Elena: Una talentosa restauradora de arte que perdió la confianza en su talento tras un accidente que le dejó una leve secuela en la mano derecha. Es perfeccionista, un poco retraída y está tratando de reconstruir su vida en un pueblo costero alejado del caos de la ciudad. podrá encontrar su rumbo en este lugar?
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CAPÍTULO 5: EL ARTE DE NO PARECER SOSPECHOSOS
Si alguien le hubiera dicho a Elena hacía un mes que pasaría la mañana persiguiendo a una cabra llamada Pincel por las calles empedradas de San Lorenzo, probablemente le habría lanzado un bote de barniz a la cabeza. Sin embargo, allí estaba ella, con sus veinticuatro años y su título de restauradora de élite, corriendo detrás de un animal que se había escapado de la finca de la vecina y que ahora llevaba en la boca uno de sus trapos más valiosos de lino belga.
—¡Elena, por la izquierda! ¡Ciérrale el paso con el cubo! —gritaba Julián desde el otro lado de la plaza, agitando los brazos como un náufrago pidiendo auxilio.
Julián, el arquitecto que una vez diseñó estructuras de acero y cristal para multinacionales, estaba cubierto de barro y tenía una ramita de olivo enganchada en su suéter de marca. El espectáculo era tan dantesco que algunos pescadores se habían detenido a mirar, apostando cigarrillos sobre quién se rendiría primero: los jóvenes o la cabra.
—¡Es fácil para ti decirlo! —exclamó Elena, jadeando—. ¡Ella no tiene una lesión en la mano, tiene cuatro patas y un motor de reacción!
Finalmente, tras una maniobra que involucró a Julián saltando sobre un banco de madera con una agilidad sorprendente y a Elena usando su chaqueta como red improvisada, lograron acorralar al animal contra la pared del café La Brisa. Julián se lanzó y logró sujetar al animal por el collar, mientras Elena recuperaba su trapo de lino, ahora decorado con babas de cabra y agujeros.
Ambos se quedaron allí, apoyados contra la pared, tratando de recuperar el aire. Julián tenía el cabello más alborotado que nunca y una mancha de barro justo en el centro de la frente. Elena tenía el rostro encendido y su moño se había deshecho, dejando caer su melena castaña sobre los hombros.
Se miraron en silencio durante tres segundos antes de estallar en una carcajada limpia y sonora que hizo que la cabra soltara un balido de desaprobación.
—Definitivamente —dijo Julián, secándose las lágrimas de la risa con el dorso de la mano—, esto no venía en el plan de estudios de la Escuela de Arquitectura. Técnicas avanzadas de captura de ganado menor. Saqué un sobresaliente, creo.
—Ni en el de Bellas Artes —añadió Elena, tratando de arreglarse el cabello con su mano izquierda, mientras la derecha descansaba en su bolsillo, palpitando por el esfuerzo—. Preservación de textiles ante ataques caprinos. Es una especialidad muy demandada en los museos de París, Julián.
Marta salió del café con dos vasos de agua fría, mirándolos con una mezcla de lástima y diversión maternal.
—Ustedes dos parecen haber salido de una lavadora —dijo Marta, entregándoles el agua—. Pero me alegra ver que han dejado de mirarse como si el mundo se fuera a acabar mañana. El amor juvenil suele empezar con una tragedia y terminar con una cabra, o al revés.
Elena se atragantó con el agua.
—¡Marta! Solo somos... vecinos de trabajo. Julián me está ayudando con unas cosas técnicas.
—Sí, claro —replicó Marta guiñando un ojo—. Y yo soy la Reina de Inglaterra de incógnito. Anden, entren a lavarse. Parecen dos indigentes con mucho estilo.
Entraron al café, que a esa hora estaba tranquilo. El ambiente era acogedor, lejos del drama del 14 de febrero. Se sentaron en la misma mesa donde se conocieron, pero esta vez no había una barrera de hielo entre ellos. Julián tomó una servilleta y, con una delicadeza que siempre sorprendía a Elena, se acercó a ella.
—Tienes barro aquí —dijo él, señalando su propia frente para indicarle el lugar.
