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Los Que No Huelen

Los Que No Huelen

Status: Terminada
Genre:Omegaverse / Mundo de fantasía / Héroes / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

historia de Alfas, omegas y betas

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17 — São Paulo

São Paulo no duerme. A las seis de la tarde, cuando el auto nos dejó en Barra Funda, la ciudad era bocinas, olor a lluvia sobre asfalto caliente y gente que pasaba sin mirarte a la cara. Eso último era nuevo: en El Trébol te miraban el brazalete antes que los ojos. Acá nadie buscaba gris, rojo o blanco. Buscaban la cartera.

El contacto —un beta flaco con remera de Corinthians y brazalete viejo en la muñeca pero dado vuelta— nos llevó a un edificio sin ascensor en Santa Cecília. Tercer piso. Departamento chico, dos cuartos, gotera en el baño. En la mesa había una impresora, una pila de resmas y una notebook con sticker de sindicato.

—Acá se imprime —dijo—. Ustedes dicen qué. Nosotros lo sacamos. Mañana a la mañana hay marcha de enfermeros en Paulista. Reparten volantes. Si lo meten ahí, llega.

Valenti dejó la mochila en el piso y se paró al lado de la ventana, mirando abajo sin abrir la cortina. Elián se tiró en el sillón —ya sin clase A, pero todavía flojo— y cerró los ojos. Yo me quedé con el sobre del Turco en la mano.

—Lo armamos esta noche —dije.

El beta asintió y se fue. “Vuelvo a las diez. No abran a nadie.”

Nos quedamos solos. Por primera vez desde Las Palmas con puerta que cerraba y sin nadie escuchando del otro lado.

Empezamos a pasar en limpio la lista. Ciento dieciséis nombres del pendrive, cuarenta y dos de Lemos. Yo leía, Valenti dictaba, Elián subrayaba con marcador los que todavía estaban vivos según Lía. Beta hace lista. Beta sabe cómo se ordena el mundo cuando el folleto miente.

A las nueve Elián se quedó dormido en el sillón, con el marcador en la mano y la cabeza caída para el costado. Valenti le sacó el marcador sin despertarlo y le puso una campera encima. Después se quedó mirándolo dos segundos más de lo necesario.

—No va a aguantar otra fuga si entra en celo —dijo, bajo.

—No —contesté.

Se dio vuelta hacia la cocina. Yo fui atrás. No había mucho: pileta, heladera que hacía ruido, ventana chica que daba a un patio interno. Valenti se apoyó en la mesada y se pasó la mano por la nuca, donde tenía la cicatriz de la Pretoriana.

—En el camión —dijo sin mirarme—. Cuando le agarraste la mano abajo del asiento.

Me quedé quieto.

—¿Qué?

—Lo vi. —Se dio vuelta—. No me molesta.

Beta no sabe responder a eso. Yo tampoco supe.

—A mí tampoco —dije al final—. Lo de ayer. Acá. Cuando… —no terminé. No hacía falta.

Valenti dio un paso. No grande. Lo justo para que ya no hubiera mesa entre los dos. A esa distancia olía a hierro caliente, sí, pero sin filo. Sin orden. Solo calor.

—No sé cómo se hace esto —dijo—. Alfa con beta no está en el folleto.

—No —contesté—. Por eso lo estamos inventando.

Me miró la boca medio segundo. Después subió a los ojos.

—Olés a tinta —dijo—. Aunque no haya papel cerca.

—Y vos a hierro —dije—. Aunque no estés enojado.

Se rió bajito. Primera vez que lo escuchaba reír de verdad, no el bufido de capitán.

—Quiero tocarte sin que parezca que te estoy cuidando de algo —dijo.

—Entonces tocame —dije.

No fue apurado. Me apoyó la mano en la nuca, el pulgar justo donde termina el pelo, y me acercó. Beta no se acerca primero. Esa vez sí. Nos quedamos frente con frente, respirando el mismo aire. Cuando me besó fue corto, cerrado, sin lengua, sin urgencia. Como quien prueba si el agua quema. Quemaba. Pero bien.

Me devolví el beso y le puse las dos manos en el pecho, por arriba de la remera. Sentí el latido rápido. El suyo. El mío.

—No es Ceremonia —susurró contra mi boca.

—No —contesté—. Es elegir.

Me agarró de la cintura y me apretó contra la mesada, no para marcar, para no caerse. Yo le metí los dedos en el pelo cortísimo, ahí donde tenía la cicatriz. No se apartó.

Nos separamos porque del sillón vino un ruido: Elián se dio vuelta dormido y murmuró algo. Valenti apoyó la frente en la mía un segundo más y después se corrió medio paso. No por vergüenza. Por no despertarlo.

—Después —dijo.

—Después —dije.

Volvimos a la mesa como si nada, pero cuando pasé a su lado me rozó los dedos a propósito. Beta no olvida cuando lo tocan así.

A las diez volvió el beta de Corinthians con café y pan. Imprimimos toda la noche: ciento cincuenta y ocho nombres en Arial 11, título arriba: LISTA DE REASIGNADOS – CENTRO NACIONAL DE CENSOS 2031-2044. Abajo una línea: No somos error de calibración.

Elián se despertó a las tres y ayudó a abrochar. Cada tanto me miraba a mí, después a Valenti, después bajaba la vista al papel. No decía nada. Pero cuando terminé de abrochar el último paquete me agarró la mano por debajo de la mesa y la apretó una vez. No era celo. Era “vi”.

A las seis bajamos a Paulista con las mochilas llenas. La marcha ya arrancaba. Enfermeros con pancartas, bombos, nadie preguntando por brazaletes.

Valenti me pasó un paquete.

—Repartí.

Repartí. Cuando me crucé con él entre la gente, me rozó el hombro con los nudillos al pasar. No miró. No hacía falta.

En São Paulo, sin folleto, repartimos la lista. Y cada vez que nuestras manos se tocaban al pasarme otro paquete, era sin error de calibración.

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luma
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