Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Soledad disfrazada de lujos
El murmullo de las conversaciones se mezclaba con la risa inocente de los niños que jugaban en el amplio salón decorado con globos de colores. El evento de la fundación siempre era un éxito: música suave, mesas adornadas con flores frescas y ese aire solemne disfrazado de alegría que buscaba inspirar solidaridad en quienes llegaban con trajes caros y sonrisas ensayadas.
Yo estaba ahí, vestida con un conjunto elegante en tonos marfil, mi cabello cuidadosamente peinado, y un maquillaje impecable que ocultaba el cansancio de mis noches solitarias. A mi lado, como siempre, estaba Merlina Boss, mi amiga de toda la vida y la verdadera fuerza detrás de estas fundaciones.
Merlina nunca necesitaba presentaciones. Era de esas mujeres que llenaban un espacio con solo entrar: elegante sin pretensiones, con un carácter fuerte, pero al mismo tiempo con una ternura que la hacía irresistible para los niños que corrían a abrazarla apenas la veían. Mientras yo aprendí a sobrevivir en un matrimonio vacío, ella dedicó su vida a levantar proyectos que transformaban realidades.
—Te ves preciosa hoy, Vicky —me dijo mientras me ajustaba un mechón de cabello detrás de la oreja—. Aunque esa sonrisa… no me engañas.
Solté una risa suave, intentando restar importancia.
—¿Desde cuándo puedes leerme tan fácil?
—Desde que usabas trenzas torcidas y jurabas que ibas a casarte con un príncipe azul que te rescataría en un caballo blanco —respondió con sarcasmo cariñoso—. Y desde que aprendí que cuando sonríes demasiado es porque estás a punto de romperte.
La miré de reojo, con un nudo en la garganta.
—Tal vez sí me casé con uno, ¿no? —dije en un susurro, más para mí que para ella.
Merlina alzó una ceja.
—¿Un príncipe? Vicky… los príncipes no te dejan cenando sola tres veces por semana.
—No sabes eso —repliqué, aunque mi voz carecía de convicción—. Está trabajando. Siempre ha trabajado mucho.
—Trabajar mucho no es lo mismo que desaparecer —me respondió con suavidad, pero sin ceder—. ¿Cuándo fue la última vez que hizo algo solo por ti?
La pregunta cayó como una piedra en el agua. Abrí la boca para responder… y no encontré nada inmediato.
—La semana pasada me envió flores —murmuré al fin.
Merlina me miró en silencio.
—¿Sin motivo?
—Era nuestro aniversario.
—Exacto —sentenció.
Un grupo de fotógrafos se acercó y nos pidió una foto juntas. Sonreímos, posamos, inclinamos ligeramente los rostros como si la vida fuera perfecta. Cuando se alejaron, mi sonrisa cayó como una máscara demasiado pesada.
—A veces me siento hipócrita —confesé de pronto, observando a los niños jugar con los voluntarios—. Estoy aquí, hablando de esperanza y amor, mientras mi propia vida es un desastre cuidadosamente maquillado.
—Vicky —dijo con firmeza—, no confundas tu dolor con inutilidad. Estar aquí importa. Tú importas aquí.
—¿De qué sirve que importe aquí si en mi propia casa me siento invisible?
Merlina suspiró.
—¿Has hablado con él? De verdad hablado. Sin reproches, sin ironías elegantes, sin ese tono diplomático que usas cuando algo te duele.
La miré, incómoda.
—No quiero sonar necesitada.
—¿Necesitada? —repitió, incrédula—. ¿Desde cuándo pedir atención básica es ser necesitada?
—Desde que estás casada con un hombre que dirige medio mundo —respondí con una sonrisa amarga—. Él siempre está resolviendo algo más grande que nosotros.
—Eso es lo que tú te dices para justificarlo —dijo ella, más suave ahora—. Pero dime algo, Vicky… ¿cuándo fue la última vez que él te preguntó cómo estás… y esperó la respuesta?
Me quedé callada.
El ruido del salón parecía alejarse mientras mi mente repasaba conversaciones recientes. “¿Cómo estuvo tu día?” seguido de un “bien” automático por mi parte y un asentimiento distraído por la suya.
