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ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA OBSESIÓN QUE CRECE.

La semana pasó lenta. De esas lentitudes que pesan, que se te enredan en los huesos como una manta húmeda.

Saber quién era Caeleen no mató la obsesión. La hizo más complicada. Porque ahora, cada vez que su imagen volvía —y volvía siempre, en medio de una página, en el borde de una taza de té que se enfriaba sin que me diera cuenta— tenía que lidiar con dos versiones distintas. El de la cancha vacía, con esa sonrisa arrogante y ese saludo militar que me había dedicado a mí. Y el de la tele, sonriendo desde un pedestal de ceros, bañado en flashes.

¿Fue real? ¿Me lo imaginé? ¿Le sonríe así a cualquiera que lo mira?

Intenté concentrarme en el trabajo. Fue como intentar apagar un incendio con hojas de papel. En medio de una explicación, veía su nuca sudorosa, la gota resbalando por su columna, el instante exacto en que se giró y me escaneó de arriba abajo como si pudiera leerme. Y me quedaba en blanco. La tiza suspendida en el aire. Mis alumnos empezaron a mirarme raro.

—¿Profesor Liáng? ¿Se encuentra bien?

—Sí, sí —mentía—. Solo… pensando.

Pensando. Bonita palabra para decir que me estaba consumiendo.

El martes volví a la clínica.

Mi muñeca estaba perfecta. Llevaba días sin molestias, sin hinchazón, sin nada. Pero ahí estaba yo, empujando la puerta de cristal con el corazón acelerado, dispuesto a inventar cualquier dolor con tal de justificar mi presencia. Un tirón. Un pinchazo. Un "oye, mira qué rojo se me ha puesto de repente". Cualquier cosa.

Necesitaba verlo. Necesitaba confirmar que ese momento había sido real.

Leo me vio entrar y no dijo nada. Solo me sostuvo la mirada desde el mostrador. Esa mirada suya de "en qué lío te has metido ahora". Me senté en la sala de espera y al rato apareció con una carpeta en la mano.

—Enséñamela.

Extendí la muñeca. La palpó tres segundos, justos. Con la eficiencia de quien lleva quince años curando cuerpos y también almas.

—No te duele nada —dictaminó, soltando mi brazo como si quemara—. Pésimo mentiroso. Siempre lo has sido.

Abrí la boca para protestar. Me calló con una mirada.

—No te duele nada —repitió, más despacio—. Viniste a ver si estaba él.

Sentí que me ardían las orejas. Negar era inútil.

—Solo quería…

—Ya, ya —cortó, con un gesto de fastidio cariñoso—. Pues hoy no. Canceló. Compromiso de prensa, según su mánager. Que viene siendo posar con un reloj que vale más que tu piso o sonreírle a un político mientras le estrecha la mano.

Sentí algo raro. Alivio, sí. Pero mezclado con una decepción inmediata. Alivio porque no estaba listo para otra sesión de mirarlo a escondidas. Decepción porque, a pesar de todo, una parte de mí lo había estado esperando. Esperando que me volviera a mirar así.

—¿Y su lesión? —pregunté, tratando de sonar casual. Demasiado casual—. La del hombro. El otro día lo vi… hizo un gesto. Como si le doliera.

Leo arqueó una ceja.

—¿Un gesto? ¿Como cuál?

—No sé —mentí—. Solo parecía que le molestaba.

—Pues no tengo idea —Leo se encogió de hombros—. Conmigo nunca mencionó nada. Y créeme, si un deportista de élite tiene una lesión, no se la calla. Suelen ser bastante quejumbrosos.

Hizo una pausa. Me miró. La de quirófano. La que no dejaba escapar ni un detalle.

—Pero esa no es tu pregunta.

Me sostuvo la mirada. Yo no pude sostenerla.

—Tu pregunta es otra.

Tenía razón. Mi pregunta no era por su hombro. Mi pregunta era por qué me sonrió así. Por qué me saludó. Por qué yo.

—Ven —dijo Leo, y su voz se suavizó—. Ya que viniste, te doy un masaje aunque no lo merezcas. Luego un café. Estás pálido.

Me dejé llevar. La camilla estaba fría. Sus manos empezaron a trabajar en mi cuello, en mis hombros, en esa tensión que llevaba días acumulándose.

Cerré los ojos. Intenté no pensar. Fallé estrepitosamente.

—¿Él… viene siempre solo? —la pregunta salió sola. Como un estornudo. Incontrolable.

Las manos de Leo se detuvieron.

Sentí su mirada en la nuca. El silencio se estiró como chicle.

—Azren. No.

—¡Es solo curiosidad! —me incorporé sobre los codos, sintiéndome ridículo—. Es un personaje interesante. Sociológicamente hablando.

—Sociológicamente hablando —repitió Leo, con una sorna que cortaba—. Claro. Tú siempre tan de estudiar la especie desde lejos. Con la libretita. Nunca te metas, nunca te manches.

Callé. Porque tenía razón. Esa era mi especialidad: observar desde la barrera. Analizar. Pero no participar.

Leo suspiró. Volvió a posar las manos en mi hombro, pero esta vez no para masajear. Como si me sujetara. Como si me sostuviera para lo que venía.

