Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
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EL PENTHOUSE
Dexter
Volver a mi apartamento esa noche fue… distinto.
No suelo beber. No pierdo el control. No me permito grietas.
Pero Sergei había insistido en que necesitaba “bajar la cabeza del modo guerra”.
Un par de tragos, dijo. Nada grave.
Mentira.
No estaba borracho.
Pero sí lo suficientemente relajado como para sentir el peso de todo… más intensamente.
Abrí la puerta del penthouse.
Y me recibió música.
Suave. Sensual. Deslizándose por las paredes como humo.
Fruncí el ceño.
Había dejado todo en silencio.
Entré, cerré la puerta con calma, dejé las llaves sobre la mesa de mármol. Me quité la chaqueta despacio, escuchando. La música no venía de la sala principal… venía del fondo.
Y mi instinto se activó.
—Giselle. —Mi voz salió baja, grave, con esa firmeza que siempre uso cuando quiero imponer control—. ¿Dónde estás?
Nada.
Caminé por la sala.
Miré la cocina.
El pasillo.
El despacho.
La música subió un poco más. Un ritmo lento, envolvente.
Mi pulso empezó a latir más fuerte.
—Giselle —repetí, esta vez más tenso.
Entonces la puerta del balcón se deslizó.
Y ella apareció.
Descalza.
Cabello rojo cayéndole en cascada sobre los hombros.
Una botella de vino casi vacía en la mano.
Las mejillas teñidas de ese rojo natural que no era maquillaje… era alcohol y desafío.
Y estaba sonriendo.
—Aquí estoy —canturreó.
Mi garganta se secó.
—¿Qué estás haciendo?
Me apoyé contra el respaldo del sofá, cruzando los brazos. Pero no era postura dominante. Era contención.
—Tomando —respondió, alzando la botella como si brindara conmigo—. Socializando. Viviendo. ¿Te suena?
Mis ojos se estrecharon.
—¿Socializando con quién?
Ella dio un pequeño sorbo y se relamió los labios sin darse cuenta.
Ese simple gesto me golpeó bajo el estómago.
—Con tu hermano.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Tu hermano, Dexter. —Rodó los ojos con exageración—. Ese que parece tu copia menos amargada.
Solté una exhalación lenta.
Daxton.
Claro.
—No es mi gemelo.
—Pues deberían cobrar entrada por ese espectáculo —rió—. Casi me da un infarto cuando entró de nuevo.
Me acerqué un paso.
—¿Qué hacía aquí otra vez?
—Relájate —dijo entre risas—. No intentó secuestrarme ni nada dramático. Solo hablamos. Me contó cosas tuyas.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Qué cosas?
Ella sonrió con malicia.
—Que eras insoportable desde niño.
No pude evitar una leve sonrisa.
—Eso es mentira.
—Que controlas todo porque no sabes perder.
—Eso es estrategia.
—Que cuando te importa alguien… te vuelves peor.
Eso me dejó quieto.
La miré fijo.
—¿Y qué más te dijo?
Ella caminó alrededor de mí, lenta, juguetona. Sus dedos rozaron la encimera mientras pasaba.
—Que conmigo estás diferente.
Mi respiración cambió.
—¿Diferente cómo?
Se detuvo frente a mí.
Demasiado cerca.
—Más humano.
Silencio.
La música cambió a algo más profundo, más lento. El bajo vibraba suave en el suelo.
Ella dejó la botella sobre la mesa.
—¿Sabes qué? —dijo inclinando la cabeza—. Estoy de buen humor.
—Eso me preocupa.
Se rió.
Dios… esa risa.
—No seas dramático. Solo bebí un poco.
—¿Cuánto es “un poco”?
—Lo suficiente para dejar de tenerte miedo.
Eso me atravesó.
—No quiero que me tengas miedo.
Ella me miró directamente.
—Entonces no me encierres.
Tensión.
Electricidad.
Un silencio pesado.
Luego, sin previo aviso, caminó al centro de la sala y subió el volumen.
—¿Qué haces? —pregunté, aunque ya lo sabía.
Se giró, mirándome por encima del hombro.
—Voy a bailar.
—¿Para provocarme?
—Para divertirme. —Sonrió—. Si te provoca… no es mi culpa.
Maldita sea.
Comenzó a moverse.
Lento. Natural. Sin exageración vulgar.
Solo ella siguiendo la música.
Su cadera marcaba el ritmo.
Su cabello se deslizaba por su espalda.
Sus brazos se alzaron, dejando ver la línea de su cuello.
La luz tenue la hacía parecer fuego.
Mi fuego.
—Giselle… —advertí.
—¿Sí? —respondió sin detenerse.
Se giró hacia mí mientras se movía. Sus ojos brillaban. No solo por el vino.
Por desafío.
Por curiosidad.
Por deseo.
—No juegues conmigo.
Se acercó un paso.
—¿Por qué? ¿Te asusta perder?
—No pierdo.
—Oh, claro que sí —susurró—. Estás perdiendo ahora mismo.
Estaba a un metro de mí.
Mi pulso golpeaba fuerte.
Sentía el calor subiendo por mi cuello.
—No sabes lo que haces.
—Explícamelo.
Otro paso.
—Me estás provocando.
Sonrió apenas.
—¿Y si quiero hacerlo?
Mi autocontrol empezó a resquebrajarse.
—Giselle…
—Dime qué harás —susurró, ya frente a mí—. Si sigo acercándome. Si sigo mirándote así. Si sigo… queriéndote tocar.
Mi mano reaccionó antes que mi mente.
La tomé de la cintura.
La atraje hacia mí con firmeza.
Ella soltó un pequeño jadeo que me atravesó entero.
Su cuerpo contra el mío.
Caliente.
Suave.
Encajando de una forma peligrosa.
—No juegues con fuego —murmuré contra sus labios.
Ella deslizó una mano por mi pecho.
Lento.
Deliberado.
—¿Y si me gusta quemarme?
Maldita mujer.
La besé.
No fue suave al principio.
Fue hambre.
Fue contención rota.
Fue todo lo que había estado reprimiendo desde el primer día que la vi sobre ese escenario.
Pero en medio de esa intensidad… también hubo algo más.
Cuidado.
Ella respondió al beso con la misma fuerza. Sus dedos se enredaron en mi cuello. Su cuerpo se elevó apenas contra el mío.
La música quedó lejos.
Solo existía su respiración contra mi boca.
—Dexter… —susurró.
Apoyé mi frente contra la suya, intentando recuperar el control.
—No sabes cuánto me estoy conteniendo.
Ella abrió los ojos despacio.
—Entonces deja de hacerlo.
La miré.
Y por primera vez en mucho tiempo…
No supe si quería ganar.
O rendirme.