá. Mi papá fue un hombre bueno.

—Solo él —replicó María con severidad—. Los demás son peligrosos. Si tu hermana o tú llegan a sentir algo por alguien, me lo cuentan enseguida. No quiero secretos en esta casa.

—No te preocupes, mamá —respondió Soledad, aunque la inquietud permanecía en el aire.

En la casa de Lori

Mientras tanto, en la sala de la casa vecina, Ángela recibía a María Clara.

—Gracias por darme un poco de las hierbas que conseguiste —dijo Ángela agradecida.

—De nada, lo hice con mucho gusto —respondió María Clara, siempre radiante.

—Espero que esto no te meta en problemas con tu madre.

—Aquí crecen muchas y ella no se va a dar cuenta, no se preocupe —aseguró la joven con una pequeña travesura en la mirada.

Ángela la miró con ternura y le tomó las manos.

—Eres tan buena que te mereces toda la felicidad del mundo.

—Yo ya soy feliz, señora Ángela. Tengo a una hermana a la que quiero y a una madre a la que adoro.

—Lo sé, querida, pero no me refiero a esa felicidad —Ángela sonrió con complicidad—. Me refiero a que seas feliz algún día con un buen hombre y tengas tus propios hijos.

María Clara bajó la mirada, algo apenada.

—¿Usted cree que yo pueda despertar sentimientos en un hombre?

—Claro que sí. Eres hermosa y tan noble que cualquier hombre caería rendido ante ti.

—Yo nunca me he enamorado —confesó María Clara en un susurro—. Pero si eso llega a pasarme, ojalá sea con alguien que me quiera de verdad.

Tras despedirse y prometer que conocería a Lori, la hija de Ángela que regresaba de la ciudad, María Clara se alejó por el sendero. Ángela se quedó en el umbral, viéndola partir con una sombra de tristeza en los ojos.

—Qué muchacha tan noble... lástima que el destino no le depara nada bueno —murmuró para sí misma.

El presagio en la Mansión Pérez

En la opulenta sala de la Mansión Pérez, Alejandra caminaba de un lado a otro.

—¿Qué hace mi hijo, Adela?

—El niño está dormido, señora —respondió la empleada con respeto.

—Mantente pendiente de él. Retírate.

Cuando quedaron solas, Martina, su amiga, no pudo evitar cuestionarla.

—Por lo que veo, quieres más a tu hijo mayor que al bebé que estás esperando, ¿me equivoco?

—No te equivocas —admitió Alejandra sin remordimiento—. Quiero más a mi primer hijo.

—No debería ser así, Alejandra. Tienes que quererlos por igual.

Alejandra se detuvo en seco y la miró con fuego en los ojos.

—Martina, eres mi amiga, pero si vas a decirme todo el tiempo qué debo hacer, mejor dejamos la amistad hasta aquí.

Martina guardó silencio, intimidada. Sin embargo, notó que Alejandra temblaba ligeramente.

—¿Te pasa algo?

—Sí... tengo un extraño presentimiento. Algo me dice que Salvador no va a ser el mismo cuando regrese de la ciudad.

El encuentro en la oscuridad

Lejos de allí, en la penumbra de una cabaña, María buscaba respuestas con una bruja local.

—Tuve un sueño premonitorio —explicó María con la voz quebrada por la angustia—. Mi hija María Clara moría de una manera cruel.

La bruja extendió las cartas sobre la mesa de madera vieja.

—Esa premonición es lo que va a pasarle. Todo sucederá por un hombre que pronto entrará en su vida.

—¡Quiero evitarlo! ¿Qué debo hacer para salvarla? —suplicó María.

—No hay nada que puedas hacer. Está en su destino.

—¡Tiene que haber una forma! —gritó María desesperada—. Te lo suplico como madre, ¡ayúdame!

La bruja suspiró y señaló una carta oscura.

—Solo hay una posibilidad. Por ningún motivo dejes entrar a un hombre en tu casa. Ni siquiera para darle posada. Aquí veo a uno... y es muy peligroso. Podría ser él quien la lleve a la muerte.

María salió de allí con el corazón latiendo desbocado.

Sangre en la carretera

Horas más tarde, la noche había caído por completo. Salvador conducía su auto por la solitaria carretera, con la mente puesta en su hogar.

—Pronto voy a llegar, Alejandra, no te preocupes. Adiós —dijo al teléfono antes de colgar.

De repente, una figura apareció de la nada. Una joven manchada de sangre se atravesó en su camino. Salvador dio un volantazo, los neumáticos chillaron y el auto se detuvo en seco.

—¡Señorita! ¿Está bien? —gritó Salvador bajándose del vehículo.

La joven lo miraba con ojos desorbitados por el terror. Estaba cubierta de un rojo carmesí que no parecía suyo.

—¿Qué le pasó? ¿Por qué tiene sangre? —preguntó él intentando acercarse.

—No puede saberlo... —susurró ella antes de echar a correr hacia lo profundo del bosque.

Salvador, movido por el instinto de ayudar, se internó en la espesura tras ella. Al mismo tiempo, en la casa de María, las hermanas se preparaban. María Clara convenció a Soledad de ir al bosque por unas hierbas urgentes, sin saber que caminaban directo hacia la boca del lobo.

En un claro del bosque, Salvador finalmente alcanzó a la joven.

—Señorita... —jadeó él.

—¡No se me acerque! —gritó ella—. Me llamo Sol... y me he convertido en un monstruo. Váyase, no quiero hacerle daño.

Salvador, sin creer en sus advertencias, le tomó la mano. Estaba helada, como el mármol.

—Confía en mí. Voy a darte toda la ayuda posible.

La abrazó para darle calor, pero en ese instante, el cuerpo de Sol se tensó. El olor de la sangre de Salvador inundó sus sentidos. Una sed insaciable la dominó.

—Le dije que era un monstruo —gruñó ella, mostrando unos colmillos afilados que brillaron bajo la luna.

—¡Dios santo! —exclamó Salvador, pero ya era tarde.

Sol se abalanzó sobre él, hundiendo sus dientes en su cuello con una fuerza sobrehumana. El grito desgarrador de Salvador se perdió entre los árboles, marcando el inicio de una tragedia que nadie podría detener.

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