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La Ciega Del Alfa Enemigo

La Ciega Del Alfa Enemigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Hombre lobo / Romance paranormal / Amor-odio / Completas
Popularitas:428
Nilai: 5
nombre de autor: Diana Fuego Guerra

Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.

Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.

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Capítulo 4

El camino hasta el territorio de Alisson pareció demasiado largo para quien ya no tenía fuerzas ni para respirar bien.

Elisabete caminaba en silencio, guiada solo por el sonido de sus pasos delante de ella y por el toque firme —pero contenido— de su mano en su antebrazo. Él no la jalaba. No la empujaba. Solo indicaba la dirección, como quien avisa sin herir.

Aun así, cada paso estaba cargado de miedo.

El olor del bosque cambiaba conforme avanzaban. Ya no había el aroma conocido de los árboles de su antigua manada. Todo allí era extraño: más húmedo, más denso, más salvaje. El viento soplaba diferente. Los sonidos nocturnos parecían más cercanos, más atentos.

—Puedes dejar de temblar —dijo Alisson, sin voltear el rostro—. Nadie te va a tocar aquí.

Elisabete tragó saliva.

—Fue lo que todos dijeron antes de rechazarme.

Él no respondió.

Siguieron así por más tiempo, hasta que ella sintió el suelo cambiar. La tierra batida dio lugar a una superficie más firme, lisa.

—Estamos llegando —avisó él.

El portón se abrió con un crujido grave. El olor de otros lobos alcanzó los sentidos de Elisabete, haciendo que su cuerpo se tensara por completo. Muchos. Fuertes. Desconocidos.

Ella dejó de caminar.

—No doy ni un paso más.

Elisabete suspiró lentamente.

—Si quisiera lastimarte, ya lo habría hecho en el bosque.

Ella sabía que era verdad.

Aun así, el trauma no obedecía a la lógica.

Él se acercó un poco más, hasta que su presencia fue imposible de ignorar.

—Aquí, nadie te toca sin mi orden. ¿Entendiste?

—Por qué… —la voz salió casi un susurro— ¿por qué estás haciendo esto?

Hubo una pausa.

—Porque sé reconocer cuándo un Alfa se equivoca… y cuándo una Luna es tirada como si no valiera nada.

El portón se cerró detrás de ellos.

Elisabete pasó a oír voces apagadas, pasos contenidos, silencios respetuosos. Nadie se acercaba demasiado. Nadie la cuestionaba. Aquello, extrañamente, era más aterrador que gritos.

Alisson la llevó hasta una construcción menor, alejada del centro.

—Te quedarás aquí.

Él abrió la puerta y la guio hacia dentro.

El aroma del lugar era limpio. Madera. Hierbas. Nada de sangre. Nada de miedo.

—Hay comida sobre la mesa. Agua a la derecha. Cama al fondo. Nadie entrará sin tu permiso.

—¿Y tú?

—Yo no entro sin ser llamado.

El silencio que siguió era espeso.

Elisabete sintió cuando él se alejó.

Y entonces, por primera vez desde el rechazo…

Ella estaba sola.

De verdad.

Así que la puerta se cerró, sus piernas perdieron la fuerza.

Elisabete se deslizó hasta el suelo, abrazando sus propias rodillas. El cuerpo comenzó a temblar sin control. El aire faltaba en los pulmones. El llanto vino sin sonido primero, preso en el pecho, sofocando.

Después, rompió.

Ella lloró como no lloraba desde la infancia.

Lloró por el ritual.

Lloró por el grito.

Lloró por el vacío.

Lloró por el nombre que aún hería por dentro.

Caíque.

Y, junto con las lágrimas, vinieron las memorias que ella siempre había intentado esconder.

Él pasando por ella en el patio… sin jamás parar.

Él hablando con todos… menos con ella.

Él nunca llamándola por el nombre.

Nunca preguntando si estaba bien.

Nunca ofreciendo ayuda cuando ella caía.

Nunca sonriendo para ella.

Indiferente.

Siempre indiferente.

Ella se acordaba de cada vez que el corazón latía más rápido solo por oír sus pasos acercándose… y después alejándose, sin que él siquiera notara su existencia.

—Nunca te importé… —susurró, con las manos contra el rostro—. Nunca…

El llanto aumentó.

Y, del lado de fuera de la cabaña, Alisson oyó todo.

No como un intruso.

Sino como quien guarda un secreto demasiado pesado para ser ignorado.

Él permaneció allí, inmóvil, mientras el dolor de ella atravesaba la madera, el aire, la noche.

Dentro de la cabaña, Elisabete lloraba hasta que el cuerpo dolía.

Hasta que el cansancio venció.

Ella acabó adormeciéndose encogida en el suelo.

Horas después, despertó con el olor de comida caliente.

El estómago gruñó antes incluso de que la mente despertara por completo.

Palpando el espacio, ella encontró la mesa. Un plato había sido colocado allí. Aún caliente. Alguien había pasado por allí sin que ella lo percibiera.

Sin tocarla.

Sin invadir.

Ella comió despacio. En silencio.

Y, por primera vez desde que fue rechazada…

Nadie la llamó defecto.

Nadie la expulsó.

Nadie la ignoró.

Del lado de fuera, Alisson miraba hacia la puerta cerrada, los brazos cruzados.

—Duerme, pequeña Luna… —murmuró—. Aquí, nadie te abandona en la oscuridad.

Y, en aquella noche, mientras la manada enemiga dormía…

Algo mucho más peligroso comenzaba a nacer:

La confianza.

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