historia de Alfas, omegas y betas
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Prólogo
Nací beta. Eso no se dice con orgullo ni con vergüenza, se dice como se dice “nací en El Trébol” o “nací en invierno”. Es un dato. Un sello en la libreta que te dan a los dieciséis, cuando ya te sacaron sangre tres veces y te midieron el pulso mientras te ponen enfrente a un alfa de la Guardia para ver si te tiembla algo. A mí no me tembló nada. A los betas nunca nos tiembla nada. Eso es lo que dicen.
Mi madre me explicó la primera vez que pregunté por qué no podía oler lo que olían los perros del vecino cuando pasaba el hijo del panadero —alfa recién presentado, brazalete rojo recién soldado—. “Porque vos sos el fondo”, me dijo, y me pasó la mano por el pelo como si eso lo hiciera menos feo. “Los alfas son el grito, los omegas el canto. Nosotros somos el silencio para que se escuche.” Tenía diez años. No entendí. A los dieciséis entendí demasiado.
El Censo no es un examen médico. Es una ceremonia. Te forman en fila en el gimnasio de la escuela, te hacen respirar en una máscara con filtros, y después sueltan una cápsula. Dicen que es feromona sintética de omega en pre-celo. A los alfas se les dilatan las pupilas, se les marca la vena del cuello, algunos gruñen sin darse cuenta. A los omegas se les ponen los ojos vidriosos y bajan la cabeza. A los betas… no nos pasa nada. Respiramos. Tosemos un poco por el químico. Nos ponen el brazalete gris y nos mandan a casa con un folleto: “Beta: estabilidad social, productividad laboral, bajo conflicto hormonal”. En el folleto no dice “invisible”. No hace falta.
Trabajo en el archivo del Centro de Clasificación desde los diecinueve. Es trabajo de beta: ordenar, copiar, no preguntar. Escaneo las planillas que llegan con manchas de café y a veces de sangre —cuando un omega se resiste a los supresores—. Las guardo en carpetas que nadie vuelve a abrir, salvo que el Consejo pida una “revisión de pureza”. He visto nombres de compañeros de escuela que un año eran “alfa potencial” y al siguiente “omega confirmado tras segundo celo”. He visto fotos de chicas con los ojos tapados por el parche del supresor y la leyenda “asignada a Lazzari – Ceremonia 12/03”. Ninguna volvió a pasar por el Centro.
Los alfas mandan. Eso lo aprendés antes de saber leer. No porque griten —algunos sí—, sino porque cuando entran a una habitación el aire se acomoda alrededor de ellos. Los omegas bajan la voz sin pensarlo. Los betas nos hacemos a un lado. Es reflejo. No es miedo exactamente. Es saber que si te equivocás con un alfa en celo, la ley está de su lado. Si te equivocás con un omega en celo, la ley también está de su lado, pero el omega termina encerrado y vos terminado.
A los betas nos dejan vivir. Nos dejan trabajar, alquilar, comer. No nos dejan desear. No porque esté prohibido en el código —no hace falta prohibir lo que nadie espera—. Porque el deseo, según todo lo que vi archivar, siempre empieza con un olor. Y nosotros no olemos a nada y no olemos nada.
Eso creía.
El día que entró el Capitán Valenti al Centro no había cita en el sistema. Los alfas de la Pretoriana no hacen Censo. Los alfas de la Pretoriana son el Censo. Y sin embargo ahí estaba, con la cicatriz y la espalda derecha como si todavía cargara el uniforme aunque llevara civil. No miró a nadie. No tenía por qué.
Después salió el chico. Elián Rinaldi. Lo conocía de los diarios, no de persona: hijo único del Consejero, la cara que salía en las fotos de “Juventud y Tradición”. En persona era más chico. Más flaco. Los supresores le dejaban la piel irritada alrededor de las muñecas y una línea blanca en el cuello donde se los cambiaba tarde. Omega. Dominante, decía el informe que después leí sin permiso. No entendía qué significaba “dominante” hasta que Valenti lo sostuvo del codo y vi cómo el alfa apretaba los dientes como si se tragara un grito.
No pasó nada. Literalmente: no se tocaron más que ese segundo, no se dijeron nada que yo escuchara, no se miraron más que de reojo. Pero el aire cambió. Y por primera vez en mi vida de fondo gris, lo sentí. No un olor. Una presión. Como cuando estás bajo el agua y subís demasiado rápido y te duelen los oídos.
Esa noche no dormí. No por ellos. Por mí. Porque me di cuenta de que llevaba ocho años archivando vidas y nunca me había preguntado qué pasaba con los que no querían ser archivados. Con los que no querían el grito ni el canto. Con los que, si pudieran, elegirían el silencio pero no el que les impusieron.
No soy héroe. No soy alfa para romper puertas ni omega para quebrar voluntades con una mirada. Soy beta. Lo único que sé hacer es abrir carpetas, copiar datos y no llamar la atención. Y sin embargo, cuando copié el archivo de Rinaldi, Elián, y lo guardé en un pendrive que escondí en el cajón de las medias, supe que acababa de hacer algo por primera vez que no estaba en el folleto.
No sabía que ese archivo iba a terminar en una huida, en un túnel bajo el Sector 9, en una casa de chapa con gotera donde tres personas iban a dormir en la misma cama porque afuera el mundo los quería muertos o casados a la fuerza. No sabía que iba a aprender que el deseo no siempre empieza con un olor. A veces empieza con una pregunta que nadie te hizo antes: “¿Qué querés vos?”
Esto no es la historia de un alfa que salva a un omega. Tampoco es la historia de un omega que se rebela. Es la historia de cómo un beta dejó de ser fondo. Y de cómo, por una vez, el silencio decidió hablar.