Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.
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Una grieta que se ensancha
El martes por la mañana, Joana atravesó la puerta de cristal del bufete con paso firme, aunque en el fondo cargaba con una maraña de pensamientos que no lograba deshacer. El fin de semana en la casa de Carmen, la abuela de Nick, había sido el respiro que su alma suplicaba: el olor de las rosas, las historias de un pasado seguro y la ternura de aquella mujer la habían anclado a la tierra. Sin embargo, apenas puso un pie en el vestíbulo de mármol, el alivio se disipó como la niebla bajo el sol.
—Te extrañé —escuchó su voz antes incluso de verlo.
El tono era bajo, casi íntimo, y le produjo un estremecimiento que recorrió su columna como una corriente eléctrica. Marco estaba apoyado contra el marco de la puerta de la biblioteca jurídica, con los brazos cruzados y esa sonrisa que siempre parecía presentar un recurso de apelación contra su cordura. Tenía el cabello ligeramente despeinado, la camisa remangada hasta los codos revelando la fuerza de sus antebrazos, y esos ojos oscuros fijos en ella como si el resto del bufete hubiera quedado fuera de foco.
Joana parpadeó, recomponiendo su máscara de socia.
—Buenos días, Marco. —Su voz sonó seca, blindada por un formalismo que intentaba usar como escudo.
—¿Buenos días? ¿Solamente eso? —se quejó él, levantando una ceja con insolencia—. Después de tres días sin vernos, esperaba un encuentro algo más... cálido. Un "yo también te extrañé", tal vez.
—No veo el motivo. He estado ocupada —replicó Joana, evitando su mirada mientras caminaba hacia su despacho privado. Sabía que si sostenía el contacto visual, él notaría el leve rubor que traicionaba su palidez habitual.
Marco no se quedó atrás; la siguió con paso tranquilo y se inclinó sobre su escritorio de caoba en cuanto ella se sentó, observando la pila de expedientes.
—Espero que ese “ocupada” no signifique que has estado intentando aplicarme la ley de olvido.
—Por favor, Marco, estamos en la oficina —le recordó ella en un susurro urgente, mirando hacia la puerta abierta como si temiera que el socio director apareciera de la nada.
Él sonrió aún más, alimentándose de su nerviosismo.
—Justo por eso me gusta provocarte aquí. —Tomó uno de los borradores del contrato de fusión y lo agitó levemente—. ¿Quieres que empecemos a revisar las cláusulas de salida?
“Quieres”. Ese tuteo marcado, ese desprecio por el "usted" al que ella se aferraba como a una tabla de salvación. Marco lo sabía, intuía su debilidad y disfrutaba de la persecución.
Durante la mañana, el bufete estuvo particularmente agitado. Varios asociados junior iban y venían con carpetas de jurisprudencia, pero la auditoría final era el centro de atención. Joana intentaba concentrarse en la técnica legal, pero la presencia física de Marco lo volvía imposible. Al revisar un párrafo, él se inclinaba sobre su hombro, respirándole cerca del oído, invadiendo su espacio personal con una confianza aterradora. Al corregir una errata, su mano pasaba peligrosamente cerca de la de ella, rozando la seda de su blusa.
—Parece que a Joana le ha tocado un asociado muy diligente —comentó un colega de otra sección en voz baja al pasar por el pasillo, intercambiando una mirada cómplice con otro abogado.
Joana se tensó, apretando la mandíbula. Marco, en cambio, se limitó a sonreír con una autosuficiencia que rozaba el escándalo.
—Dedicarme a ella es una cuestión de prioridad absoluta —dijo en un tono perfectamente ambiguo, lo bastante pulido para que nadie pudiera acusarlo de nada, pero lo suficientemente turbio para que Joana sintiera el golpe en el pecho.
Joana apretó su pluma estilográfica contra el papel hasta que la punta casi cedió.
—Concéntrese en el informe de daños, por favor, D’Lorenzo.
Marco se inclinó un poco más, bajando la voz hasta que solo ella pudo percibir la vibración.
—Lo hago, créeme. Aunque a veces el informe es la mejor excusa que tengo para estar a centímetros de ti.
