Wishcalia es una mujer de carácter férreo: fuerte, dominante y acostumbrada a que nadie le doble la voluntad.
Al conocer a Alexander, un amor profundo e inesperado nace entre ellos. Se casan, forman una hermosa familia y llenan su hogar de risas y hijos. Juntos parecen invencibles.
Sin embargo, la armonía se quiebra cuando su suegra empieza a manipular y sembrar conflictos con sus intrigas. Como si eso no fuera suficiente, el primer amor de Alexander reaparece con una pasión renovada, removiendo viejos sentimientos y poniendo a prueba los límites de su matrimonio.
Entre celos, secretos familiares y deseos del pasado que resurgen con fuerza, Wishcalia deberá usar toda su fuerza y astucia para proteger lo que más ama. Porque en esta historia, incluso la mujer más poderosa puede verse obligada a luchar por su felicidad.
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Sombras en el paraíso
A la mañana siguiente, el sol entraba a raudales por los ventanales de la mansión, pero Wishcalia sentía un frío que no provenía del aire acondicionado. Se había levantado temprano, como siempre, y preparaba el desayuno de los niños con movimientos precisos y controlados. Mateo, de cuatro años, jugaba con sus autos en la isla de la cocina, mientras Sofía, de dos, aplaudía cada vez que su madre le ponía un trozo de fruta en el plato.
—Mami fuerte —dijo Sofía con su vocecita dulce, extendiendo los bracitos.
Wishcalia sonrió y la levantó en brazos, besándole la frente.
—Siempre, mi amor. Nadie nos va a hacer daño.
Alexander bajó las escaleras con el cabello aún húmedo de la ducha. Llevaba una camisa blanca remangada que resaltaba sus brazos bronceados. Se acercó por detrás y la rodeó con los brazos, pero ella se tensó ligeramente.
—Buenos días, mi reina —murmuró contra su cuello.
—Buenos días —respondió ella sin girarse del todo—. ¿Dormiste bien?
Él suspiró y la soltó con cuidado. Sabía reconocer cuando Wishcalia ponía distancia.
—Escucha… sobre anoche. Mi madre solo estaba siendo ella misma. Ya sabes cómo es. Le encanta meterse donde no la llaman.
Wishcalia se dio la vuelta lentamente, limpiándose las manos en un paño de cocina. Sus ojos oscuros lo miraron con esa intensidad que hacía retroceder a cualquiera.
—Tu madre no “se mete”. Ella ataca con precisión. Y tú le permites hacerlo. Anoche olías a su perfume favorito y a whisky caro. No me insultes la inteligencia, Alexander.
Él pasó una mano por su cabello, frustrado.
—No fue nada. Solo una cena rápida para hablar de la empresa. Camila apareció por casualidad en el restaurante. Mi madre la invitó a sentarse un momento. Nada más.
—¿Casualidad? —Wishcalia soltó una risa seca—. Después de años fuera del país, Camila regresa justo ahora y “casualmente” cena con tu madre. Qué conveniente.
Mateo levantó la vista de sus juguetes, sintiendo la tensión en el aire.
—¿Papá y mami pelean?
—No, cariño —dijo Wishcalia al instante, suavizando la voz. Se agachó y le revolvió el cabello—. Solo estamos hablando. Termina tu desayuno.
Alexander se acercó a ella, bajando la voz.
—Wishcalia, confía en mí. Camila es pasado. Tú eres mi presente y mi futuro. Nuestra familia es lo más importante.
Ella lo miró fijamente durante varios segundos. Luego dio un paso adelante y colocó una mano sobre su pecho, justo donde latía su corazón.
—Entonces demuéstralo. Dile a tu madre que esta casa tiene reglas. Y que si quiere seguir viendo a sus nietos, debe respetarlas. No quiero volver a oír el nombre de Camila bajo este techo.
Alexander asintió, aunque su mandíbula estaba tensa.
—Lo haré.
