Ella es la líder del clan más poderoso de todos los reinos lo que la pone en el ojo de la tormenta, Ella es una exorcista de élite Pero tiene enemigos más peligrosos que los demonios a los que debe vencer, el prejuicio hacia la mujer en un mundo de hombres
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Capitulo 9
La mañana del viaje amaneció fría.
El clan entero sabía que la jefa partía hacia la corte imperial. Unos lo celebraban en silencio (menos días con ella). Otros lo temían (si el emperador la validaba, sería imparable).
Pero en la habitación de Sakura, solo había dos personas y un silencio incómodo.
— Lo siento. No puedo — dijo Mitsuki.
Sakura dejó de doblar su túnica.
Lo miró.
Y en sus ojos, por primera vez desde que se conocieron, vio decepción.
— ¿Por qué? — preguntó, con una voz que intentaba sonar neutral pero temblaba —. Te necesito conmigo.
— Lo sé.
— Entonces...
— No puedo, Sakura.
Ella esperó una explicación. Una razón. Algo.
Pero Mitsuki solo bajó la mirada.
Y ese silencio dolió más que cualquier palabra.
— Está bien — mintió ella —. Si eso quieres...
— No es lo que quiero.
— Entonces no entiendo.
Mitsuki levantó la mano, como si fuera a tocarla. Pero se detuvo a mitad de camino. La dejó caer.
— Por eso — susurró —. Porque tú no entiendes. Y yo no sé explicarlo.
Dio media vuelta y salió de la habitación.
Sakura se quedó allí, con la ropa a medio doblar, con el corazón a medio romper.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que su poder no servía de nada.
Porque no podía obligarlo a quedarse.
No podía obligarlo a confiar.
No podía obligarlo a sentirse digno.
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LA PARTIDA
Tae la ayudó a cargar el equipaje.
No preguntó por Mitsuki. No hizo comentarios. Solo estuvo ahí, como siempre.
— Gracias por venir conmigo — dijo Sakura mientras ajustaban las alforjas de los caballos —. Siempre eres mi apoyo.
Tae sonrió. Esa sonrisa suya que pareía sencilla pero escondía todo.
— No es nada.
— Lo siento — continuó ella —. Te quito tiempo con tu pequeña.
Tae negó con la cabeza.
— No es así. Estamos juntos desde niños, Sakura. Y así será hasta mi último día de vida.
Ella lo miró, conmovida.
— O el mío — respondió, intentando bromear para aligerar el ambiente.
El cambio en Tae fue instantáneo.
Sus ojos se encendieron. Su mandíbula se tensó. Y antes de que Sakura pudiera reaccionar, le agarró las orejas con ambas manos, tirando suavemente pero con firmeza.
— ¡No bromees así! — dijo, con una voz que no admitía discusión —. No es gracioso. Tú vas a vivir mil años. ¿Me oyes? MIL AÑOS.
Sakura se quedó paralizada.
Tae estaba temblando.
— Tae...
— No quiero volver a escuchar una broma así. Nunca.
La soltó. Dio un paso atrás. Recuperó la compostura.
Pero Sakura había visto algo en sus ojos que no supo interpretar.
Miedo.
Dolor.
Algo más.
— Está bien, lo siento — dijo ella, frotándose las orejas con una sonrisa nerviosa —. Papá.
Tae parpadeó.
Y entonces, a pesar de todo, se rió.
— ¿Papá? ¿En serio?
— Te lo ganaste.
— No me digas papá.
— Papá.
— Sakura...
— Papá Tae.
— Te juro que te dejo aquí.
— No me dejarías, papá.
Tae negó con la cabeza, pero sonreía.
Y por un momento, solo un momento, el dolor de ambos se alivió.
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A LO LEJOS, MITSUKI OBSERVABA
Desde la ventana de los establos, Mitsuki veía la escena.
Veía a Sakura reír con Tae.
Veía a Tae tocarla con familiaridad.
Veía la confianza. La complicidad. Los años compartidos.
Y sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
"Eso debería ser yo", pensó. "Esa confianza. Esa risa. Ese lugar."
Pero no lo era.
Él era el esclavo. El que no sabía estar. El que huía. El que la amaba tanto que le dolía, y por eso mismo se alejaba.
Suspiró.
Resignado.
Miserable.
Y se quedó allí, viendo cómo ella se alejaba.
Sin saber que Tae, al montar su caballo, lo miró por un segundo.
Sin odio. Sin rencor.
Casi con lástima.
Porque Tae sabía algo que Mitsuki ignoraba:
El amor no se gana por merecimiento. Se gana por presencia.
Y Mitsuki, en su ausencia, estaba perdiendo terreno que ni siquiera sabía que existía.
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LA DESPEDIDA
Sakura se acercó a los establos antes de partir.
Mitsuki bajó a su encuentro.
Se miraron.
— Adiós, mi amor — dijo ella, con los ojos brillantes —. Espero volver pronto.
— Volverás — respondió él, con una voz que intentaba sonar segura.
— Te amo mucho.
— Yo también.
Ella lo besó. Un beso apasionado. Largo. Con sabor a despedida y a promesa.
Cuando se separaron, Mitsuki tenía lágrimas en los ojos.
— Cuídate — susurró.
— Siempre.
Sakura montó su caballo.
Tae la esperaba.
Y juntos, sin mirar atrás, partieron hacia el palacio del Emperador del Sol.
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LO QUE NADIE VIO
Cuando Sakura desapareció en el horizonte, Mitsuki cayó de rodillas.
— ¿Por qué? — susurró al vacío —. ¿Por qué soy así? ¿Por qué no puedo simplemente... aceptar que me ama?
No hubo respuesta.
Nunca la hay.
Pero detrás de él, una sombra se movió.
El anciano de la libreta.
Sonriendo.
— Pronto, esclavo — murmuró —. Pronto veremos de qué estás hecho.