Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Base 2
Los primeros días no fueron gentiles.
La base despertaba antes del amanecer. Una campana metálica rompía el sueño cuando el cielo todavía era azul oscuro, y en cuestión de minutos los cadetes debían estar formados en el patio central, perfectamente alineados.
Constance descubrió que el entrenamiento real no se parecía al de la academia.
Allí no había exhibiciones elegantes ni combates pensados para impresionar.
Había resistencia.
Carreras con peso adicional.
Flexiones hasta que los brazos temblaran.
Prácticas de combate cuerpo a cuerpo sin pausa suficiente para recuperar el aliento.
El primer día terminó con los músculos ardiendo.
El segundo, con las manos raspadas.
El tercero, con moretones nuevos que cubrían los anteriores.
Y, sin embargo, cada exigencia la encendía por dentro.
No se sentía castigada.
Se sentía desafiada.
Muy pocas personas en la base sabían quién era realmente. Su apellido no circulaba en murmullos. En las listas era solo..
Constance.
Número de cadete 1313
Nada más.
Algunos notaban su cabello azul oscuro recogido en una coleta firme que jamás se soltaba durante el combate. Otros la reconocían por su forma de pelear.
Pronto se hizo evidente algo particular..
Constance peleaba mejor con los puños que con la espada.
En combate cercano era rápida, estratégica, casi intuitiva. Sabía leer el centro de gravedad del oponente, anticipar el movimiento del hombro antes del golpe, usar la fuerza del otro en su contra.
Con la espada, en cambio, era correcta… pero no brillante.
Sus cortes eran precisos, pero no fluidos. Su defensa era sólida, pero le faltaba agresividad calculada.
Y ella lo sabía.
No se engañaba.
Cada noche repasaba mentalmente sus fallos. Ajustaba posturas. Practicaba agarres con los nudillos aún sensibles.
Sabía exactamente qué debía mejorar.
Y conocía sus fortalezas.
Esa claridad la diferenciaba.
Mientras otros cadetes se frustraban o competían por destacar, Constance competía consigo misma.
El cuarto día cayó al suelo durante una práctica con espada. Se levantó antes de que el instructor pudiera decir una palabra.
El quinto día terminó una carrera en tercer lugar.
El sexto, derribó a un cadete más corpulento en combate cuerpo a cuerpo usando una técnica de desequilibrio que pocos esperaban de alguien de su complexión.
Poco a poco, dejó de ser “la nueva”.
Se convirtió en “Constance”.
Y cada tarde, casi como un ritual silencioso, ocurría algo que ella jamás admitía en voz alta.
El capitán aparecía.
Asaf no intervenía directamente en su entrenamiento cotidiano.. no debía mostrar favoritismos.. pero siempre encontraba una razón para recorrer esa zona del campo.
A veces se detenía a observar a varios cadetes.
A veces hacía correcciones generales.
Pero sus ojos inevitablemente pasaban por ella.
Y ella lo sabía.
El primer día fingió no notarlo.
El segundo, también.
Al tercero, ya anticipaba el momento.
Era absurdo.
Había soportado la presión de su familia, había derrotado a su hermano frente a todos, había dejado atrás una vida entera sin llorar.
Y, sin embargo, el simple hecho de sentir la mirada evaluadora del capitán le aceleraba el pulso.
No porque dudara.
Sino porque quería hacerlo bien.
Quería que él notara su progreso.
Que viera que no se había equivocado al traerla.
En una ocasión, tras una práctica particularmente dura, él se acercó mientras ella ajustaba las vendas de sus manos.
—Tu guardia baja cuando te cansas —comentó con tono neutro.
Ella levantó la vista, respirando aún con dificultad.
—Lo corregiré.
—Hazlo antes de que alguien lo use en tu contra.
No era una reprimenda.
Era una advertencia profesional.
Pero la manera en que sostuvo su mirada un segundo más hizo que la tensión familiar volviera a instalarse en su estómago.
—Sí, capitán.
Él asintió.
—Vas mejorando.
Fueron solo dos palabras.
Pero esa noche, mientras repasaba mentalmente los movimientos del día, lo que más recordaba no era la caída ni el golpe acertado.
Era ese “vas mejorando”.
Constance jamás habría confesado aquello.
Nunca habría dicho que esperaba ese momento cada jornada.
Pero era verdad.
Entre el cansancio y la disciplina, entre la dureza del entrenamiento y el orgullo silencioso de superarse… había un instante específico que aguardaba con más ansias que cualquier victoria.
El momento en que el capitán Asaf aparecía.
Y la miraba como si realmente la viera.