El roce accidental de su brazo contra el de ella fue la gota que colmó el vaso. Joana retiró la mano bruscamente y se levantó, fingiendo que necesitaba buscar un tomo de leyes en la estantería del fondo. Sabía que él había registrado el temblor mínimo en su respiración, una prueba de cargo que Marco guardaría para usarla después.
Por la tarde, mientras revisaban los términos de un acuerdo confidencial, la tensión alcanzó un punto crítico. Marco señalaba un párrafo mal redactado, moviéndose con una agilidad que la rodeaba, y su voz rozaba constantemente el límite entre lo profesional y lo carnal.
—Aquí la lógica no está funcionando —explicó él, señalando el papel—. Pero tú no lo ves porque estás demasiado ocupada huyendo...
Se interrumpió de golpe. Joana lo había mirado directamente a los ojos, cansada de la presión, y soltó sin pensarlo:
—Tú no entiendes nada, Marco.
El silencio que siguió fue absoluto. Ambos se quedaron quietos, como si el tiempo se hubiera congelado en medio de una audiencia. Joana sintió cómo el aire se volvía denso, casi sólido. Había sido un simple desliz, un pronombre que se le escapó en un momento de fatiga defensiva. Pero para Marco fue una sentencia favorable. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, victoriosa.
—¿Tú? —repitió él, saboreando el pronombre como si fuera un vino prohibido—. Al fin suena natural en tu boca. —Bajó la voz, convirtiendo el momento en una confesión—. Así me gustas mucho más.
Joana enrojeció violentamente y apartó la mirada hacia la ventana.
—No haga una montaña de un grano de arena. Fue un error de dicción. Nada más.
—¿Error? —Marco inclinó la cabeza, su sombra proyectándose sobre el escritorio de ella—. No lo creo. Creo que tu autocontrol está empezando a admitir que la distancia es una ficción que ya no te crees ni tú misma.
Ella abrió la boca para presentar una objeción, pero él no le dio el turno de palabra. Se acercó apenas unos centímetros más, permitiendo que su brazo rozara el de ella con una intención deliberada. El resto del equipo estaba en una conferencia telefónica en la sala contigua; estaban, para todos los efectos prácticos, solos en ese despacho lleno de leyes que no podían protegerla de él.
—Cuando me hablas así… cuando me dices “tú”… —pausó Marco, observando cómo el pecho de Joana subía y bajaba con rapidez—, me resulta imposible no imaginarte fuera de este edificio. En una situación donde no haya leyes ni despachos involucrados. Donde solo estemos tú, yo, el peso de mis manos en tu cintura y tus labios buscando los míos...
Joana se irguió de golpe, como si hubiera recibido un impacto.
—¡Marco! —exclamó, girándose hacia él con los ojos encendidos. La indignación luchaba cuerpo a cuerpo con un deseo que ya no podía sofocar—. Esto es un entorno profesional de alto nivel. No puede decir esas cosas aquí...
Él levantó las manos en un gesto de paz fingida, aunque la chispa de victoria en sus ojos era evidente.
—Tranquila, socia. Solo dije que me resulta difícil. No que vaya a hacerlo en este preciso instante. —Se echó hacia atrás, apoyándose en la silla, pero la sonrisa permaneció intacta—. Aunque, debo admitir que disfruto viendo cómo pierdes esa compostura de hierro por mi culpa.
Joana apretó los labios, tratando de encontrar el camino de regreso a su autoridad.
—Tú… Usted… —se corrigió con rabia, frustrada por su propio titubeo—. No me haga perder el tiempo con juegos psicológicos.
Marco soltó una carcajada suave, profundamente satisfecho.
—Me acabas de tutear otra vez. Creo que el juicio está fallando a mi favor, Joana.
Ella lo fulminó con la mirada y se enterró de nuevo en los planos del caso, fingiendo una concentración que no existía. Pero lo sabía. Sabía que Marco había logrado abrir una grieta en su muralla, y lo peor de todo era que esa grieta empezaba a ensancharse, dejando pasar una luz que ella no estaba segura de querer apagar.