NovelToon NovelToon
CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: La puerta negra

Lía no durmió.

No porque el colchón del cuarto de huéspedes fuera incómodo —era de esos que te hacen pensar que podrías quedarte ahí toda la vida y nunca más te dolería la espalda—, sino porque el anillo no dejaba de latir.

No era metáfora. Cada tanto, una pulsación suave, como un segundo corazón, le subía por la muñeca hasta el pecho y se apagaba. Pum. Pum. Cada vez que lo hacía, la ciudad allá abajo parecía bajar un poco el volumen.

A las 3:41 am se levantó. La foto de Mateo estaba apoyada contra la lámpara de la mesa de luz. En la foto tenía brackets y el buzo del colegio. “No llores, enana, si llorás parezco el sentimental.”

Se puso las zapatillas sin atarlas. El departamento estaba en silencio total. Ni heladera, ni cañerías. Como si el edificio estuviera suspendido fuera del tiempo.

Caminó descalza hasta el living. La puerta negra seguía ahí al fondo del pasillo, pero ahora parecía más cerca. O el pasillo más corto.

No la iba a abrir. Solo quería comprobar que no estaba loca.

Se paró a medio metro. El picaporte de hierro no humeaba ahora. Estaba frío. Tan frío que le dolieron los dedos cuando lo rozó sin querer.

Y la voz volvió.

Lía.

No dentro de su cabeza esta vez. Del otro lado de la madera.

—Andate a dormir —dijo, y su propia voz sonó demasiado alta en ese silencio.

La puerta no contestó. Pero el símbolo del anillo —las tres líneas cruzadas dentro del círculo— se iluminó un segundo. Luz roja, tenue, como brasa. Después se apagó.

Lía retrocedió hasta la cocina, abrió la heladera por hacer algo. Adentro había agua, frutas cortadas en tuppers, y tres botellas de vino sin etiqueta. Agarró una y leyó la contraetiqueta. No tenía país de origen. Solo un número: Año 1712.

La dejó donde estaba.

Volvió al cuarto. El anillo ya no latía.

Cuando cerró los ojos, soñó con fuego que no quemaba.

8:07 am.

El celular vibró. Número desconocido.

—Señorita Vargas, soy la doctora Peralta del Hospital Central. Mateo entró a quirófano hace diez minutos. Todo estable. La llamo cuando salga.

Lía se sentó en la cama de golpe. El alivio le aflojó las piernas.

—Gracias. Gracias, doctora.

Cortó. Se quedó mirando la pantalla. Tenía 37 mensajes de Ruiz: Contrato original en la caja fuerte (clave 6621). No salgas del edificio sin avisar. No uses redes. No invites a nadie.

Ningún mensaje de Damián.

Se duchó con agua tan caliente que el espejo quedó blanco. Se vistió con lo único decente que traía: jean y la remera negra que usaba para entrevistas. Cuando salió al living, había una bandeja sobre la mesa ratona. Café recién hecho, medialunas, jugo de naranja. Nadie a la vista.

—¿Hola? —dijo.

Nada.

Sobre la bandeja, una nota escrita con la misma letra plateada del sobre:

No salgas hoy. – D.

Lía arrugó el papel.

A las 10:12 am, sonó el timbre del ascensor privado. Ruiz, con otro traje gris y la misma sonrisa de diente faltante.

—Buen día, señora Blackwell.

—No me digas así.

—Es lo que firmó. —Dejó una carpeta sobre la mesa—. Documentos para la cobertura de su hermano, tarjetas a su nombre, acceso al gimnasio del piso 40. Y esto.

Le dio una tarjeta negra sin nombre. Solo el símbolo del anillo grabado en relieve.

—Acceso total al edificio. Menos piso 66 ala oeste. Ya sabe.

—¿Dónde está él?

—Trabajando. —Ruiz la miró de arriba abajo—. Consejo gratis: no lo busque. Los matrimonios por contrato duran más cuando nadie se mete en lo que no entiende.

—¿Y si quiero entender?

—Entonces prepárese para no gustarle lo que vea. —Se ajustó el saco—. Ah. Y no atienda el teléfono fijo. No está conectado a ninguna línea.

Se fue.

Lía se quedó con la tarjeta en la mano. La giró. Del otro lado, grabado muy chico: AZAZEL.

Se le heló la sangre.

Lo googleó. Azazel — ángel caído, líder de los Grigori, enseñó a los hombres la forja de armas y a las mujeres el uso de cosméticos. En el Libro de Enoc, encadenado en el desierto hasta el juicio final.

Cerró la pestaña.

A las 14:36, la doctora Peralta volvió a llamar.

