La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 2
—¡Ay, deje de estar bromeando, jefecito! —dijo Emma, al borde de estallar en carcajadas, tapándose la boca para mostrar un poco de respeto.
—No estoy bromeando —respondió el señor Castillo, con un semblante serio que desarmó la risa de Emma.
La joven se acomodó en su silla, con la espalda recta y las manos en su regazo, intentando asimilar lo que acababa de escuchar.
—¡No puede estar hablando en serio! —exclamó, aún incrédula.
—¿Por qué no? ¿Acaso no confías en mi elección? —El tono del señor Castillo era firme, casi paternal.
—Confío mucho en usted… sin embargo… —titubeó Emma, buscando las palabras adecuadas.
Antes de que pudiera continuar, el señor Castillo la interrumpió.
—¿O es que acaso no confías en ti misma?
La pregunta resonó en la mente de Emma como un eco, dejándola helada. Era como si el señor Castillo hubiese dado en el blanco con precisión quirúrgica. ¿Cómo iba a confiar en ella misma cuando un departamento entero estaría en sus manos? Esto no era una de las bromas que solía hacer con Nicole; esto era una realidad que la sobrepasaba.
—¿Y si le digo que sí? —preguntó Emma, casi en un susurro, más para ella misma que para él.
—Me parece de sabios asumir que no se puede llevar una carga grande, pero después de mí, tú eres la persona que mejor conoce este departamento. Creo que hago una buena elección al recomendarte —respondió el señor Castillo con una seguridad que Emma envidió en ese momento.
—¿Cómo puedo asumir este departamento si hoy casi me despiden? ¡Le pegué al presidente por accidente! ¿Usted sabe lo que eso significa? —exclamó Emma, desesperada, recordando el incidente que aún le hacía arder las mejillas.
El señor Castillo se quedó en silencio por un momento, asimilando lo que Emma acababa de decir, y luego soltó una carcajada tan fuerte que resonó en las paredes de la oficina.
—¡No estoy para que se rían de mí! Es en serio lo que le digo, señor —protestó Emma, cruzando los brazos.
—¡Si que puedes ser tonta! —continuó riendo el señor Castillo, secándose una lágrima de la risa—. Sin embargo, mi decisión ya está tomada. Redactaré mi carta de renuncia y de recomendación, y ya no podrás salir de esto, Emma.
—Señor, se lo suplico, entonces déjeme renunciar con usted —dijo Emma, aunque sabía que sus palabras no tendrían ningún efecto.
—Lo has hecho bien hasta ahora, no tienes por qué temer. Eres una excelente asistente y serás una grandiosa gerente. Además, ya llevas cinco años en este puesto y doce en la empresa. ¿No quieres ascender? ¿O prefieres quedarte siempre dónde estás?
Esa pregunta golpeó a Emma con la fuerza de una verdad ineludible. Era una cuestión que se había hecho a sí misma tantas veces, pero que siempre había evitado responder. Todos a su alrededor avanzaban, mientras ella se quedaba estancada en su zona de confort. ¿Qué la detenía? ¿Era el miedo a la responsabilidad o el terror de fracasar?
El señor Castillo se acercó a ella, colocando una mano firme en su hombro, brindándole un gesto de apoyo.
—Has llegado hasta aquí por una razón. Tienes las habilidades y el conocimiento necesarios para enfrentar este desafío. Confía en ti misma y en lo que puedes lograr —le dijo con un tono que combinaba firmeza y afecto. Conocía a Emma desde hacía siete años y sabía que, a pesar de su aparente inmadurez en ciertas situaciones, era una profesional increíblemente eficiente y dedicada. La decisión de ascenderla no se basaba solo en los éxitos recientes, sino en una trayectoria llena de logros y dedicación.
Emma lo miró, con nerviosismo visible en sus ojos. No sabía qué decir. Las palabras se le atoraban en la garganta, pero la determinación en el rostro del señor Castillo era clara.
—No me importa si aceptas o no, Emma. Mi decisión ya está tomada. Además, ya he trabajado demasiado tiempo aquí y necesito descansar. — Continuó el señor Castillo. Aunque que sabía que le costaría tomar esta decisión, él le estaba dando un empujón necesario para que lo aceptará.
Luego le entregó algunos pendientes y archivos de trabajo, con la orden de que los completara antes del mediodía.
—Y ahora, vete a tu puesto. Tienes mucho trabajo que hacer.
Emma se levantó de su silla, eufórica por la mezcla de emociones. El peso de la responsabilidad se sentía más real que nunca.
—¡Me explotan en este trabajo! ¡Esto es una injusticia! —protestó, medio en broma, mientras tomaba los archivos.
—Cuando aceptes el puesto de gerente, podrás liberar un poco más de carga, ya que serás la jefa —respondió el señor Castillo con una sonrisa.
Emma soltó una risa sarcástica.
—Si yo fuera la nueva gerente, jamás haría esa injusticia —dijo, agitando los papeles en su mano.
—¡Qué bueno que ya estás asimilando tu nuevo puesto! —respondió el señor Castillo, con una sonrisa triunfal.
—No, no lo estoy asimilando, simplemente es una injusticia —refutó Emma, aunque sabía que la decisión ya estaba fuera de sus manos.
El señor Castillo se sentó en su escritorio, comenzando a redactar su carta de renuncia y la recomendación que pondría a Emma en el cargo de gerente. Sabía que una vez que esa carta llegara a las manos adecuadas, no habría marcha atrás. Emma sería la próxima gerente del departamento, le gustara o no.
Se detuvo un momento antes de escribir y miró por las ventanas de su oficina a Emma colocando los archivos en su escritorio, mientras se acercaba Nicole para burlarse de nuevo de ella. Algo en esas dos muchachas le transmitía una paz inexplicable, y aunque la idea le podría dar miedo a Emma, sabía que esa era la mejor decisión que podía tomar, ya que el departamento estaría en buenas manos; solo tendría que hacer unos pequeños asuntos antes de irse, como presentarla ante todo el comité como su nuevo remplazo.