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Un Buen Amor

Un Buen Amor

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Yaoi / Amor a primera vista
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar

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Capitulo 1

El despacho de la directora olía a libros viejos y a la humedad que se filtraba por las ventanas mal selladas. León permanecía de pie, erguido como una estatua de mármol, la mirada perdida en un punto fijo de la pared. A su izquierda, Cala respiraba con dificultad, aún con el labio partido y la ropa desaliñada, lanzándole miradas asesinas cada dos por segundo.

—Esto es inaceptable —la directora, una mujer entrada en años con el cabello cano recogido en un moño severo, se frotaba las sienes con una mano mientras sujetaba un expediente con la otra—. León, esta es la tercera vez que llegas a mi despacho por una pelea este mes. Tu expediente académico es impecable, pero tu conducta...

La voz de la mujer se perdía en un murmullo para León. Le daba igual. Si lo expulsaban, si lo echaban al ruedo de la calle, al menos allí no tendría que fingir que respetaba a seres que solo merecían su desprecio. La expulsión sería, de algún modo, una liberación.

—...y usted, Cala, debería dar ejemplo. Es dos años mayor. Madurez, ¿entiende lo que esa palabra significa?

Cala bufó, cruzando los brazos. La reprimenda le resbalaba como el agua sobre el aceite. Su mente ya estaba en otra cosa, en cómo haría pagar a ese Omega rebelde, en cómo lo vería suplicar.

Finalmente, después de un sermón que pareció eterno, los soltaron a ambos con una advertencia final: la próxima vez, la expulsión sería definitiva.

En la biblioteca de la universidad, la luz de la tarde se filtraba entre los estantes altos, creando caminos de polvo danzante. El olor a papel añejo y tinta seca envolvía el lugar en una calma monástica.

Mateo sonreía mientras alcanzaba un libro de la parte más alta del estante para entregárselo a Samuel, un Omega menudito de gafas redondas que intentaba reorganizar la sección de literatura.

—Muchas gracias, Mateo. Eres increíblemente amable —dijo Samuel, apilando con cuidado los libros en sus brazos—. No sé qué haría sin ti.

—No es nada —respondió Mateo, colocando otro volumen en su lugar—. De verdad, me gusta ayudar. Es relajante.

La tranquilidad se quebró como un vaso al caer. Cala irrumpió en la biblioteca dando un portazo que hizo vibrar los cristales de las ventanas. Su humor era pésimo, una tormenta contenida que buscaba dónde descargar su furia. La directora lo había humillado, y esa humillación le quemaba las entrañas.

Su mirada se posó en Mateo. Vio a un joven de rasgos delicados, casi femeninos, con una expresión dulce y una postura sumisa mientras ayudaba al Omega. Una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en su rostro.

—Vaya, vaya —dijo, acercándose con paso cansino—. Eres muy bonito, ¿lo sabías? Sí, definitivamente eres mi tipo.

Cala no se había detenido a olerlo, su naturaleza. Simplemente vio presa fácil. Cuando extendió la mano para tocar a Mateo, un objeto voló por el aire y se estrelló contra su cabeza con un sonido seco y contundente.

¡Crac!

Un libro de tapa dura cayó al suelo. León estaba detrás de Cala, con los ojos llameantes y el puño aún tenso por el movimiento.

—Parece que no lo entendiste la primera vez —dijo León, su voz fría como el acero—. Te voy a dar una paliza cada vez, ¿me oyes? Cada vez que molestes a un Omega.

Todo era un malentendido. León, al ver a Cala acercándose a Mateo, había asumido lo peor. No se había detenido a percibir su aroma, que el joven al que "defendía" era en realidad un Alfa.

Mateo, aturdido por la repentina aparición de su destinado, sintió una punzada en el pecho. Culpa. Porque sabía que estaba dejando que León creyera una mentira. Y duda. Porque si le decía la verdad ahora, quizás ese momento, esa oportunidad de estar cerca de él, se desvanecería para siempre.