—No lo sé —admití finalmente—. Tal vez el problema soy yo. Tal vez me acostumbré a ser la esposa perfecta y olvidé cómo ser… real.
Merlina me tomó ambas manos, obligándome a mirarla.
—Escúchame bien. Tú no eres el problema por querer amor. No eres el problema por querer presencia. No eres exagerada por sentirte sola en tu propio matrimonio.
—Pero lo tengo todo —susurré, con frustración—. La casa, el apellido, la estabilidad. No debería quejarme.
—¿Y desde cuándo el lujo sustituye el cariño? —replicó—. He visto matrimonios sin un centavo que tienen más conexión que lo que tú describes.
La observé mientras un niño la abrazaba por la cintura. Ella se inclinó, lo escuchó con atención absoluta, como si no existiera nadie más en el mundo.
—Míralo —me dijo cuando el pequeño se fue—. ¿Ves eso? Eso es presencia. Eso es estar. No es caro, no se compra. Se elige.
Sentí un ardor detrás de los ojos.
—A veces pienso que si me esforzara más… si fuera más interesante, más comprensiva, más paciente…
—¡Basta! —me interrumpió con firmeza, aunque sin levantar la voz—. No te reduzcas para encajar en la ausencia de nadie.
Sus palabras me dejaron sin aire.
—Tengo miedo, Merlina —confesé finalmente—. Miedo de confrontarlo y descubrir que ya no me ama. Miedo de quedarme callada y que esto sea lo único que tenga para siempre.
Ella suavizó el gesto.
—El amor no desaparece de la noche a la mañana. Pero puede dormirse. La pregunta es… ¿él quiere despertarlo?
Tragué saliva.
—No lo sé.
—Entonces averígualo —dijo, directa—. Pero no desde el reproche. Desde la verdad. Dile que lo extrañas. Que te sientes sola. Que lo necesitas.
—¿Y si me responde con silencio?
—Entonces tendrás tu respuesta.
Un niño en silla de ruedas se acercó y me tomó de la falda. Su sonrisa fue tan pura que me olvidé por un instante de mi tristeza. Me agaché, lo abracé y sentí cómo algo dentro de mí se ablandaba.
Cuando el pequeño se alejó, Merlina me observó con ternura.
—¿Ves cómo lo miras? Así mirabas a Mathews cuando empezó todo.
Bajé la mirada.
—No quiero dejar de amarlo.
—Amarlo no significa perderte —contestó ella—. Y quedarte por costumbre tampoco es amor.
Respiré hondo, sosteniendo la copa de vino como si fuera un ancla.
—A veces pienso que me quedaré atrapada en esto para siempre. Que un día voy a despertar y darme cuenta de que pasaron veinte años y sigo esperando a que regrese… cuando en realidad hace mucho que se fue.
Merlina apretó mi mano con fuerza.
—No vas a quedarte atrapada, ¿me oyes? Porque yo no voy a permitirlo. Y porque tú no eres una mujer que se conforma con migajas. Puede que ahora estés cansada, pero no estás rota.
La miré, sintiendo cómo sus palabras perforaban las capas de compostura que tanto me costaba mantener.
—¿Y si ya es tarde?
Ella negó con la cabeza.
—Tarde es cuando dejas de sentir. Y tú, Vicky… tú todavía sientes demasiado.
Las cámaras volvieron a acercarse. Donantes importantes pedían unas palabras. Me limpié discretamente el rabillo del ojo y enderecé los hombros.
—Gracias —susurré.
—Para eso estoy —respondió con una sonrisa cómplice—. Y recuerda algo: no naciste para ser un adorno en la vida de nadie. Naciste para ser protagonista de la tuya.
Asentí, aunque por dentro todavía temblaba.
Mientras caminaba hacia el pequeño escenario improvisado para dar mi discurso, sentí el peso de sus palabras instalándose en mi pecho. Quizá no estaba lista para derrumbar mi mundo… pero por primera vez en mucho tiempo, alguien me había recordado que ese mundo también me pertenecía a mí.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