Renace en un nuevo mundo con magia y demostrará que ya nadie va a subestimarla..
* Está novela es parte de un mundo mágico *
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Tres magos 1
Apenas Tracy cruzó el umbral de su habitación, algo dentro de ella encajó con un clic silencioso.
El pasillo se extendía frente a sus ojos.. largo, elegante, con paredes de piedra clara adornadas por tapices antiguos y candelabros de cristal que emitían una luz suave, casi dorada. El suelo de mármol reflejaba tenuemente su figura mientras avanzaba. Todo era nuevo… y, al mismo tiempo, inquietantemente familiar.
Sin que nadie se lo explicara, supo exactamente hacia dónde ir.
Giró a la derecha en la primera intersección del pasillo sin pensarlo. Bajó una escalera de caracol de baranda tallada con símbolos arcanos. Atravesó un corredor con vitrales que mostraban escenas de batallas mágicas y antiguos rituales.
—¿Cómo sé esto…? —murmuró para sí misma.
No era intuición. No era suerte.
Era memoria.
Una oleada suave, ordenada, empezó a desplegarse en su mente. Ya no eran visiones caóticas como antes, sino recuerdos que se acomodaban en su lugar como piezas de un rompecabezas.
[El salón de reuniones está en la ala este de la mansión. Después de la galería de retratos. Al final del pasillo con las columnas grises.]
Tracy tragó saliva.
No solo sabía el camino.
Sabía ..quiénes.. la estaban esperando.
Los nombres llegaron uno tras otro, claros, firmes..
Mago Carl.
Mago Valety.
Mago Mikel.
Y con los nombres, vinieron los rostros.
Vio al Mago Carl.. alto incluso para su edad, con una barba blanca larga y perfectamente cuidada, ojos azules severos y una postura rígida como la de un soldado. Siempre vestía túnicas oscuras y tenía fama de ser el más estricto, el más duro con ella. El que nunca ocultaba su decepción por su debilidad mágica.
Luego apareció el recuerdo del Mago Valety.. más bajo, de complexión delgada, con el cabello gris peinado hacia atrás.. Sus ojos eran inteligentes, calculadores. No era cruel, pero tampoco compasivo. La miraba como a un experimento que no había salido como esperaba.
Y por último, el Mago Mikel.. el más anciano de los tres, encorvado por los años, con una barba rala y blanca, y ojos cansados pero no del todo fríos. Era el único que, a veces, le dirigía una palabra amable. El único que parecía sentir algo cercano a la lástima por ella.
Tracy se detuvo un segundo en medio del pasillo, apoyando una mano en la pared.
—Dirigen la torre de magia del reino de Bernicia… —susurró.
Otra capa de recuerdos se abrió paso.
Bernicia.
Un reino pequeño comparado con los grandes imperios mágicos del continente. Un reino con tierras fértiles, pueblos tranquilos y una corte modesta. Un reino que, a diferencia de otros, tenía muy pocos magos a su disposición.
Demasiado pocos.
Eso hacía que cada aprendiz, cada hechicero, cada maga ..por débil que fuera.. fuera valiosa.
Y eso explicaba por qué ella seguía ahí.
Por qué no la habían expulsado.
Por qué no la habían abandonado.
Por qué la presionaban tanto.
Porque Bernicia no podía darse el lujo de perder a nadie con afinidad mágica, aunque fuera mediocre. Aunque fuera una decepción.
Tracy sintió un nudo en el estómago.
[Así que… esta soy yo para ellos.. la maga débil que no pueden tirar a la basura.]
Siguió caminando, ahora con pasos más lentos y pesados.
Cada metro que avanzaba, más detalles volvían.. lecciones interminables en salas frías, miradas críticas cuando fallaba un hechizo, sus propias manos temblando al intentar invocar energía, el cansancio que siempre la dejaba al borde del colapso.
Al fondo del pasillo, vio por fin las grandes puertas dobles del salón de reuniones, talladas con runas antiguas.
Se detuvo frente a ellas.
Sabía quiénes estaban del otro lado.
Sabía cómo la veían.
Sabía qué esperaban de ella.
Y, aun así, su corazón latía con una mezcla peligrosa de miedo y desafío.
Porque ahora, dentro de ese cuerpo frágil y esa reputación miserable, ya no estaba solo la Tracy débil de Bernicia.
Estaba también la Tracy de otro mundo.
Una mujer que había ahorrado durante meses.
Que había sobrevivido a la frustración, a la soledad y al desastre.