León ignoró a Cala, que se sujetaba la cabeza maldiciendo entre dientes, y se acercó a Mateo. Sus ojos, antes duros, se suavizaron al examinarlo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó, y sus manos, sin pedir permiso, comenzaron a revisar a Mateo. Le tocó los brazos, le giró el rostro suavemente para inspeccionar su mandíbula, buscando magulladuras invisibles.

Mateo sintió que el mundo se detenía. De cerca, León era incluso más hermoso. Sus cejas, finas y expresivas, enmarcaban unos ojos color ámbar que en ese momento solo reflejaban preocupación. Su olor, a canela y a algo salvaje, a libertad indómita, lo envolvió por completo.

—S-sí —tartamudeó Mateo, sonrojándose hasta las orejas—. Estoy bien. Gracias a ti.

Instintivamente, sujetó la mano de León entre las suyas. La piel del Omega era suave, pero sus dedos eran largos y fuertes. Manos que sabían defenderse.

—En realidad, yo... —comenzó Mateo, decidiendo que la honestidad era el único camino digno de ese momento.

—¡Otra vez, León! ¿Es que no puedes dejar de meterte en problemas ni un solo día?

Caín, un Beta de expresión cansada y pelo revuelto, apareció por la puerta de la biblioteca. Era el mejor amigo de León, su ancla en un mundo que lo empujaba constantemente al abismo.

—Este idiota estaba a punto de... —empezó a explicar León, señalando a Cala.

Pero Cala, viendo la oportunidad, se puso en pie con un rugido. Ciego de rabia, ignoró a Caín y a Samuel, ignoró todo excepto la nuca de León, que le daba la espalda. Levantó el puño, listo para asestar un golpe traicionero.

Mateo lo vio. Su lobo interior, ese instinto Alfa que había permanecido dormido bajo su apariencia plácida, despertó con un rugido atronador. No hubo pensamiento, solo acción. Su cuerpo se movió antes que su mente, interponiéndose entre el puño y su Omega.

El golpe conectó de lleno en su sien.

Mateo cayó al suelo como un peso muerto. El mundo se desvaneció en un destello blanco, luego en una oscuridad punteada de lucecitas. Todo era confuso, lejano, como si lo observara desde el fondo de un pozo. Pero entonces, una sensación lo ancló a la realidad: una mano tibia, ligeramente temblorosa, que sujetaba la suya con una fuerza desesperada.

Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue un techo blanco y sintió el olor a antiséptico. Estaba en la enfermería. Y allí, a su lado, sentado en una silla que habían acercado tanto a la camilla que parecía parte de ella, estaba León.

El Omega tenía el rostro pálido y los ojos enrojecidos. Al ver que Mateo despertaba, una mezcla de alivio y angustia cruzó por su mirada. Se inclinó sobre él, y con una suavidad que contrastaba con todo lo que Mateo sabía de él, sostuvo su rostro entre las manos.

—¿Te sientes bien? —susurró, como si temiera romperlo—. ¿Te duele algo? ¿Ves bien?

Mateo sonrió. Una sonrisa amplia, genuina, iluminando su rostro a pesar del dolor punzante en la sien.

—Estoy bien —dijo, y su voz sonó ronca—. Estoy bien. Me alegra tanto que no estés herido.

Dejó caer la cabeza sobre la almohada, exhalando un suspiro de alivio. Su Omega estaba a salvo. Eso era lo único que importaba.

León lo miró, consternado. Alguien, por primera vez en su vida, se había interpuesto entre él y el peligro. Alguien había recibido un golpe destinado a él. Y ahora, ese alguien yacía en una cama de hospital y le sonreía como si le hubieran hecho el mejor de los regalos.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó León, y su voz tembló ligeramente. Una sensación extraña le erizaba la piel. Nadie, jamás, lo había hecho sentir así. Era una mezcla de confusión, calidez y un miedo irracional a perderlo.

Mateo lo miró entonces. No como un Alfa mira a un Omega. Lo miró como un hombre mira a otro hombre al que ha decidido proteger con su vida. Sus ojos brillaban con una ternura tan pura, tan inmensa, que a León se le cortó la respiración.

—Porque quería que estuvieras a salvo —respondió Mateo, simplemente.

León sintió que algo se quebraba dentro de su pecho, algún muro que había construido con escombros de desprecio y desconfianza. Sin pensar, volvió a tomar la mano de Mateo entre las suyas, y apoyó la cabeza en el borde de la camilla, justo al lado del brazo de él. Cerró los ojos un momento. La tensión de todo el día, de todos los días, lo aplastaba.

Mateo observó la nuca inclinada del Omega, sus hombros ligeramente caídos. Vio el agotamiento profundo, el peso de ser "el León" todo el tiempo.

—¿Quieres recostarte un momento? —susurró Mateo, dando suaves golpecitos en el espacio libre a su lado en la angosta camilla—. Ven. Te ves agotado. —Su voz era un arrullo, una invitación a la tregua.

León levantó la cabeza, dudó un instante. Su orgullo le decía que no, que los Omegas no se recuestan con desconocidos, y menos en una camilla de hospital. Pero su cuerpo, su alma cansada de luchar sola, le gritaba que sí.

Finalmente, cedió. Se recostó con cuidado, pegando su espalda al costado de Mateo, ocupando el mínimo espacio posible. La camilla era pequeña, y podía sentir el calor del cuerpo del otro a través de las sábanas. Cerró los ojos.

A veces, luchar tanto te agota. Esa sensación de ser tú contra el mundo, de tener que mantener la guardia alta cada segundo, de no poder confiar en nadie... es un peso asfixiante. Un peso que te aplasta lentamente, día tras día.

Pero allí, en esa camilla incómoda, al lado de un desconocido que había recibido un golpe por él, el peso desapareció por un momento. El mundo se redujo a ese calor, a esa respiración pausada, a esa mano que aún sostenía la suya sin apretar, solo... sujetándola.

Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, León se durmió sin sobresaltos. Soñó con un lugar tranquilo, lejos de los Alfas, lejos del odio. Soñó con una sonrisa amable y unos ojos que lo miraban como si fuera algo precioso, no un objeto que debía ser domado.

Mateo no durmió. Permaneció despierto, sintiendo la respiración acompasada del Omega contra su hombro, el peso leve de su cabeza, el aroma a canela y libertad que ahora lo envolvía por completo. Sabía que la mentira sobre su naturaleza aún pendía entre ellos como una espada de Damocles. Sabía que tarde o temprano, León descubriría que era un Alfa. Y le aterraba pensar que, cuando eso sucediera, toda la ternura de ese instante se convertiría en odio.

Pero por ahora, solo por ahora, sostuvo su mano y le prometió en silencio que haría lo imposible por merecer esa confianza que, sin saberlo, le estaban regalando.

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Samuel Hernández
Porfa reúnelos sip🙏 aquí me tienes triste y con el moco tendido 😭solo los quiero ver felices pero siempre tiene que haber alguien que arruina todo 😤 aquí estaré esperando más capítulos 👋
Bunny 🐇: 😭 Es que nuestro León no Pudo con sus inseguridades
total 1 replies
Samuel Hernández
Que hermoso amor 😍 yo quiero un Alfa así de amoroso como Mateo 😗ya dale su merecido a Cala que entienda lo que no le pertenece no lo debe de tocar😤
Ji Sang
si lo protege hasta el final
Marleni Pacheco aguilar
me puse triste es la realidad de muchas mujeres 😿
espero el siguiente capítulo
Marleni Pacheco aguilar
gracias estuvo muy bueno actualización más rápido si plis
Marleni Pacheco aguilar
el capítulo de hoy autora esta super dónde se quedó quiero ver el tema de celos de nuestro Omega
Marleni Pacheco aguilar
Gracias por el capítulo estuvo muy bueno la verdad me gustó mucho pero porfis actualiza el día de hoy 14 de febrero día del amor y la amistad gracias que son para tus seguidoras
Marleni Pacheco aguilar
cuando sale el próximo autora
♥️Lisseth♥️
Excelente gracias
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