La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???
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Capítulo 19: Junio
Junio en El Trébol es helado a las siete de la mañana y yo salía con la campera cerrada hasta el cuello, los anteojos empañados por el vapor del mate y la mochila que pesaba más porque llevaba el cuaderno azul a todos lados. Thiago me esperaba en el banco de la esquina aunque él entraba a la una. Llegaba con las manos en los bolsillos y la nariz colorada y siempre tenía algo: un caramelo, un alfajor, una vez una mandarina que le había dado la madre.
El sábado de la primera semana de junio me dijo que Marcela —la madre— quería que fuera a comer el domingo.
—¿A comer? —le pregunté.
—Sí. Hace ravioles. Dice que si no te invito se ofende.
—¿Y tu viejo?
—Va a estar. No muerde.
Le dije que sí. Le dije a mamá en la cena.
—Voy a lo de Thiago el domingo al mediodía.
—¿Comida?
—Sí.
—¿Está la madre?
—Sí. Me invitó ella.
Mamá cortó el tomate más chico.
—Volvés a las cuatro.
—Bueno.
—¿Te van a buscar?
—Voy caminando.
—Llevate bufanda.
Le dije que sí.
El domingo me puse jean, buzo grueso y los anteojos limpios. Me hice la trenza pero me la desarmé antes de salir. Cuando llegué Thiago me abrió con Cacho moviendo la cola.
—Pasá que está helado —dijo.
La casa olía a tuco. Marcela estaba en la cocina con delantal y el padre de Thiago —Jorge— estaba sentado en la mesa leyendo el diario. Era alto como Thiago, mismo pelo, mismos ojos verdes pero con arrugas alrededor.
—Emilia —dijo Marcela—. Sacate la campera que acá está calentito.
—Gracias.
Me senté. Jorge levantó la vista.
—Así que vos sos Emilia.
—Sí.
—Thiago habla bastante de vos.
—Papá —dijo Thiago.
—¿Qué? Es verdad.
Me puse colorada. Marcela me sirvió agua.
—No le des bola —me dijo bajito—. Habla mucho.
Comimos ravioles. Jorge me preguntó por el colegio, por qué materia me gustaba, si pensaba seguir algo. Le dije que Literatura y que todavía no sabía.
—Está bien —dijo—. Tenés tiempo.
Thiago me miraba cada tanto y cuando Marcela se paró a buscar postre me apretó la rodilla abajo de la mesa.
Después del helado Marcela lavó y Jorge prendió la tele. Thiago me dijo “vamos a mi pieza un rato” y yo le dije que bueno.
La pieza era chica: cama de una plaza, escritorio con carpetas, una camiseta del club colgada y una foto del equipo del año pasado donde Thiago tenía el pelo más corto y cara de nene.
—¿Te aburriste? —me preguntó.
—No.
Se sentó en la cama. Yo en la silla del escritorio.
—Mi viejo no es malo —dijo—. Habla poco nomás.
—Se nota.
—¿Te cayó bien?
—Sí.
—Bien.
Se hizo un silencio. Afuera se escuchaba la tele y Cacho rascando la puerta.
—¿Te acordás del sábado de mayo? —dijo después, sin mirarme.
—Sí.
—Yo pienso en eso bastante.
—Yo también.
—Bien.
Se paró, rengueó un paso y se sentó al lado mío en la silla, apretados.
—¿Tu vieja sabe? —preguntó.
—¿Qué?
—Lo nuestro. Todo.
Me quedé pensando.
—No se lo dije. Pero sabe que no sos solo un amigo.
—¿Y?
—No dice nada.
—¿Te jode que no diga?
—No. Me jodería si me lo prohibiera.
Asintió. Me dio un beso corto.
—Te amo, Ríos.
—Yo también, Benítez.
Nos quedamos así hasta que Marcela golpeó la puerta.
—Che, Emilia, son las cuatro.
—Ya voy —dije.
Thiago me acompañó hasta el portón.
—Gracias por venir —dijo.
—Gracias por invitarme.
—El domingo que viene vení de nuevo si querés.
—Veo.
—Bueno.
Me dio un beso y me fui.
En casa mamá me preguntó cómo estuvo.
—Bien. Comimos ravioles.
—¿Te trataron bien?
