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Ricco: Heredero Del Caos

Ricco: Heredero Del Caos

Status: Terminada
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: ESTER ÁVILA

Ricco Salvatore nació en la cima de la cadena.
Heredero de una de las familias más temidas de España, lleva el caos en la sangre y el peligro en la sombra de cada paso.

Pero el día en que una joven empleada doméstica se desmaya en el baby shower de su cuñada, revelando un mundo de agresiones escondidas bajo maquillaje y silencio… Ricco ve algo para lo cual ningún imperio lo había preparado:

Vulnerabilidad. Pureza. Y un valor silencioso.

Ana Lua, criada en la periferia, lo perdió todo; los padres huyeron a México, el hermano la odia y la maltrata, y el novio se volvió cómplice del dolor.

Ricco la salva una vez. Luego, otra.
Y cuando empieza a descubrir su pasado, intenta impedir que sufra, mientras ella trata de empezar de nuevo. Entonces se da cuenta de que la cercanía y la protección pueden ser tan peligrosas como los golpes que recibía.

Porque Ricco Salvatore no sabe jugar.
Él cuida. Él protege.

Y cuando ama, es hasta el final, o hasta la destrucción.

NovelToon tiene autorización de ESTER ÁVILA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Todo cambió cuando esa puerta se cerró.

Me desperté con el sonido de las maletas siendo arrastradas. El sol apenas había tocado el tejado y el peso en mi pecho ya me avisaba: era el fin de una era. Me puse mi sudadera vieja y fui hasta el salón. Mis padres estaban listos para irse. Mi madre, con los ojos húmedos y el rostro cansado, me dio un beso en la frente. Mi padre me rodeó con los brazos, pero estaba inquieto como siempre.

— No hagas así, Ana Lua... Va a ser solo un tiempo. Vamos a arreglar todo allá en México, y después mandamos a llamarte, — dijo mi madre, apretando mis manos.

— Llévenme con ustedes, por favor... ¡No quiero quedarme! — supliqué, sintiendo mi corazón partirse mientras los ojos me ardían.

— Necesitas entender... Allá no es seguro todavía. El lugar donde vamos a quedarnos es pequeño, inestable... — mi padre intentaba justificar, pero yo solo conseguía oír la palabra que me destruía por dentro: no.

Al lado de la puerta, estaba Raul, mi hermano mayor. Casado. Veintiocho años. Siempre distante, siempre frío, pero nunca agresivo. O así pensaba yo.

— Vamos, padre, madre... Dejen de una vez esa tontería. Ella no es una niña, — resmungó con desdén.

Mi padre asintió con pesar. Un último beso, una última mirada, y la puerta se cerró.

Fue cuando todo se derrumbó.

Me giré hacia Raul con los ojos llenos de lágrimas, intentando al menos un gesto de cariño, un amparo cualquiera.

— Vamos a estar bien, ¿verdad? — pregunté, acercándome para abrazarlo.

Pero él me empujó con fuerza. Con frialdad. Me arrojó contra la pared como si yo fuera una desconocida y no su hermana menor, su única hermana.

— Si crees que esto va a ser un cuento de hadas, despierta, chica. — gruñó, acercando su rostro al mío. — A partir de ahora, vas a cuidar de la casa, de la comida, de la ropa y de lo que más yo mande. Si no, te echo a la calle. Y con gusto.

— ¿Q... qué? — mal conseguí hablar, sintiendo el miedo recorrer mi espina dorsal.

— Es eso mismo. Y no me mires con esa cara de huérfana abandonada. Me importa un bledo. ¿Estás entendiendo, Ana Lua? Ahora eres el peso que sobró. Y yo odio el peso muerto, así que tú, aprovechada, ayuda a Camila y haz todo lo que yo mande.

En aquel momento, el suelo pareció desaparecer de mis pies.

Mi hermano nunca fue amoroso. Pero aquel tono... aquella crueldad... era como si él hubiera escondido un monstruo por todos esos años.

Y allí, a los 17, entendí: yo estaba sola. Y sobrevivir sería más difícil de lo que imaginaba.

Pero yo también entendí otra cosa: yo no iba a desistir.

Porque incluso cercada de dolor, yo aún creía que mi historia no terminaría así.

Crecer no fue una elección. Fue una sentencia.

Después de aquella mañana en que mis padres partieron y Raul se reveló un extraño, yo fui obligada a volverme adulta de la noche a la mañana.

No había tiempo para luto o añoranza, solo había supervivencia. Raul se convirtió en una sombra agresiva en cada rincón de la casa. Entre gritos, bofetadas e insultos, yo aprendí a andar en silencio, a no ocupar espacio. Dormía poco, comía menos aún. Ropa sucia, casa inmunda, trabajo pesado — todo era mi obligación.

Y a él le gustaba eso.

Le gustaba verme pequeña.

Cuando cumplí dieciocho años, agarré mi único documento y fui a buscar trabajo. Cualquier cosa.

Acabé aceptando lo que apareció: una vacante en un equipo de apoyo para fiestas de lujo. Servicio pesado, largas horas, pero el pago valía el esfuerzo. Recibía al final del evento y eso me permitía comprar jabón, compresas, pasta de dientes, cosas básicas que Raul se negaba a darme.

Pasé a vivir con una bolsa escondida dentro de mi mochila. Mis cosas. Mi mundo.

La mujer que más se aproximó a ayudarme fue Camila, la esposa de Raul. Una mujer dulce, pero tan destruida como yo. Ella pasó años aguantando al hombre que él se convirtió. Un día, no aguantó más. Hizo las maletas y decidió irse.

Yo me agarré a ella en el portón. Llorando.

— Llévame contigo, Camila... Por favor... No aguanto más. — imploré, enterrando el rostro en su hombro.

Ella lloraba también. Me abrazó fuerte. El último abrazo verdadero que tuve por mucho tiempo.

— Yo quisiera, Lua... Dios mío, cómo quisiera... — ella susurró. — Pero él no lo permitiría. Y yo tengo miedo. Mucho miedo.

— ¿Pero y si él me lastima de verdad? — mi voz temblaba.

— Huye. Un día, cuando puedas... huye sin mirar atrás.

Y entonces ella se fue. Dejándome con Raul y con la nueva pesadilla que estaba por venir.

Luego de que Camila se fue, Matheo, mi novio, apareció en mi vida. Una sonrisa bonita, palabras dulces, olor a peligro.

Al principio, él parecía un alivio. Un poco de luz en aquella oscuridad. Yo me enamoré fácil. Tal vez porque necesitaba desesperadamente que alguien me viera.

Pero él no era la salvación. Él era solo otra prisión, comenzó a privarme, a amenazarme, a decir que yo iba a servir mi cuerpo en las fiestas entre cosas peores.

Matheo y Raul se volvieron cómplices. Amigos de cerveza, risas y humillaciones. ¿Y yo? Yo era el juguete entre los dos, y cuando intenté terminar el infierno se instauró:

— Vas a quedarte aquí unos días. — habló Raul.

— ¿Qué? ¿Aquí? — cuestioné tensa.

— Relájate, princesa. Mal voy a ocupar espacio. — habló él burlándose.

— Raul, esto aquí es un hogar, no un matrimonio... Yo no lo quiero aquí. — hablé.

— Que tú quieras o no quieras, no interesa. La decisión es mía. Este techo es mío.

— Él me hace mal. Tú lo sabes. Él y tú...

— Cuidado con lo que vas a decir.

— ¿Vas a hacer drama ahora, florecita? Te dije que estamos ligados, para siempre. — habló Matheo.

— Yo no estoy haciendo drama... Solo quiero un lugar donde yo me sienta segura...

— La decisión es mía. Y punto final. — él habla y sin aviso me da una bofetada en mi rostro, el dolor irradia en el cuerpo y el alma grita de vergüenza.

— ¿Viste? Está todo resuelto. Va a ser divertido revivir los viejos tiempos. — él respondió riéndose de mi cara arrodillado frente a mí.

Matheo comenzó a gritarme, a empujarme, insultos cada día peor. Las manos, bofetadas. La peor parte era que Raul asistía. Reía. Incentivaba.

Cuando me mudé para el cuarto de los fondos de la casa, para vivir lo más lejos posible de los dos, el infierno se volvió diario. Raul decía que ahora yo era responsabilidad de Matheo, como si yo fuera un saco de patatas y yo lo negaba.

Yo pasaba los días sirviendo fiestas chics y las noches siendo aplastada por dos hombres que me querían pequeña, fraca, silenciosa.

Pero yo no iba a quedarme allí para siempre.

Incluso que tuviera que esperar.

Incluso que tuviera que sangrar para eso.

Yo iba a escapar.

Y ellos iban a ver de qué yo estaba hecha.

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🇲🇽Háyme Castelo🇲🇽🇲🇽🇲🇽
Excelente.
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