Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 1
Mi vida tiene el sonido de un reloj de pared en una sala de espera: metódico, predecible y desesperadamente vacío.
A las seis de la mañana, el despertador no es una sugerencia, es una orden. Me levanto antes de que el segundo pitido torture mis oídos, porque en mi mundo, la disciplina es la única religión que se profesa con fe ciega. Me quedo sentada en el borde de la cama unos segundos, observando mis pies descalzos sobre la alfombra gris. Todo en mi apartamento es así: gris, beige, blanco roto. Colores que no molestan, colores que no dicen nada, exactamente como la hija que mis padres diseñaron con la precisión de un arquitecto.
—Buenos días, Alicia —le digo a mi reflejo en el espejo del baño.
La mujer que me devuelve la mirada tiene la piel perfecta gracias a una rutina de pasos interminables, pero los ojos cansados de quien lleva años leyendo letras pequeñas. Me recojo el cabello en un moño tan tirante que siento cómo me estira la piel de las sienes. Es mi armadura. Luego viene el traje de sastre azul marino, la blusa blanca con el cuello tan almidonado que me roza la garganta, y los tacones negros. Ni muy altos para no parecer frívola, ni muy bajos para no perder autoridad.
Soy una abogada de éxito. O eso dice el diploma enmarcado en mi despacho de Vázquez & Asociados. Soy la mujer que nunca llega tarde, la que no comete errores tipográficos y la que siempre tiene una respuesta legal para la miseria ajena. Pero, mientras conduzco hacia el bufete, siento que el cinturón de seguridad me aprieta más de lo normal. Siento que me falta el aire, aunque las ventanas estén bajadas.
El día transcurre entre expedientes de divorcios millonarios donde el amor se reduce a quién se queda con el cuadro del salón. Mi jefe, un hombre que huele a tabaco caro y a prepotencia, me deja una pila de documentos sobre la mesa a las cinco de la tarde.
—Alicia, necesito esto para mañana a primera hora. Sé que no te importa quedarte, eres nuestra roca —me dice con esa sonrisa que sabe que soy incapaz de decir que no.
"Nuestra roca". Qué forma tan elegante de decir que no tengo vida.
A las ocho de la noche, cuando el edificio empieza a quedar en silencio, mi teléfono vibra. Es un mensaje de Elena. Elena es el único cabo suelto en mi existencia perfecta, la amiga que mis padres desaprobarían si supieran la mitad de las cosas que hace.
> "Ali, si vuelves a cenar una ensalada frente al ordenador, voy a pedir tu incapacitación legal por aburrimiento extremo. Tienes que venir a 'Anónimos'. No es un sitio, es un escape. Te paso la ubicación. No hagas preguntas, solo ponte algo que no sea azul marino y ven. Confía en mí."
>
Borré el mensaje tres veces. Pero la ubicación se quedó grabada en mi mente como una quemadura.
Llegué a casa y el silencio de las paredes blancas me golpeó como una bofetada. Fui al armario, pero no me detuve en la sección de mis trajes. Subí a la parte más alta, donde guardaba una caja que Elena me había regalado por mi cumpleaños pasado. "Para cuando decidas dejar de ser Alicia y empieces a ser mujer", decía la nota.
Dentro había una peluca de un color rojo tan intenso que parecía sangrar. Un carmesí eléctrico, desafiante. Al lado, una máscara de encaje negro, delicada y misteriosa.
Me solté el moño. Sentí el peso de mi propio cabello cayendo sobre mis hombros y me dio escalofríos. Con las manos temblorosas, me coloqué la peluca. El cambio fue tan drástico que solté un jadeo. Ya no era la abogada. Ya no era la hija de los Vázquez. Era una extraña de ojos brillantes y labios que, por primera vez en años, decidí pintar de un rojo oscuro, casi prohibido.
—Fuera de protocolo —susurré, y mi propia voz me sonó diferente.
Manejé hasta la zona industrial, lejos de los juzgados y los cafés caros. El club no tenía letrero. Solo una puerta negra de metal y un hombre alto, con una máscara veneciana de plata, que me evaluó en silencio.
—La regla es simple —dijo su voz grave—. Aquí dentro, los nombres no existen. El pasado es ruido. Solo importa el aquí y el ahora. ¿Acepta?
Asentí, sintiendo el corazón martilleando contra mis costillas. Me puse la máscara de encaje. Al cruzar el umbral, el olor a sándalo, cuero y perfume caro me envolvió. La luz era violácea, difusa, diseñada para que los rostros fueran solo siluetas.
Fui a la barra y pedí un whisky. El cristal estaba frío, pero mis manos quemaban. Entonces, sentí una presencia a mi espalda. No fue un roce, fue una perturbación en el aire, una ola de calor que me erizó el vello de la nuca.
—Ese color te queda peligrosamente bien —dijo una voz al lado de mi oreja.
Me giré lentamente. Era él. No pude ver sus ojos con claridad tras la máscara de cuero oscuro que llevaba, pero vi su mandíbula firme y una boca que parecía diseñada para la tentación. Sus manos, apoyadas en la barra, eran grandes, de dedos largos y elegantes. Manos que, por alguna razón, quise sentir sobre mi piel en ese mismo instante.
—No se supone que hablemos de colores —respondí, tratando de que mi voz no temblara.
—No estamos hablando. Estamos reconociendo el incendio —contestó él, dando un paso más hacia mí.
Estábamos tan cerca que podía oler su perfume: madera y algo salvaje, como la lluvia antes de caer. En ese club, rodeada de extraños sin rostro, me sentí más vista de lo que me había sentido en toda mi vida bajo las luces de la oficina. Bajo esa peluca roja, Alicia había muerto. Y la mujer que quedaba estaba a punto de cometer el error más delicioso de su carrera pero que aunque el fuego quemara estaba dispuesta a arder.