Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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La Clausula del Desvelo
La noche en la mansión Blake no traía descanso, solo una oscuridad más densa. Rose terminó de redactar el documento en su vieja laptop, con los dedos entumecidos. Bella dormía profundamente a su lado, con una respiración tan rítmica que resultaba hipnótica. Justo cuando Rose se disponía a cerrar los ojos, el ambiente de la habitación cambió. El aire se volvió gélido y el aroma a sándalo inundó sus sentidos antes de que la sombra de John Blake se proyectara sobre la cama.
—No recuerdo haberte dado permiso para cerrar la puerta con una silla, Rose —dijo él. Estaba apoyado contra la pared, con la camisa negra entreabierta, luciendo como un dios del pecado cansado de su propia inmortalidad.
—Y yo no recuerdo haberte dado permiso para entrar en mi habitación, Rey de la Estirpe —replicó Rose, sentándose y cubriéndose con la sábana. La confirmación de su naturaleza vampírica todavía vibraba en su mente como una alarma—. Aquí tienes el nuevo contrato. Firma o mañana mismo las coordenadas de tus refugios en Europa estarán en los servidores de la Interpol.
John se acercó con esa agilidad inhumana que ahora Rose comprendía como algo biológico. Tomó las hojas, pero no las leyó de inmediato. Se sentó en el borde de la cama, haciendo que el colchón se hundiera bajo su peso de 1.90. Su cercanía era una presión física que Rose sentía en la boca del estómago.
—¿De verdad crees que unos trozos de papel me detendrán? —susurró John, extendiendo una mano para rozar el rostro de Rose. Ella giró la cabeza, evitando el contacto, aunque su piel quemaba por el deseo de sentir su frío—. He visto imperios arder por menos de lo que me pides aquí, Rose. Me exiges que renuncie a mi derecho como padre.
—Te exijo que garantices nuestra seguridad. Edith me miró como si quisiera devorar a mi hija. Si soy tu "consultora", trátame como tal.
John suspiró, un sonido ríspido, y firmó el documento con una pluma que sacó de su bolsillo. Al terminar, la miró con una intensidad carmesí que la dejó sin aliento.
—He firmado. Pero el contrato no dice nada sobre lo que sucede entre nosotros cuando la niña duerme. Te he extrañado, Rose. Tu olor, tu rudeza... tu sangre llamando a la mía.
Se inclinó sobre ella, atrapándola contra las almohadas. Rose puso sus manos sobre el pecho de John, sintiendo la dureza del mármol bajo su piel. El odio y la pasión volvieron a colisionar. Ella quería morderlo, quería gritarle, pero cuando los labios de John rozaron su cuello, Rose soltó un jadeo de pura traición carnal. La inmunidad de su mente seguía ahí, pero su cuerpo era una ciudad sitiada que deseaba rendirse.
(Esta red de mentiras se está volviendo cada vez más peligrosa. Rose es una experta en detectar engaños en un estrado, pero Edith juega con una ventaja milenaria. Intentara profundizar en esta guerra de voluntades y en el primer ataque directo a la cordura de Rose?)