Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capítulo XX
La madrugada no llegó con suavidad. Cayó sobre Norum con pesadez silenciosa. El palacio seguía despierto a medias, con guardias tensos y antorchas que no lograban disipar la sensación de que la noche aún no había terminado su trabajo.
Rubí caminaba por los pasillos con firmeza, vestida con ropa oscura, ceñida, práctica. Nada de bordados, pues se vistió con el tiempo que le dió después de un asesinato en su propio castillo. Esa noche no necesitaba recordarle a nadie que era emperatriz. Su sola presencia bastaba. El cabello recogido, el rostro frío, los ojos atentos a cada sombra, no paró en llamar a Klaus en su mente.
Evans avanzaba a su lado, también vestido, completamente despierto pese a la hora. Su expresión era de analizar la situación a no más poder. No parecía alterado, pero Rubí lo conocía lo suficiente para saber que estaba evaluándolo todo. No habló. Ella tampoco.
Llegaron al santuario del sumo sacerdote.. Las puertas se abrieron sin que tocaran. Loid ya los esperaba.
El sumo sacerdote estaba de pie, con las manos cruzadas frente a él. Sus túnicas claras contrastaban con la penumbra del lugar. Sus ojos no mostraron sorpresa al verlos. Era como si su presencia hubiese sido anticipada desde antes de que la sangre de Arnold se enfriara.
— Llegan a tiempo —dijo con calma—. Vi una muerte en mi visión, más no me reveló su rostro.
Rubí no se detuvo en cortesías.
— Arnold está muerto —dijo en seco—. Asesinado dentro del palacio.
Loid cerró los ojos un breve instante. No fue un gesto exagerado.
— Entonces su muerte tenía que ocurrir —murmuró—. No podían evitarlo. De lo contrario, lo hubiera visto mucho antes.
Evans tomó la palabra. Explicó los hechos con precisión, sin detallar en algo. El disparo. El general alterado. Thomas fuera de sí. La ausencia de testigos. Rubí añadió lo que Evans no dijo en voz alta: la sensación de que algo había estado mal desde antes, desde el baile, desde la mirada del general, desde ese presentimiento que no había logrado sacudirse.
— Esto no fue improvisado —concluyó Rubí—. Fue limpio. Y demasiado perfecto.
Loid caminó lentamente por el salón, como si midiera el peso de cada palabra.
— Tráiganlos.— dijo él.
Rubí levantó ligeramente la barbilla.
— ¿A todos?
— A los principales —respondió—. Y al cuerpo.
Evans asintió sin dudar. Dio la orden.
El primero en ser llevado fue Thomas. Caminaba desorientado, con el rostro pálido, los ojos enrojecidos, las manos temblorosas. Miraba el lugar como si no comprendiera del todo dónde estaba. Detrás de él entró Kain, erguido, rígido, con el orgullo herido y la furia contenida. Finalmente, dos guardias cargaron al cuerpo cubierto por una sábana oscura.
Cuando Kain comprendió lo que era, se detuvo en seco.
— Esto es inadmisible —dijo con voz dura—. No permitiré que expongan el cuerpo de mi señor como si fuera un objeto.
Rubí giró lentamente hacia él.
— Su señor fue asesinado bajo mi techo —respondió—. Y mientras permanezca en Norum, incluso muerto, responde a mis decisiones.
Kain apretó la mandíbula. No dijo nada más.
Loid se acercó a la camilla.
— Empezaré con él —dijo—. La última memoria suele resistirse. Aún queda tiempo antes de que su alma se vaya a otro lado. Quizás, siga vagando por su cuerpo.
Colocó las manos sobre el cuerpo sin descubrirlo por completo. Murmuró palabras antiguas.
Rubí observaba cada movimiento. Los ojos de Loid se tornaron opacos durante varios segundos. Luego frunció el ceño.
— Curioso —murmuró.
Evans dio un paso al frente.
— ¿Qué vio?
Loid retiró las manos lentamente.
— Nada concreto —respondió—. La memoria del momento exacto está ausente. Como si alguien la hubiese arrancado.
Rubí sintió que algo se tensaba en su interior.
— ¿Eso es posible?
— Difícil —respondió Loid—. Pero no imposible.
Se giró hacia Kain.
— General, acérquese.
Kain avanzó sin titubear, aunque su cuerpo estaba rígido.
— No tengo nada que ocultar —dijo.
Loid apoyó una mano en su frente. Kain no se movió. El silencio se prolongó. Finalmente, Loid retiró la mano.
— No hay intención homicida —dijo—. Ni recuerdo violento. Solo lealtad, enojo y una frustración profunda.
Kain exhaló con fuerza.
— Entonces basta —dijo—. Esto es una humillación.
Rubí no dijo nada. Todo le parecía demasiado extraño.
— Thomas —ordenó Loid.
El joven dio un paso adelante, claramente alterado.
— Yo no hice nada —dijo—. Lo juro.
— Siéntate —dijo Loid con calma—. Respira.
Thomas obedeció. Loid apoyó dos dedos en su sien. La reacción fue inmediata. Thomas se estremeció.
— ¿Dónde estoy? —balbuceó—. Esto… esto no es familiar…
— Tranquilo —dijo Loid, y una energía suave lo envolvió—. Nadie te hará daño.
Loid frunció el ceño.
— No veo nada —dijo—. Su mente está oscura. Vacía en ese tramo.
Evans habló con calma.
— Bebió bastante durante el baile.
— El licor puede nublar —respondió Loid—. Pero esto es más uniforme de lo normal.
Thomas empezó a sudar.
— Recuerdo música… risas… luego subir… y después nada.
Loid se apartó.
— No hay rastro directo —dijo—. En ninguno de ellos.
Kain dio un paso adelante.
— Entonces nos iremos —dijo—. Esto ha sido suficiente.
— No.— enfrentó Rubí.
El general la miró con incredulidad.
— ¿Cómo dice?
— Nadie se va —repitió—. Algo no encaja. Y hasta que lo descubra, permanecerán aquí.
— Esto es una acusación sin fundamento —respondió Kain—. Blossom no tolerará esto.
— ¿Por que quieren huir tan rápido? Parecen claramente comprometido en esto.
Kain los miró a ambos, lleno de rabia.
— Están cometiendo un error.
Rubí dio un paso hacia él.
— El error ya se cometió cuando alguien decidió asesinar a un hombre dentro de mi palacio.
El silencio volvió a caer. Loid observó a Rubí con atención.
— Algo externo está actuando —dijo—. Una sombra que no pertenece a ninguno de los presentes.
— Guardias.— dice Rubí.— . Escolten a los invitados hasta sus habitaciones. Resguarden todo. Es capaz que el asesino siga suelto.
— ¡Esto no lo permito más!— enfrentó Kain. Thomas trató de tranquilizarlo. Fue inútil.—. Exijo envíar una carta a mi reino. Si no soy un prisionero como dicen... Me dejarán enviarla.
— Bien.— afirmó Evans.—. Sean libres de comunicarse. Pero no de irse.
Y las puertas del templo se cerraron detrás de ellos. Rubí suspiró. Y llamó a una sombra menor. Esto le costó mucho su poder.
— Cory.
— Mi señora.
— No dejes que ninguna carta de cualquiera de ellos dos salga por esas puertas. Se discreta.
Rubí sabía lo que hacía. Impedir una guerra. Y si lo va a tratar como prisionero para evitar derramamiento de sangre, lo hará a toda medida.