Renace en un mundo mágico, dispuesta a cambiar su destino, recuperar lo que le pertenece y vengarse de quienes la lastimaron.
*Esta novela pertenece a un mundo*
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Mansion Moriarty 1
El carruaje finalmente se detuvo.
El sonido de las ruedas cesó.
Y con ello… el viaje.
Ophelia, que hasta ese momento había estado completamente entregada a él, se separó apenas al notar la quietud.
Se giró hacia la ventana.
Y sus ojos se abrieron con sorpresa.
Frente a ellos, alzándose sobre la montaña, estaba la mansión.
Enorme.
Imponente.
De piedra oscura, elegante y firme, como si hubiese sido esculpida para resistir siglos de frío y viento.
Rodeada por un paisaje helado que la hacía aún más majestuosa.
—Es… preciosa… su mansión —murmuró Ophelia, completamente absorbida.
El duque la observó.
Y en ese instante…
Sintió algo.
Un pequeño vacío.
Breve.
Pero claro.
Porque su atención ya no estaba en él.
Estaba allá afuera.
En ese lugar.
En su mundo.
Y luego vino otro pensamiento.
Más profundo.
Más incómodo.
Ella lo había dicho..
“su mansión.”
No nuestra.
No suya también.
Como si aún no entendiera.
Como si no comprendiera que, al cruzar esa puerta…
Todo eso sería también de ella.
El duque no dijo nada.
Solo la miró un segundo más.
Ya lo entenderá, pensó.
Y cuando lo haga…
Se lo demostraría.
La puerta del carruaje se abrió.
El aire frío entró de golpe.
El duque bajó primero.
Luego extendió la mano.
Ophelia la tomó.
Y descendió con cuidado.
Apenas puso un pie en el suelo..
Las miradas comenzaron.
Sirvientes.
Guardias.
Personas del lugar.
Todos observaban.
Pero no con curiosidad amable.
Sino con recelo.
Con desconfianza.
Algunos incluso…
Ni siquiera hicieron la reverencia correspondiente.
El silencio se volvió tenso.
Pesado.
Y el duque lo sintió.
De inmediato.
Su expresión cambió.
Sus ojos recorrieron a cada uno de los presentes.
Fríos.
Letales.
Como una advertencia clara.
—Ella es Lady Ophelia.
Su voz resonó firme.
Sin alzarla.
Pero con una autoridad imposible de ignorar.
—Será la duquesa de estas tierras.
Una pausa.
Pesada.
—Y será respetada como tal.
Sus ojos se endurecieron aún más.
—Quien no lo haga… asumirá las consecuencias.
No hubo necesidad de decir más.
El mensaje fue claro.
Absoluto.
Irrefutable.
Algunos bajaron la mirada de inmediato.
Otros se tensaron.
Pero nadie volvió a ignorarla.
Ophelia, ajena a la tensión real que acababa de formarse, dio un pequeño paso al frente.
Y sonrió.
Cálida.
Cercana.
Como si no hubiera notado el ambiente.
—Es un gusto conocerlos —dijo con suavidad.
Su voz contrastaba completamente con la del duque.
Ligera.
Humana.
Y eso…
Descolocó aún más a quienes la observaban.
El duque, a su lado, no apartó la mirada de los presentes.
Y cada vez que alguno se atrevía a mirarla un segundo más de lo necesario…
Lo fulminaba.
Sin disimulo.
Como marcando territorio.
Como dejando claro…
Que no solo debían respetarla.
Sino también…
No atreverse a cruzar ciertos límites.
Y así, entre miradas tensas y sonrisas suaves…
Ophelia dio su primer paso dentro del reino de Sunderland.
Sin saber aún…
Que no solo había llegado a un nuevo hogar.
Sino a un lugar donde todos la observaban.
Y donde el hombre a su lado…
No pensaba permitir que nadie la tocara… ni siquiera con la mirada.
Al cruzar las puertas de la mansión, el cambio fue inmediato.
El interior era aún más impresionante que el exterior.
Altos techos.
Candelabros encendidos.
Tapices gruesos que protegían del frío.
Y en el gran salón principal…
Una mesa larga, elegantemente preparada, rebosante de comida.
Platos calientes.
Pan recién horneado.
Carnes, sopas, dulces.
Todo dispuesto como si llevaran horas esperándolos.
Ophelia se detuvo apenas al verlo.
Sus ojos brillaron.
—Es… increíble… —murmuró, sonriendo con genuina gratitud.
Se acercó unos pasos.
—Muchas gracias —dijo con dulzura hacia los sirvientes.
Su reacción fue natural.
Agradecida.
Cálida.
Y eso contrastaba profundamente con la tensión que aún flotaba en el ambiente.
El duque, en cambio…
Apenas miró la mesa.
Para él, aquello era secundario.
Lo único que realmente quería…
Era llevarla directamente a su habitación.
Alejarla de todas esas miradas.
Tenerla solo para él.
Pero se contuvo.
No por falta de deseo.
Sino por ella.
Porque sabía…
Que ese momento debía hacerse bien.
Correctamente.
Respiró lento.
Y con voz firme, sin levantarla demasiado, dio la orden..
—Preparen todo.
Una pausa.
—La boda se realizará.
Los sirvientes reaccionaron de inmediato.
El movimiento comenzó.
Instrucciones.
Pasos rápidos.
Preparativos urgentes.
Ophelia giró hacia él, sorprendida.
—¿Tan pronto?
El duque la miró.
Directo.
—Tres días.
Hubo un segundo de silencio.
Y luego..
—¡Wow! —exclamó ella, sonriendo ampliamente
—Me encanta.
Su felicidad era evidente.
Ligera. Sincera.
Como si todo fuera una emocionante aventura.
Y esa reacción…
Le gustó más de lo que esperaba.
El duque la observó en silencio.
Con esa expresión ladeada que comenzaba a aparecer cada vez más seguido.
Esa mezcla de satisfacción… y algo más oscuro.
Porque ahora.. Ella estaba en su tierra.
En su dominio.
Dentro de su mundo.
Y en tres días…
Sería oficialmente su esposa.
Su duquesa.
Y entonces…
Ya no habría límites.
Ya no habría pausas.
Ya no habría “aún no”.
Sus ojos se posaron en ella con una intensidad contenida.
Mientras Ophelia seguía sonriendo, ajena a la profundidad de esos pensamientos.
Y el duque…
Sonrió apenas.
Ladino.
Convencido.
Porque en su mente, todo ya estaba decidido.
Ese pequeño conejo…
Había llegado a su guarida.
Y esta vez…
No pensaba dejarla ir jamás.
Los días siguientes pasaron como un torbellino.
Vestidos.
Joyas.
Decoraciones.
Sirvientes entrando y saliendo.
Órdenes que iban y venían sin descanso.
Ophelia vivía todo con una mezcla de emoción y curiosidad, mientras Nanny no se separaba de ella, asegurándose de que todo estuviera perfecto.
La mansión entera parecía girar alrededor de la inminente boda.
Y, sin embargo…
El equilibrio era frágil.
Pobre Duque con sus hijos😂