Bienvenido a EL CONTRATO, una historia donde el poder, el dolor y el deseo se entrelazan en una lucha constante entre la supervivencia y el amor. Esta novela no habla solo de contratos ni de dominación, sino de heridas invisibles, decisiones imposibles y del precio que algunas personas deben pagar para proteger a quienes aman. Aquí conocerás a Monserrat Villarreal y Alexander Montenegro, dos almas marcadas por el pasado que deberán enfrentarse no solo entre sí, sino también a sus propios demonios. Prepárate para un viaje intenso, oscuro y emocional donde cada elección cambia destinos y donde el corazón siempre exige su verdad.
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EL PRECIO DE RESPIRAR
Dos semanas
Eso fue lo que pasó desde aquella noche en la oficina.
Dos semanas de miradas contenidas, silencios incómodos y conversaciones estrictamente profesionales. Monserrat había enterrado el beso en el fondo de su mente y se concentró en trabajar más que nunca.
Llegaba antes que todos, se iba después de todos, aceptaba tareas extra sin quejarse.
Si mantenía la cabeza ocupada, no pensaba.
No pensaba en el contrato.
No pensaba en Alexander.
No pensaba en lo cerca que había estado de derrumbarse.
Pero los problemas no desaparecen solo porque uno los ignore.
Era sábado por la mañana cuando el teléfono sonó.
El reloj marcaba las 7:04 AM.
Monserrat abrió los ojos sobresaltada, mirando la pantalla iluminada.
El pecho se le apretó.
—¿Sí?
respondió con la voz aún dormida.
—¿Señorita Villarreal?
la voz del otro lado sonaba urgente.
—Necesitamos que venga inmediatamente. Hubo complicaciones con sus tíos.
El mundo pareció congelarse.
—¿Qué… qué pasó?
—Por favor venga cuanto antes.
La llamada terminó.
Monserrat se levantó tan rápido que casi cayó.
Se vistió sin pensar, salió del apartamento y tomó el primer taxi que encontró.
El trayecto fue una mezcla de respiración acelerada y pensamientos oscuros.
No otra vez.
No ahora.
No después de todo lo que había hecho para mantenerlos vivos.
El hospital olía a antisepsia y ansiedad.
Un médico la esperaba en el pasillo.
Su expresión era seria.
—Su tía y su esposo sufrieron una crisis respiratoria durante la noche.
explicó.
—Logramos estabilizarlos, pero su condición empeoró significativamente.
Monserrat sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Están… están bien?
—Por ahora. Pero necesitan un tratamiento más avanzado.
El médico le entregó una carpeta.
Ella abrió los documentos.
Números.
Cifras.
Costos.
El treinta por ciento del tratamiento equivalía prácticamente a todo su salario mensual.
Sus manos comenzaron a temblar.
—No puedo pagar eso.
susurró.
El médico bajó la mirada.
—Si no iniciamos pronto, las máquinas que los mantienen estables no serán suficientes.
La frase le atravesó el pecho.
Respirar se volvió difícil.
Entró a la habitación.
Su tía dormía conectada a tubos y cables.
El sonido mecánico de las máquinas marcaba el ritmo de su vida.
Monserrat tomó su mano con cuidado.
—Te prometí que estaría aquí…
susurró.
Pero la promesa se sentía imposible.
La semana anterior había traído una pequeña luz.
El detective Rivas la llamó tarde en la noche.
—Encontré algo sobre tu hermano.
Se reunieron rápido.
Rivas le mostró documentos impresos.
—No fue una adopción normal.
explicó.
—Cambiaron su identidad. Alguien pagó para que desapareciera del sistema.
Monserrat sintió que el corazón se detenía.
—¿Está vivo?
—No puedo asegurarlo
respondió él.
—pero encontré una pista reciente.
Para seguirla necesito viajar, revisar registros privados… y eso cuesta dinero.
Más dinero.
Siempre dinero.
Había salido de esa reunión con esperanza… y ahora esa esperanza pesaba como una carga.