Que había aprendido, a golpes, a no rendirse cuando todo salía mal.
Apretó los puños.
[Está bien, magos de Bernicia… Veamos qué piensan de mí ahora.]
Y con un último respiro profundo, empujó las puertas del salón de reuniones y entró.
Cuando Tracy cruzó el umbral del salón de reuniones, el aire pareció volverse más pesado.
El lugar era amplio y solemne.. un techo alto sostenido por columnas de piedra oscura, una larga mesa ovalada de madera pulida en el centro y estanterías repletas de libros antiguos cubriendo las paredes. Un candelabro de cristal flotaba suavemente sobre la mesa, sostenido por un hechizo invisible, proyectando una luz dorada que hacía brillar el polvo en el aire.
Los tres ancianos ya estaban sentados.
No hicieron ningún gesto para saludarla.
Sus miradas se clavaron en ella apenas dio el primer paso dentro de la sala.
Tracy lo sintió como un peso directo en el pecho.
[Ya empezó… Esta sensación la conozco.]
El Mago Carl la observaba con los brazos cruzados, el ceño fruncido, los ojos azules fríos como acero.
El Mago Valety entrecerraba los ojos tras sus lentes redondos, evaluándola como si fuera un objeto defectuoso.
El Mago Mikel apoyaba ambas manos en su bastón, mirándola en silencio, con una mezcla de cansancio y algo más difícil de leer.
Tracy avanzó despacio hasta quedar frente a la mesa.
Cada paso resonaba en la sala como un pequeño desafío.
[Me están juzgando. Me están midiendo. Me están buscando fallas.]
Sintió un leve temblor en las manos, pero no bajó la mirada.
[No… no esta vez.]
Había conocido esas miradas antes.
Las había visto en jefes cansados de explicarle las cosas.
En compañeros que pensaban que no daba la talla.
En personas que creían que por ser callada o torpe era menos capaz.
Y aun así, había seguido adelante.
Había ahorrado peso a peso.
Había soportado meses de renuncias.
Había sobrevivido a un viaje desastroso y a una muerte absurda bajo la lluvia.
[¿De verdad creen que esto me va a asustar?]
El silencio se estiró incómodo.
El Mago Carl fue el primero en hablar.
—Llegas tarde, Tracy —dijo con voz grave.
[Claro. Empezamos por ahí.]
—Mis disculpas, señor —respondió ella, con una inclinación leve de cabeza.
Ni sumisa.
Ni desafiante en exceso.
Solo firme.
—Te ves… distinta hoy —comentó—. ¿Te sientes bien?
[Distinta porque ya no soy la misma de ayer, viejo. Pero eso no te lo voy a decir.]
—Me siento mejor, gracias —contestó Tracy.
El Mago Mikel la miró un segundo más de lo normal.
—Eso es bueno.. Porque necesitamos hablar seriamente de tu progreso.
Tracy apretó los labios.
[Ahí está. El tema de siempre.]
Sintió el impulso de bajar la cabeza, de encogerse, de aceptar en silencio lo que viniera.
Pero no lo hizo.
Alzó el mentón apenas.
[Puede que sea débil en la magia.]
[Puede que mi energía sea poca.]
[Puede que falle más que otros.]
Sus ojos verdes recorrieron a los tres ancianos, uno por uno.
[Pero no soy estúpida.]
[No soy inútil.]
[Y no pienso rendirme.]
—Entiendo —dijo en voz alta—. Haré lo que sea necesario para mejorar.
El Mago Carl chasqueó la lengua, incrédulo.
—Eso ya lo has dicho antes.
[Lo sé.]
[Pero antes no era verdad del todo.]
Esta vez, Tracy sostuvo su mirada sin apartarse.
—Y lo volveré a decir cuantas veces haga falta… Porque no pienso dejar la torre. No pienso dejar Bernicia. Y no pienso rendirme.
Un silencio espeso cayó sobre la mesa.
El Mago Valety ladeó la cabeza, intrigado.
—Vaya… Hay algo diferente en ti, muchacha.
[Claro que lo hay.]
[Ahora sí quiero vivir esta vida.]
El Mago Mikel cerró los ojos un instante, como si suspirara por dentro.
—Muy bien, Tracy.. Entonces veamos si tus palabras, esta vez, vienen acompañadas de hechos.
Tracy sintió una chispa nueva encenderse en su pecho.
[Eso es.]
[Dame una oportunidad.]
[Una sola.]
[Y te voy a demostrar que aunque sea débil… puedo aprender.]