Me obligaron a casarme con el duque más frío del Imperio.
Lo juré odiar… hasta que empezó a protegerme.
Un omega orgulloso, un alfa distante y un matrimonio que podría convertirse en amor.
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Capítulo 11 Cuando el norte sangra
La alarma no llegó con campanas.
Llegó en pasos rápidos por los pasillos, en puertas que se abrían con un golpe seco, en voces que bajaban el tono cuando decían la palabra que nadie quería escuchar: emboscada. Caelan estaba en el ala oeste cuando un guardia casi chocó con él al doblar la esquina.
—El convoy del valle bajo no llegó —dijo el hombre, sin aliento—. Hay heridos. El duque salió con un destacamento.
La palabra salió le apretó el pecho.
—¿Dónde? —preguntó Caelan.
—En el recodo del paso gris.
No pidió permiso. No explicó. Elion intentó detenerlo en el patio.
—No es tu lugar ir al frente —dijo su hermano, con una preocupación que no intentaba esconder.
—No es mi lugar quedarme esperando —respondió Caelan—. No cuando los caminos que defendí con palabras están ardiendo.
Tomó un abrigo grueso y montó como pudo. El viento cortaba la piel. El barro hacía traicionero el camino. A cada sacudida, el miedo le recordaba que no estaba hecho para la guerra, pero tampoco para la quietud.
El convoy estaba detenido en una curva del sendero. Un carro volcado, sacos abiertos, una rueda partida. Dos guardias heridos, uno con el hombro mal apoyado, otro con la pierna vendada a medias. El humo era tenue, más señal que incendio.
Blaise estaba allí, la capa salpicada de barro, la mandíbula tensa mientras daba órdenes.
—No persigan más allá del paso —decía—. Quieren que avancemos a ciegas.
Caelan desmontó y se acercó sin pensar en jerarquías.
—¿Está herido? —preguntó.
—No —respondió Blaise—. Ayudé a un guardia. No es mi sangre.
Caelan soltó el aire que había estado conteniendo.
Se arrodilló junto a una mujer del pueblo que sostenía a su hijo.
—Respira lento —le dijo—. El frío no ayuda si te apuras.
No prometió que todo estaría bien. Prometió presencia.
—No intentaron robar —informó un capitán—. Querían cortar la ruta.
—Quieren que tengamos miedo de mover recursos —dijo Caelan—. Que el valle vuelva a quedar aislado.
—Y no lo lograrán —respondió Blaise.
Regresaron al ducado al caer la noche. El cansancio se les había metido en los huesos. La nobleza los esperaba con preguntas que sonaban más a reproches que a preocupación.
—Mover convoyes así es provocar —dijo un consejero—. El norte no puede permitirse idealismos.
—El norte no puede permitirse el cerco —respondió Blaise—. Y no lo haré.
Las miradas se deslizaron hacia Caelan.
—La influencia del prometido del duque empieza a ser evidente.
Caelan sostuvo la mirada.
—La influencia de la realidad también. Solo que incomoda.
El murmullo creció. La palabra influencia se volvió intromisión.
Más tarde, en el corredor que daba a los aposentos, el silencio se les cayó encima.
—No debí llevarlo a esto —dijo Blaise, sin mirarlo—. El norte no es un lugar para impulsos.
—No me llevó —respondió Caelan—. Fui porque quise.
—Pudo haber salido herido.
—Usted también —replicó Caelan—. Y aun así fue.
El cansancio les aflojaba los bordes.
—El Imperio va a intervenir —dijo Blaise—. Cuando el norte sangra, la capital exige estabilidad. Y eso, para ellos, tiene un nombre: nuestro matrimonio.
Caelan sintió el golpe seco de la palabra.
—¿Cree que una ceremonia detiene las emboscadas? —preguntó, con amargura.
—No —respondió Blaise—. Pero es la respuesta que conocen.
El pasillo estaba en silencio. Demasiado amplio para dos personas que no sabían dónde pararse sin invadir al otro.
Blaise fue el primero en hablar.
—Si el Imperio fuerza el matrimonio… no voy a exigirle nada que no quiera dar.
Caelan alzó la mirada, desconfiado.
—Eso es fácil de prometer cuando aún no existe el vínculo.
—No lo es —respondió Blaise—. En este mundo, muchos alfas creen que el matrimonio les concede derechos. Yo no soy uno de ellos.
—¿Y si el Imperio exige un heredero? —preguntó Caelan, con la voz firme.
—Entonces el Imperio esperará —dijo Blaise—. No voy a convertir su cuerpo en una moneda política.
El silencio cambió de textura.
—No le prometo que seré un buen esposo —añadió—. No sé ser cálido. No sé ser suave.
—Pero le prometo esto: su voluntad no va a ser negociable. Ni conmigo ni con nadie.
Caelan respiró hondo.
—No le voy a agradecer algo que debería ser lo mínimo.
Una sombra breve, casi invisible, cruzó el rostro del duque.
—Me parece justo.
No se tocaron. No hicieron promesas románticas.
Pero, en un mundo que esperaba sumisión, ese acuerdo silencioso ya era una forma de rebelión.
Afuera, el viento golpeó los muros de Ravenshire.
El norte seguía sangrando en cortes pequeños.
Y el siguiente paso ya no les pertenecía del todo
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