Ese mismo sábado, después del hospital, sus pasos la llevaron casi automáticamente al edificio Montenegro.
No había pensado demasiado.
Solo sabía que ya no podía sostener todo sola.
El lugar estaba casi vacío.
Subió al último piso.
La luz en la oficina de Alexander estaba encendida.
Tocó la puerta.
—Entre.
Alexander levantó la mirada cuando ella entró.
Y por primera vez, su rostro cambió al verla.
No fue sorpresa.
Fue atención inmediata.
—Monserrat.
Ella intentó mantener la compostura.
No lo logró.
Las lágrimas comenzaron a bajar antes de que pudiera detenerlas.
Alexander se puso de pie lentamente.
—¿Qué pasó?
La pregunta, tan simple, fue suficiente para romperla.
—Ellos… empeoraron.
dijo con la voz quebrada.
—Necesitan otro tratamiento… y es mucho más caro…
Se llevó las manos al rostro.
Era humillante llorar frente a él.
Alexander se acercó despacio.
No la tocó.
Solo observó.
—Siéntate.
dijo en tono firme.
Ella obedeció automáticamente.
Respiró tratando de calmarse.
—También… encontré algo sobre mi hermano.
añadió.
—Pero necesito más dinero para seguir investigando.
Alexander permaneció en silencio unos segundos.
Sus ojos grises no tenían burla.
Ni juicio.
Solo cálculo.
—¿Cuánto necesitas ahora?
La pregunta la sorprendió.
—No vine a pedirle nada…
—Te pregunté cuánto.
Ella negó con la cabeza.
—No importa. Lo voy a resolver.
Alexander soltó un leve suspiro.
No sonó sentimental.
Sonó… cansado.
Abrió un cajón de su escritorio y sacó una tarjeta negra.
La colocó sobre la mesa frente a ella.
—Toma.
Monserrat la miró confundida.
—¿Qué es esto?
—Una tarjeta.
respondió él con frialdad.
—Tiene dos millones disponibles.
Ella se quedó inmóvil.
—No puedo aceptar esto.
—No te estoy pidiendo que lo aceptes.
dijo él.
—Te estoy diciendo que lo uses.
Sus ojos se llenaron nuevamente de lágrimas.
—¿Por qué haría esto?
Alexander cruzó los brazos.
—Porque no me gusta ver personas útiles derrumbarse cuando hay soluciones simples.
La respuesta fue fría.
Práctica.
Pero había algo detrás… algo apenas visible.
Una sombra.
Monserrat tomó aire.
—Esto no cambia nada.
—No esperaba que lo hiciera.
respondió él.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Hablaremos del contrato más tarde… cuando estés más tranquila.
Su tono era firme, sin presión inmediata.
Eso la descolocó.
Alexander no parecía el hombre que la había acorralado contra la pared días atrás.
Era el mismo hombre… pero con el control absoluto sobre sí mismo.
—No lo hago por lástima.
añadió.
—Lo sé.
susurró ella.
El silencio se alargó.
Ella tomó la tarjeta con manos temblorosas.
No era una solución permanente.
Pero podía salvar vidas hoy.
Y eso dolía más que cualquier cosa.
Alexander la observó guardar la tarjeta.
—Ve a la clinica
dijo finalmente.
—Resuelve lo urgente.
Ella asintió lentamente.
Se levantó.
Antes de salir, se giró.
—Gracias… señor Montenegro.
Él apenas inclinó la cabeza.
—No me agradezcas todavía.
Cuando Monserrat salió del edificio, el aire frío le golpeó el rostro.
La tarjeta pesaba en su bolso como si tuviera vida propia.
Sabía lo que significaba aceptar ayuda.
Sabía lo que podía venir después.
Y aun así… por primera vez en semanas, podía respirar.
Sin darse cuenta, apretó el bolso contra su pecho.
Y caminó hacia el hospital, sin saber que la verdadera decisión aún estaba por llegar.