El Amor Congelado es de un romance oscuro y fantasía que narra la historia de Arieth, una mujer que descubre la traición de su esposo justo antes de que él caiga víctima de un hechizo lanzado por una mujer malvada. Cuando los médicos no pueden salvarlo, Arieth viaja a tierras lejanas en busca de una poderosa bruja que pueda romper el encantamiento.
La obra combina amor, magia, traición y sacrificio, mostrando cómo el verdadero amor puede enfrentar incluso la oscuridad más profunda.
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Risas que derriten dudas
La habitación seguía en silencio después del abrazo.
Adrián aún sostenía a Arithsa con una firmeza que parecía decir “no te voy a soltar”, aunque sus pensamientos estuvieran un poco más ruidosos de lo habitual.
Arithsa lo sintió.
No era distancia.
Era peso.
Ella se separó apenas lo suficiente para mirarlo.
—Estás pensando demasiado.
Él intentó disimular con una media sonrisa.
—Siempre pienso demasiado.
—No así.
Hubo un pequeño silencio.
Luego, de repente, Arithsa cambió el tono.
—Muy bien, señor empresario serio… tengo una propuesta.
Adrián arqueó una ceja.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Ella caminó hacia la mesa donde estaba la cafetera del hotel y comenzó a prepararlo con exagerada concentración.
—Primero, vamos a ignorar el mundo corporativo por dos horas.
—¿Dos?
—No negocies.
Él soltó una pequeña risa.
Ahí estaba. Esa risa que casi nunca aparecía en reuniones.
—Segundo —continuó ella— vamos a salir sin agenda. Sin traje. Sin estrategia.
Adrián se quitó la corbata lentamente.
—¿Y tercero?
Arithsa lo miró con brillo en los ojos.
—Vas a reírte conmigo hasta que olvides que alguien intentó sembrar dudas.
El silencio que siguió no fue pesado.
Fue suave.
Adrián caminó hacia ella, todavía desabotonándose la camisa.
—¿Y cómo planeas lograr eso?
Arithsa levantó la taza de café.
—Confía en mí.
Una hora después estaban caminando por una zona más tranquila de la ciudad, vestidos casuales, sin la formalidad que el entorno empresarial imponia.
Entraron a una pequeña cafetería artística escondida entre edificios antiguos. Nada lujoso. Nada corporativo.
Solo paredes llenas de pinturas, música suave y mesas de madera desgastada.
—Esto no está en ningún ranking financiero —murmuró Adrián.
—Exactamente —respondió ella.
Se sentaron cerca de la ventana.
Por primera vez desde que llegaron a Bogotá, Adrián no estaba revisando el teléfono cada cinco minutos.
Arithsa comenzó a contarle una historia de su infancia: cómo una vez intentó vender limonada con sal en lugar de azúcar porque confundió los recipientes.
Adrián intentó mantener la compostura.
No pudo.
Soltó una carcajada sincera.
—¿Y nadie se dio cuenta?
—Hasta que el primer cliente escupió el vaso entero.
Él rió más fuerte.
La risa fue contagiosa.
Ligera.
Libre.
Arithsa lo observaba mientras reía, y algo dentro de ella se acomodó.
Ahí estaba el hombre del que se había enamorado.
No el empresario invencible.
No el estratega implacable.
El hombre que podía reír sin filtros.
—Me gusta cuando te olvidas de ser perfecto —dijo ella.
Adrián la miró con una expresión más suave.
—Me gusta cuando me recuerdas que no tengo que serlo.
El momento no era intenso.
Era cálido.
Caminaron después sin rumbo específico. Se detuvieron frente a vitrinas, hicieron comentarios absurdos sobre maniquíes mal vestidos, discutieron cuál película era peor sin haberla visto.
Pequeñas tonterías.
Pequeños gestos.
Pero cada risa parecía cerrar un poco la grieta que Helena había intentado abrir.
En un momento, Adrián tomó su mano y la jaló suavemente hacia un callejón decorado con luces colgantes.
—¿Qué haces? —preguntó ella riendo.
—Cumplo el punto tres de tu plan.
La acercó a él y comenzó a girarla lentamente como si estuvieran bailando, aunque no hubiera música.
Arithsa rió más fuerte.
—No sabes bailar.
—No necesito saberlo.
El mundo no los observaba.
O eso creían.
Desde un automóvil estacionado al otro lado de la calle principal, alguien bajó ligeramente la ventana polarizada.
Helena.
No había ido por casualidad.
Había enviado un mensaje más temprano fingiendo un ajuste de horario… solo para asegurarse de que Adrián estuviera libre.
Observaba sin expresión.
Los vio reír.
Los vio girar bajo las luces.
Los vio besarse con naturalidad, sin tensión, sin inseguridad.
Helena cerró lentamente la ventana.
No había rabia en sus ojos.
Había comprensión.
La grieta no creció.
Se estaba cerrando.
Y eso significaba que el enfoque debía cambiar.
Mientras tanto, en el callejón iluminado, Adrián apoyó la frente contra la de Arithsa.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no dejar que mi mundo me trague.
Ella acarició suavemente su mejilla.
—No te salvo del mundo, Adrián.
—¿Entonces qué haces?
—Te recuerdo quién eres cuando el mundo intenta definirte.
Él la besó.
Un beso lleno de cariño, de risa todavía vibrando entre ambos.
Sin presión.
Sin miedo.
Solo elección.
Y por unas horas, la duda sembrada quedó en silencio.
Pero desde la distancia, Helena ya sabía algo importante:
El ataque no podía ser frontal.
Ni rápido.
Tendría que ser algo más profundo.
Algo que no atacara el amor directamente…
Sino la percepción de la realidad.