Cuando Valeria decide empezar de nuevo en una ciudad que no conoce, lo último que espera es que un simple error cambie su vida para siempre.
Un mensaje enviado a la persona equivocada la conecta con Daniel, un hombre que también está intentando dejar atrás su pasado.
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La línea que no debía cruzar
La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad, dibujando caminos brillantes en el asfalto y cubriendo el aire con un silencio extraño. Sofía apretó su abrigo contra el pecho mientras observaba el edificio frente a ella. Había pasado por esa calle muchas veces, pero esa noche todo se sentía diferente.
Quizás porque estaba a punto de tomar una decisión que no encajaba con la vida ordenada que siempre había construido.
Respiró hondo y miró su reflejo en el vidrio de la entrada. Cabello recogido, expresión seria, el anillo en su mano izquierda brillando bajo la luz tenue. Todo en ella hablaba de estabilidad, de planes, de seguridad.
Y aun así, su corazón latía con una inquietud que no podía ignorar.
Entró.
El lugar estaba casi vacío. Un café pequeño, cálido, con música suave y el aroma a canela flotando en el ambiente. Eligió una mesa junto a la ventana y revisó su teléfono por tercera vez.
El mensaje seguía ahí:
*“Estoy en el café de la esquina. Si vienes, hablamos. Si no… lo entenderé.”*
Había dudado durante horas antes de salir de casa.
Porque él no debía importarle.
Porque él no debía existir en su vida.
Porque Mateo era, sin lugar a dudas, un problema.
—Sofía.
Levantó la mirada.
Ahí estaba.
Mateo permanecía de pie a unos metros, con el cabello ligeramente mojado por la lluvia y esa expresión tranquila que siempre parecía esconder algo más. No sonreía, pero sus ojos la observaban con una intensidad que hizo que Sofía olvidara por un segundo todo lo que había pensado decir.
—No sabía si vendrías —dijo él, acercándose despacio.
—Yo tampoco —respondió ella, con sinceridad.
Mateo tomó asiento frente a ella. Durante unos segundos ninguno habló. El sonido de la lluvia contra el vidrio llenó el silencio.
—No deberíamos estar aquí —dijo Sofía finalmente.
—Lo sé.
La respuesta llegó sin discusión, sin excusas.
Eso lo hacía más difícil.
—Entonces, ¿por qué me escribiste?
Mateo apoyó los codos sobre la mesa, sin apartar la mirada.
—Porque desde el día que nos conocimos no he podido dejar de pensar en ti.
El corazón de Sofía se tensó.
Todo había comenzado tres semanas antes, en una reunión que ella ni siquiera quería atender. Una presentación, conversaciones formales, sonrisas de cortesía. Él estaba ahí por trabajo. Ella también.
Nada especial.
Hasta que empezaron a hablar.
Hasta que la conversación dejó de ser formal.
Hasta que las horas pasaron sin que ninguno se diera cuenta.
Y hasta que, al final de la noche, ella recordó algo que nunca debió olvidar:
Estaba comprometida.
—Mateo… —su voz tembló apenas—. Esto no es correcto.
—No —dijo él, en voz baja—. Pero tampoco es mentira.
Sofía bajó la mirada hacia sus manos. El anillo parecía pesar más que nunca.
—Yo tengo una vida. Tengo planes. Todo está decidido.
—¿Y eres feliz?
La pregunta cayó como una piedra en el silencio.
Sofía no respondió.
Porque no sabía la respuesta.
Mateo se recostó en la silla, como si ya entendiera.
—No quiero complicarte la vida —continuó—. Si me dices que me aleje, lo haré.
Ella levantó la mirada.
Era eso lo que debía hacer. Lo correcto. Lo lógico.
Decirle que se fuera.
Cerrar esa puerta antes de que se abriera demasiado.
Pero algo dentro de ella —una parte que llevaba tiempo en silencio— no quería perder lo que sentía cuando él la miraba así.
—Solo… —susurró—. Solo quería hablar.
Mateo asintió.
Y por primera vez desde que llegó, una leve sonrisa apareció en su rostro.
Afuera, la lluvia continuaba cayendo.
Y sin darse cuenta, Sofía acababa de cruzar la primera línea que nunca debió cruzar.
El daño que se está incubando arrasará como un huracán con los tres, devastadoramente. No te arriendo la ganancia.