Esa tarde, Wishcalia decidió no ir a la oficina. En cambio, se quedó en casa y jugó con los niños en el jardín. Ver a Mateo corriendo detrás de una pelota y a Sofía intentando imitarlo le recordaba por qué había bajado la guardia por primera vez en su vida. Esta familia era suya. La había construido con esfuerzo y amor. Nadie se la iba a quitar.
Pero el teléfono sonó a media tarde. Era Elena.
—Wishcalia, querida —dijo la suegra con su voz melosa—. Quería invitarte a un almuerzo mañana. Solo nosotras dos. Para aclarar las cosas. Sé que ayer fui un poco brusca.
Wishcalia apretó el teléfono con fuerza.
—No creo que sea necesario, Elena. Ya dije lo que tenía que decir.
—Oh, vamos. No seas tan dura. Somos familia. Además, tengo algunas fotos antiguas de Alexander que pensé que te gustaría ver. De cuando era más joven… con Camila. Para que veas que no hay nada que temer.
El veneno estaba ahí, disfrazado de buena intención.
Wishcalia respiró hondo. Su voz salió calmada, pero cada palabra era una advertencia.
—Escúchame bien, Elena. No me interesan tus fotos ni tus recuerdos. Si quieres verme, ven a mi casa. Pero si vuelves a mencionar a Camila o a insinuar que soy menos para tu hijo, te aseguro que las cosas van a cambiar. Y no te va a gustar cómo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Entiendo —dijo Elena finalmente, con un tono más frío—. Eres una mujer… fuerte. Pero recuerda que la fuerza a veces aleja a las personas.
La llamada terminó.
Wishcalia se quedó mirando el teléfono, con el pulso acelerado. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el control se le escapaba de las manos. No era miedo. Era rabia. Una rabia contenida y peligrosa.
Esa noche, después de bañar a los niños y leerles un cuento, Wishcalia se metió en la ducha. El agua caliente caía sobre su piel mientras intentaba relajarse. Alexander entró al baño poco después, desnudándose sin decir nada. Se metió bajo el chorro con ella y la abrazó por detrás.
—Te amo —susurró—. No lo dudes nunca.
Ella se giró entre sus brazos y lo miró a los ojos. El vapor los envolvía.
—Entonces protégeme de tu madre. Porque si ella sigue empujando, yo voy a empujar más fuerte. Y no voy a perder.
Alexander la besó con intensidad. El beso se volvió urgente, lleno de la pasión que siempre había existido entre ellos. Wishcalia tomó el control, como siempre, empujándolo contra la pared de mármol. Sus manos recorrieron el cuerpo de él con posesión. Esta noche no era solo deseo. Era una afirmación: él era suyo.
Hicieron el amor con la misma intensidad de los primeros tiempos. Wishcalia marcaba el ritmo, exigiendo y entregándose al mismo tiempo. Cuando terminaron, exhaustos y abrazados bajo las sábanas, Alexander le acarició el cabello.
—Eres increíble —murmuró—. Mi mujer indomable.
Ella sonrió contra su pecho, pero no dijo nada. Por dentro, una voz le repetía que la guerra apenas comenzaba.
Al día siguiente, mientras Wishcalia revisaba correos en su despacho de casa, recibió un mensaje de un número desconocido.
“Alexander siempre fue mío primero. Solo vine a recordárselo. No te preocupes, no quiero destruir tu linda familia… todavía.”
Adjunto venía una foto antigua: Alexander y Camila abrazados en una playa, riendo felices. La fecha del teléfono indicaba que la imagen había sido enviada hacía solo minutos.
Wishcalia miró la pantalla durante largos segundos. Luego, con movimientos lentos y deliberados, guardó el número como “Camila”.
Se levantó, caminó hasta la ventana y observó el mar. Sus puños se cerraron con fuerza.
—Quieres guerra —susurró para sí misma—. Pues la tendrás.
No era una mujer que se quebrara fácilmente. Era Wishcalia. Y si alguien pensaba que podía entrar en su vida y quitarle lo que había construido con sangre, sudor y amor, estaba muy equivocada.
La suegra había abierto la puerta.
Camila acababa de cruzarla.
Ahora era su turno de cerrar las salidas.