—Salió todo perfecto. Está en recuperación. Va a estar dormido unas horas, pero los signos son excelentes.

Lía lloró en el baño con la puerta cerrada. Sin ruido. Como había aprendido a llorar desde los doce.

Cuando salió, la puerta negra del fondo estaba entreabierta.

Cinco centímetros. Suficiente para ver que adentro no había luz.

Se acercó sin pensar. El corazón le iba a mil. La cláusula 4 le gritaba en la cabeza: Prohibido el ingreso.

Puso la mano en la madera. Empujó.

No era una oficina.

Era un templo.

Redondo, sin ventanas. Paredes de piedra negra pulida, como obsidiana. En el centro, un círculo grabado en el piso, enorme, lleno de símbolos que no eran letras. Líneas, ojos, bocas abiertas. Y en las paredes, velas negras que ardían sin consumirse, con llama azul.

Al fondo, un escritorio de madera oscura. Sobre él, papeles, un cuchillo antiguo y un cuenco de piedra con algo rojo y espeso que no era vino.

Y en la pared del fondo, colgada como trofeo, una máscara distinta: de hierro, con cuernos cortos curvados hacia atrás.

Damián estaba de espaldas, sin saco, sin guantes. La camisa blanca pegada a la espalda por el sudor. Se estaba lavando las manos en una pileta de piedra.

Cuando se giró, no llevaba la máscara de porcelana.

Lía se olvidó de respirar.

No era feo. Era imposible. Piel pálida perfecta, mandíbula marcada, labios finos. Pero los ojos… los ojos eran completamente negros, sin blanco, sin iris. Y cuando la vio, algo rojo se encendió en el centro, como brasa viva.

—¿Quién te dio permiso? —dijo él. No gritó. Fue peor: lo dijo bajo, y cada palabra le vibró a Lía en los dientes.

—La puerta estaba abierta.

—Mentira. —Avanzó un paso. Las velas se inclinaron hacia él—. Los demonios no pueden mentir en un contrato. Los humanos sí.

—¿Demonios?

Él se detuvo. Inclinó la cabeza, como si la estudiara.

—Vos firmaste. Vos aceptaste el precio. ¿Y ahora te hacés la sorprendida?

—Firmé un matrimonio, no un pacto satánico.

Damián se rió. Una risa corta, sin humor.

—Satán es un empleado de quinta. Yo soy Azazel. Príncipe del segundo círculo. Y vos, Lía Vargas, sos mi ancla.

—¿Ancla de qué?

—De esto. —Se señaló el pecho. Cuando lo hizo, las líneas del círculo en el piso se iluminaron rojas—. Sin un vínculo humano, mi forma se descompone en este plano. Cada día que paso acá me cuesta más mantenerla. El matrimonio me da siete años. Después de eso… o te quedás conmigo para siempre, o tu alma paga el anclaje.

Lía sintió que el piso se movía.

—Eso no estaba en el contrato.

—Cláusula siete, Anexo A. —Señaló el cuenco—. Sangre sobre papel. Lo leíste cuando firmaste.

—Vos dijiste que no había Anexo A.

—No podés leer lo que no querés ver. —Se acercó otro paso. Ahora estaba tan cerca que Lía vio su reflejo en esos ojos negros—. ¿Querés anularlo? Decilo. Decí “renuncio” tres veces y se termina.

—¿Y Mateo?

—Mateo muere en la mesa de recuperación en tres minutos. —Lo dijo sin parpadear—. Porque el contrato ya se cobró. La vida a cambio de la vida.

Lía quiso gritar, correr, pegarle. No hizo nada. El anillo le quemó el dedo.

Damián la miró fijo y algo cambió en su cara. No suavidad. Cansancio.

—No te pedí que me creas. Te pedí que no entres.

Se dio vuelta, agarró la máscara de hierro de la pared y se la puso. Cuando volvió a mirarla, ya era el CEO otra vez. Frío. Distante.

—Salí. Y cerrá la puerta.

Lía salió. La puerta se cerró sola detrás de ella con un golpe seco.

Apoyó la espalda contra la pared y se deslizó hasta el piso. El corazón le iba tan fuerte que pensó que se iba a desmayar.

El celular vibró.

Doctora Peralta: Mateo despertó. Preguntó por vos. Está desorientado, habla dormido.

Doctora Peralta: Dijo una frase que no entiendo. La anoté textual: “El de los ojos negros ya la marcó. No la dejen sola.”

Lía levantó la cabeza.

La puerta negra ya no estaba entreabierta.

Pero en el picaporte, ahora había cinco marcas de dedos quemadas en el hierro. Como si alguien del otro lado hubiera intentado salir.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play