—Ya que preguntas "sociológicamente" —dijo—, te cuento: tu espécimen de estudio a veces venía acompañado. Hace unos meses.

El aire se volvió denso. De repente la camilla era demasiado pequeña, la habitación demasiado cerrada.

—¿Acompañado?

—Un chico —la voz de Leo cambió, más pensativa ahora—. Tranquilo. Delgado. Rubio, creo. O ceniza. No me acuerdo bien. Pero tenía un aire… calmado. Como si nada de esto —hizo un gesto amplio— pudiera perturbarlo. No miraba a Caeleen como si fuera una estrella. Lo miraba como si fuera… una persona.

Calló un momento. Yo ni respiraba. Literalmente. Creo que dejé de respirar.

—Y lo más raro: Caeleen le prestaba atención. De verdad. Hablaban de cosas normales. De un cuadro que habían visto. De una calle con nombre de poeta. De la vida. Y Caeleen escuchaba. Con esa intensidad que tiene para todo, pero sin la agresividad de la competición. Como si ese chico fuera el único capaz de hacerle bajar el volumen.

Hizo una pausa. Larga.

—Era perturbador. Como ver a un toro dejándose conducir con un hilo de seda.

Algo se cerró en mi estómago. Un nudo frío. Un chico. Tranquilo. Que lo calmaba. Alguien que lo miraba como si fuera una persona, no una estrella.

—¿Y ya no viene? —la pregunta salió como un suspiro. Casi no la reconocí como mía.

Leo soltó mi hombro. Se cruzó de brazos.

—No. Hace tiempo. La última vez que vinieron juntos… —sacudió la cabeza—. La cosa se puso fea.

—¿Fea cómo?

—No gritaron. Eso fue lo peor. Fue un susurro. Tensos, cortantes. No entendí lo que decían, pero el aire se cortaba solo de estar cerca. El chico se fue con los ojos brillando —Leo me miró directamente—. No llorando. Brillando. Como si llevara las lágrimas a punto pero se negara a soltarlas.

Hizo una pausa. Yo esperaba. El corazón en un puño.

—Y Caeleen… —Leo midió las palabras. Las pesó una por una antes de soltarlas—. Caeleen, después de que se fue, le dio una paliza a una bicicleta estática. Con las manos. Sin guantes. La dejó hecha un amasijo. Tuve que pedir otra.

El aire se me escapó de golpe. Todo el aire de la habitación. Como si alguien hubiera abierto una ventana al vacío.

No era solo un tipo con una lesión. No era solo una estrella con un hombro dolorido. Era un tipo con una herida por dentro, y esa herida tenía forma de alguien.

De repente, todo encajó. Esa sonrisa arrogante. Ese saludo militar. Esa mirada que me había escaneado entero. No era para mí. Era para cualquiera que estuviera allí. Un gesto vacío de una estrella acostumbrada a ser mirada.

O quizá no. Quizá era justo lo contrario. Quizá era un hombre roto buscando a alguien que lo viera de verdad. Como lo veía ese chico.

No lo sabía. Y esa duda me estaba matando.

—Así que te lo digo claro —la voz de Leo era grave, sin ironía—. ¿Qué estás haciendo, Azren? Esto no es un cuento. Ese tipo no es un personaje de novela. Tiene un pasado complicado, un presente de presión constante, y un carácter de perros. Y tú estás aquí, husmeando en los bordes de su tormenta como si fuera un espectáculo.

Abrí la boca. La cerré. No sabía qué decir. Solo sentía la vergüenza de ser descubierto. Y debajo de esa vergüenza, algo más: una curiosidad enfermiza por ese hueco, por esa herida, por ese chico que había conseguido lo que yo ni siquiera me atrevía a imaginar.

—Vete a casa —dijo Leo, con voz más suave—. Piensa. Y si después de pensar sigues queriendo venir a mirar, al menos tráete un motivo mejor que una muñeca sana. Por tu bien. Y por el suyo.

Me fui.

Me fui con la promesa hueca de no volver a preguntar. Pero era tarde.

El "chico tranquilo" se instaló en mi cabeza como un inquilino que no paga alquiler.

¿Quién era? ¿Un ex? ¿Un amante? ¿Alguien que todavía importaba?

La imagen que construí era difusa pero poderosa: un hombre delgado, rubio ceniza, con una calma que contrastaba con la tormenta Caeleen. Alguien capaz de conducir al toro con un hilo de seda. Alguien que, por la razón que fuera, había soltado ese hilo.

Y Caeleen se había quedado solo. Con los nudillos sangrando y una bicicleta hecha trizas.

La revelación no me dio pena. Me dio otra cosa.

Pensé: ahí hay un hueco.

Y en ese hueco, en ese vacío con forma de otro, mi obsesión encontró combustible nuevo.

Esa noche, soñé con él.

No con Caeleen. Con el otro. Con el chico tranquilo. No tenía rostro, solo silueta. Una presencia calmada que ocupaba un espacio que yo quería ocupar. Y en el sueño, yo estaba al otro lado de una puerta de cristal, mirando. Como siempre. Mirando desde fuera.

Me desperté con el corazón acelerado y una certeza incómoda: no quería ser el que mira. Quería ser el que estaba dentro.

1
fryda~
Esto sonó muy personal 🥹
;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
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