Elena intentó limpiarse con su mano derecha, pero la falta de precisión hizo que solo extendiera la mancha. Julián, sin pedir permiso, estiró el brazo y, con la punta de la servilleta humedecida, le limpió la frente con un cuidado extremo.
Elena se quedó inmóvil. El contacto de los dedos de Julián cerca de sus ojos la hacía sentir una vulnerabilidad que no tenía nada que ver con su accidente. Era esa sensación de ser vista, realmente vista, más allá de sus cicatrices.
—Gracias —susurró ella, cuando él se retiró.
—De nada, maestra —respondió él, recuperando su tono de broma para aliviar la tensión—. Aunque el look de guerrera de barro te daba un aire interesante. Muy vanguardista.
La conversación fluyó con una facilidad que los asustaba a ambos. Hablaron de cosas triviales: de la comida terrible del puerto, de los nombres extraños de los barcos de los hermanos Varela y de cómo San Lorenzo parecía ser un lugar donde el tiempo se doblaba sobre sí mismo. Sin embargo, el drama siempre encontraba una rendija por donde filtrarse.
—Mañana tengo que ir a la ciudad —dijo Julián de repente, y su expresión se ensombreció un poco—. Mi abogado dice que hay novedades con el caso del colapso. Quieren que testifique de nuevo.
Elena sintió un frío repentino en el estómago. La ciudad representaba todo lo que la había roto: el tráfico, el ruido, la presión por ser perfecta. Y para Julián, representaba el lugar donde su nombre había sido arrastrado por el fango.
—¿Estás bien con eso? —preguntó ella, buscando su mano sobre la mesa, aunque se detuvo antes de tocarlo.
Julián notó el gesto y fue él quien cerró la distancia, cubriendo la mano de Elena con la suya. Esta vez, ella no la escondió.
—No —confesó él con una honestidad brutal—. Cada vez que vuelvo, siento que el aire me falta. Es como si el edificio siguiera cayendo sobre mí, una y otra vez. Pero tengo que hacerlo. Si quiero volver a construir algo algún día... incluso si es algo pequeño, necesito cerrar esa puerta.
—Entiendo —dijo Elena, apretando sus dedos contra los de él—. Yo también recibí un correo de la galería la semana pasada. Quieren que devuelva los materiales que no usé. Es su forma de decirme que ya no esperan que me recupere.
Julián la miró fijamente. Sus ojos grises estaban llenos de una determinación feroz.
—Pues se equivocan —dijo él—. He visto cómo trabajas, Elena. He visto cómo tus manos, incluso con ese temblor, tienen más alma que diez restauradores sanos de la capital. No dejes que te convenzan de que estás acabada a los veinticuatro años.
Elena sintió una calidez que le subía por el pecho. Nadie, ni sus padres ni sus antiguos profesores, le había hablado con esa convicción.
—Julián... —empezó ella, pero fue interrumpida por el sonido de su teléfono.
Era una notificación de una red social. Un artículo compartido por un antiguo compañero de la universidad. El titular decía: A un año del desastre: ¿Dónde están los responsables? El rastro perdido de Julián Torres.
Elena giró el teléfono para que él no lo viera, pero fue tarde. Julián ya lo había notado. La mandíbula de él se tensó y la luz en sus ojos se apagó, siendo reemplazada por esa sombra de náufrago que traía el primer día.
—El pasado tiene una forma muy fea de recordarte que no puedes huir de él con una simple mudanza, ¿verdad? —dijo él, retirando la mano y levantándose de la mesa.
—Julián, no les hagas caso. Son solo titulares —intentó decir ella, pero el muro ya se había levantado de nuevo.
—Tengo que preparar las cosas para mañana, Elena. Gracias por la ayuda con la cabra. Nos vemos... cuando vuelva.
Salió del café con paso rápido, dejando a Elena con la palabra en la boca y el corazón latiendo con una mezcla de rabia y tristeza. Miró por el ventanal y vio cómo él se perdía entre la neblina que volvía a bajar sobre el puerto.
Elena sabía que si querían llegar a ese futuro que el destino les había prometido un 14 de febrero, primero tendrían que aprender a caminar sobre los escombros de quienes solían ser.