—Sí.
—¿El padre?
—Bien.
No dijo más. Pero esa noche cuando me dejó el pijama arriba de la cama me lo dejó doblado prolijo, como hace cuando está contenta y no lo dice.
La segunda semana de junio Thiago volvió a entrenar. No fútbol de once, solo trote y ejercicios con el profe. Salía con la rodilla vendada y la cara transpirada y contenta.
—Hoy corrí diez minutos sin que me duela —me dijo el jueves en el banco.
—¡Bien!
—Falta pero voy.
—Claro que vas.
Me dio un beso y me apretó la mano.
El viernes llovió todo el día. No nos vimos. Me mandó mensaje a las diez: “extraño verte aunque te vi ayer.” Le contesté: “yo también. mañana?” Me puso: “mañana.”
El sábado fui a la casa a la tarde. Marcela no estaba, Jorge miraba el partido en la tele y Thiago hacía la tarea de Química en la mesa.
—Me salvaste —dijo cuando entré—. No entiendo una mierda.
Me senté al lado y le expliqué balanceo. Mientras escribía me miraba más a mí que a la hoja.
—Concentrate —le dije.
—Es que me distraés.
—Ya te distraía antes y no me echabas la culpa.
Se rio. —Antes me distraías porque me caías mal.
—¿Y ahora?
—Ahora me distraés porque me gustás.
Seguimos con Química una hora. Cuando terminamos él tiró la birome.
—Listo. Soy libre.
—No sos libre, tenés que estudiar para la prueba.
—Después.
Se acercó y me sacó los anteojos y los dejó en la mesa.
—Te veo mejor sin —dijo.
—Ya me lo dijiste.
—Te lo digo de nuevo.
Me besó. Tenía gusto a mate cocido. Yo le pasé las manos por la espalda y sentí que ya no estaba tan flaco como en tercero.
Nos quedamos en el sillón. Él con la pierna estirada en el almohadón y yo acostada con la cabeza en su pecho. La tele pasaba un partido que no mirábamos.
—¿Te acordás cuando me decías Cuatro ojos? —le pregunté.
—Sí. Y me quiero matar cada vez que me acuerdo.
—No te mates.
—No. Mejor te digo te amo.
—Mejor.
—Te amo.
—Yo también.
Nos reímos bajito. Cacho se subió al sillón y se echó entre los dos.
—Cacho alcahuete —dijo Thiago.
—Déjalo.
Nos quedamos así hasta que oscureció. A las siete me paré.
—Me voy.
—Quedate cinco más.
—Cinco.
Nos dimos cinco. Después otros cinco. Cuando me fui eran las siete y veinte.
En la puerta me abrazó fuerte.
—El lunes te espero —dijo.
—Ya sé.
—Igual te lo digo.
—Bueno.
Caminé a casa con frío en la nariz y calor en el pecho.
Mamá me abrió.
—Llegaste tarde.
—Veinte minutos.
—Está bien. ¿Comiste?
—Sí.
—Bueno.
No me retó.
Esa noche escribí en el cuaderno azul. Tres carillas. Puse la fecha 14/6 y conté la comida del domingo, lo del padre que no muerde, la pieza con la camiseta colgada, el “pensé todo el día en vos” que no me dijo pero se le notaba, el trote de diez minutos, el “te veo mejor sin” y el Cacho en el sillón.
Al final puse: Junio. Volvió a entrenar. Me invitó a comer y fui y no fue raro. Me preguntó si me arrepentía y le dije que no. No me arrepiento. Me da miedo a veces que se termine cuando se vaya a Rosario, pero falta un montón. Ahora me espera en el banco y me lleva ravioles en un tupper cuando Marcela hace de más.
Lo cerré.
El lunes me esperó con el tupper. Tenía ravioles fríos.
—Para que no digas que no te llevo nada —dijo.
Me reí y lo guardé en la mochila.
—¿Te los comés en el recreo? —preguntó.
—Sí.
—Bueno.
Nos besamos en la esquina y me fui al colegio. En Literatura Susana nos hizo leer en voz alta y cuando me tocó me tembló un poco la voz. No por el texto. Por pensar que a la salida Thiago iba a estar en el banco aunque entrara tres horas después.
Y estaba.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia