Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Asfixiante
Erika y Elena compartieron una mirada fugaz por encima del hombro de Guillermo. No le dirían nada. Guillermo era un hombre de negocios, pragmático y, en ciertos momentos, peligrosamente sentimental si veía un beneficio a largo plazo en Daniela. Él veía en ese posible nieto una mina de oro; ellas veían en ese niño el fin de su poder.
—Tienes razón, papá —mintió Erika, besando su mejilla con una frialdad que él no supo detectar—. Debemos estar cerca de ella. Mañana mismo iré a visitarla a su nuevo hogar. Hay que celebrar la "buena noticia".
Guillermo asintió, visiblemente más tranquilo al creer que su familia estaba unida en un mismo propósito. Salió de la habitación con el paso un poco más ligero, creyendo que su plan seguía en marcha.
En cuanto la puerta se cerró, el silencio volvió a cargarse de malicia.
—Tu padre es un estúpido —escupió Elena, volviéndose hacia Erika—. Si cree que vamos a dejar que Daniela se convierta en la reina de los Villegas solo porque él quiere salvar sus acciones, está muy equivocado.
—No te preocupes, mamá —respondió Erika, sus ojos brillando con una determinación aterradora—. Papá puede seguir jugando a la familia feliz. Mientras él la "cuida", yo me encargaré de que Daniela entienda que en esta familia solo hay espacio para una princesa. Y ese espacio no le pertenece a ella, ni a la criatura que pueda llevar dentro.
El desespero de Erika ya no era un simple berrinche; se había transformado en una misión. Guillermo buscaba una alianza, pero su esposa y su hija ya habían declarado una guerra secreta donde la primera baja sería la sangre de su propia sangre.
La mañana siguiente en casa de Arturo no comenzó con un beso, ni con el aroma del café, sino con el sonido metálico de un maletín de cuero abriéndose sobre la mesa de noche. Arturo estaba de pie junto a la cama, ya vestido con un traje impecable, observando a Daniela con la misma intensidad con la que un científico analiza una muestra de laboratorio.
—Es hora, Daniela. El doctor Méndez llegará en una hora para la extracción de sangre y el perfil hormonal completo —dijo él, su voz carente de cualquier rastro de la pasión que habían compartido en la cabaña.
Daniela se incorporó lentamente, sintiendo el frío del mármol incluso antes de tocar el suelo. Se sentía invadida.
—¿Realmente es necesario todo esto? Dijiste que solo era una mentira para ganar tiempo —susurre, abrazándose a sí misma.
—La mentira necesita sustento —replicó Arturo, caminando hacia ella y tomándola por el mentón para obligarme a mirarlo—. Mi abuelo enviará a sus propios médicos si sospecha lo más mínimo. Necesito que tus niveles de vitaminas estén perfectos, que tu cuerpo sea el entorno ideal. No vamos a dejar nada al azar. Desde hoy, tu dieta, tus horas de sueño y tus actividades estarán bajo mi supervisión directa.
El control de Arturo era asfixiante. Durante el resto de la mañana, me sometió a una serie de exámenes en la privacidad de la suite principal. Arturo no se separó de mí, pero no como un esposo preocupado, sino como el supervisor de un proyecto de alta prioridad. Revisaba cada tubo de ensayo, discutía términos técnicos con el especialista y anotaba resultados en su tableta electrónica.
La humillación era constante. Me sentía como un objeto, una vasija que estaba siendo preparada para un fin que no había elegido. Cada vez que Arturo me tomaba el pulso o revisaba mis pupilas, buscaba en sus ojos una chispa de ese hombre que la había protegido de su padre, pero solo encontraba acero.
—Tu presión arterial está un poco alta —observó Arturo, frunciendo el ceño mientras retiraba el tensiómetro—. Necesitas relajarte. Si el estrés interfiere con la concepción, tendremos que recurrir a métodos más invasivos.
—¡No soy una máquina, Arturo! —estalle, apartando el brazo con violencia—. Me tratas como si fuera un experimento. ¿Acaso te importa cómo me siento yo con todo esto?
Arturo guardó silencio un momento, guardando el equipo médico con una calma exasperante. Se acercó a mí, reduciendo el espacio hasta que sentí la presión de su presencia.
—Lo que sientas es irrelevante para el contrato, Daniela —dijo en voz baja, aunque había una tensión extraña en su mandíbula—. Mi prioridad es que ese niño exista. Si eso significa que tengo que controlar cada gramo de comida que ingieres y cada minuto de tu día, lo haré. No voy a perder contra Alan por un arranque de sensibilidad.
Él salió de la habitación, dejando sobre la mesa un frasco de vitaminas y un horario detallado de lo que sería su vida a partir de ese momento. Me deje caer en la cama, sintiendo que las paredes de la casa se cerraban sobre mí. Arturo me estaba protegiendo, sí, pero lo hacía de una forma que me despojaba de mí humanidad.
Lo que él no sabía es que, mientras él se enfocaba en los números y las hormonas, el peligro real no estaba dentro de su cuerpo, sino fuera de esas puertas de cristal, donde Erika y Elena ya empezaban a mover sus piezas para destruir el "entorno ideal" que Arturo intentaba construir con tanta frialdad. El control de Arturo era absoluto sobre su presente, pero su futuro seguía siendo un campo de minas que ninguna prueba de sangre podría detectar.
El poder de Arturo no sería suficiente para protegerme de lo que se avecinaba.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades