"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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Primer ataque de un cobarde
La celda de la prisión preventiva era un cubo de cemento que apestaba a orina y a miedo. Para Julián Vargas, acostumbrado a las sábanas de seda de mil hilos y al aroma de las maderas nobles de su despacho, ese lugar era el infierno.
Estaba sentado en el borde del catre, con las manos entrelazadas, cuando su abogado, un hombre llamado Garrido que lucía más asustado que servil, le dio la noticia.
—Mónica ha confesado, Julián —susurró Garrido a través del cristal—. Lo confesó todo. El fraude, los desvíos y... lo de tu suegro. Hay una grabación. Valeria entró con un micrófono.
Julián no gritó. No golpeó el cristal. Un silencio absoluto lo envolvió, un vacío donde su cordura terminó de romperse. Sus ojos, antes llenos de una arrogancia magnética, se volvieron dos pozos negros de odio.
—Valeria... —el nombre salió de sus labios como una maldición—. Esa pequeña rata me ha estado engañando desde el primer día. No fue Blackwood quien me hundió. Fue ella.
—Julián, la situación es crítica —continuó el abogado—. Con la confesión de Mónica, el fiscal va a pedir la cadena perpetua o incluso la pena máxima por homicidio agravado. Ella te ha señalado como el autor intelectual. Dice que tú sostenías al viejo mientras ella lo inyectaba.
Julián soltó una carcajada seca que erizó la piel del abogado.
—Mónica siempre fue una cobarde. Creyó que entregándome se salvaría. Pero si yo caigo, todos arden. —Se inclinó hacia adelante, pegando su rostro al cristal—. Escúchame bien, Garrido. Necesito contactar a "El Turco".
El abogado palideció.
—Julián, no... El Turco es un sicario de la vieja guardia. Si haces eso, no habrá vuelta atrás.
—¿Vuelta atrás? —Julián golpeó el cristal con un nudillo—. Mi vida ya no tiene vuelta atrás. Valeria cree que ha ganado. Cree que puede pasearse del brazo de Blackwood por mi ciudad, usando mis acciones y durmiendo en mi cama. Quiero que El Turco limpie el tablero. No quiero que Valeria muera rápido. Quiero que vea cómo su mundo se incendia primero. Y quiero que Blackwood vea lo que pasa cuando tocas lo que es mío.
Garrido asintió con la cabeza gacha, sabiendo que acababa de convertirse en cómplice de algo mucho más oscuro que un fraude financiero.
Mientras tanto, en la mansión de Damián, la atmósfera era de una calma tensa. Tras la confrontación en la cárcel, Valeria se sentía como si hubiera purgado un veneno, pero la sensación de ser observada no desaparecía.
Estábamos en la biblioteca. Damián estaba revisando unos informes de seguridad mientras yo miraba por el ventanal hacia el jardín iluminado.
—Estás demasiado callada —dijo él, levantándose y caminando hacia mí. Me rodeó la cintura con sus brazos, apoyando su mentón en mi hombro—. La confesión de Mónica es el clavo final, Valeria. Mañana el juez dictará la prisión preventiva sin fianza para ambos.
—Julián no se quedará quieto, Damián —respondí, girándome en sus brazos—. Lo conozco. Su ego es más grande que su instinto de supervivencia. Ahora que sabe que yo fui quien lo traicionó, no buscará defenderse legalmente. Buscará venganza.
Damián me miró con una seriedad que me hizo estremecer.
—He reforzado la seguridad. Mis hombres controlan cada acceso. Julián está en una celda, no puede tocarte.
—Él tiene contactos, Damián. Dinero oculto que ni Mónica conocía. Gente que le debe favores de cuando la Constructora Rossi financiaba campañas ilegales.
Damián me tomó del rostro, obligándome a mirarlo.
—Entonces que venga. Nada me daría más placer que terminar lo que la ley dejará a medias. Pero tú no vas a salir de esta casa sin una escolta de tres coches. No es una sugerencia, Valeria. Es mi condición para que este juego continúe.
—Acepto —susurré.
En ese momento, el teléfono de Damián vibró sobre la mesa. Lo tomó y su expresión cambió instantáneamente. Sus músculos se tensaron y sus ojos se volvieron de acero.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Mis contactos en la prisión —dijo Damián, su voz bajando a un susurro peligroso—. El abogado de Julián acaba de salir de una reunión privada. Y ya sabemos a quién ha contactado. Han puesto precio a tu cabeza, Valeria. Y es una cifra que atraería incluso a los santos.
Me quedé helada. La guerra ya no era en los tribunales ni en las oficinas. Había bajado al barro, al lugar donde la vida no valía nada. Pero en lugar de miedo, sentí una fría resolución.
—Si Julián quiere guerra, le daré una —dije, apartándome de Damián y caminando hacia la mesa donde descansaba el informe de mi padre—. Pero esta vez, no voy a esperar a que él ataque. Vamos a cortarle los suministros. Si quiere contratar asesinos, necesita dinero. Y yo sé exactamente dónde guarda el último fondo de reserva que no ha sido auditado.
Damián sonrió, una sonrisa llena de orgullo y peligro.
—Esa es mi pequeña víbora. Prepárate. Esta noche, vamos a dejar a Julián Vargas sin un solo centavo para comprar su propia protección.
Esa noche, mientras la ciudad dormía, el primer atentado ocurrió. No fue contra Valeria, sino contra el coche de seguridad que vigilaba la entrada de la mansión. Una explosión sorda que iluminó la noche.
La guerra había comenzado oficialmente. Julián había lanzado el primer golpe desde su celda, y la respuesta de Valeria y Damián prometía ser devastadora.